Bandera viviente
Amanda Mayor de Piérola, plástica, maestra y madre de su hijo, desaparecido.
"Están los que luchan toda la vida:
esos, son los imprescindibles.
Bertolt Brecht
Recordamos su figura estilizada, su presencia de señorío elocuente, sostenidas de unos andamios armados por una bandada de estudiantes, espíritus auspiciantes y juveniles. Un turbante gris perla, de impecable diseño hindú, ocultaba la cicatriz de una cercana y compleja cirugía de aneurisma. Apenas convaleciente, erguida sobre horizontales maderos, similares a la extendida esperanza por el retorno a la libertad en democracia, luego del bestiario argentino programado en siete años de sangre con precio y vida sin valor.
Agosto sucedía en 1986, Amanda Mayor de Piérola culminaba el mural-memorial "La Patria martirizada", que testimonia el fusilamiento simultáneo de veintitrés militantes populares —veintiún hombres y dos mujeres— en Margarita Belén; homónimo a la ejecución masiva en las Fosas Ardeatinas, de casi un centenar de patriotas italianos, por comandos nazis que dispararon al unísono (como, aquí, en el Chaco) con el propósito de evitar arrepentidos posteriores.

La vasta obra, diseñada y pintada por sus manos, ocupó la totalidad de la pared posterior-superior del Aula Magna, ámbito histórico de expresión política y estudiantil en la Universidad Nacional del Nordeste. (Todavía resuenan en la caracola de su escenario a la italiana, en su proscenio y camarines, en la misma sala y en los memoriosos de su esplendor, los debates y consignas, las voces y los ecos, los gritos y los ayes que transmigran en su reminiscencia las proclamas encendidas y los debates ideológicos, las representaciones teatrales y los recitales ardorosos, las represiones a puños cerrados y gases abiertos: el dolor y el fervor ofrendados en el holocausto de una primavera.)
Un muchacho de atlética perspectiva ocupa la matríz del conjunto, centra la tensión y equidista el equilibrio del vasto mural. La sugerencia cristocéntrica de su plexo aéreo y la rosa de los vientos de sus miembros, violados por clavos que semejan estacas, parece eyectarse por el arco de su agonía de la misma entraña del friso: ascenso y arrebato de un martirologio generacional.
Su figura congrega momentos verídicos en torno de su aurora inmolada, de su resistencia escarnecida, a la manera de estaciones de un calvario de estremecimientos contemporáneos. Un sufrir solar expande en sus rayos -latidos del agonizante- a manifestaciones de jóvenes y obreros, a los jueves de palomas y pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, a soldados y camiones en acecho de matanza y a secuencias de cuerpos torturados (anatomía de la violencia obscena) en diversas posiciones, previstas en la bárbara didáctica de la Dictadura Militar.
En el ángulo superior derecho se observa una sesión de tormento por empleo de picana eléctrica (instrumento inaugurado por José Félix Uriburu (1930), a través del servicio del comisario Lugones, nieto del inmenso y contradictorio poeta que cantó La hora de la espada), como acaeció en espacios dispuestos en la Ex Brigada de Investigaciones y la Alcaidía capitalina. Un detenido se halla "estaqueado" a un camastro metálico y sometido a un apremio ilegal por descargas en zonas blandas. En la cabecera, aparece un médico que registra con su estetoscopio los signos vitales de la víctima; a su izquierda, un oficial militar que verifica el procedimiento terrorista; a la derecha, un sicario de turno que oprime la picana en los genitales del jóven. A su lado, la silueta (inequívoca) de un sacerdote en el gesto de lectura de una presunta oración.
La presencia cromática del representante eclesiástico expidió un amparo judicial de los obispados de Resistencia y Corrientes, a través del juez federal Carlos Jiménez, a escasas jornadas de su inauguración. En el lapso de una noche, falanges insomnes mutilaron la figura del "cura del mural", como lo recuerda la crónica del imaginario cotidiano.
Doce años después, en una siesta de la víspera del 13 de diciembre de 1998, Amanda, ingresó al recinto cerrado del Aula Magna, ayudada por la anónima solidaridad de militantes universitarios. La ocasión asumió el perfil de una llave fortuita. Equilibrada en la cima de una escalera "tijera", mientras era sostenida por tres (exactos) alumnos, "restituyó"—tal su término— al sacerdote a su específica cuadratura estética. Se trató de un desafío reparador a la violación de su derecho de autoría artística.
Esta vez no medió juzgado alguno. La respuesta provino de los súbditos civiles del orden castrense. Una madrugada, similar a la que ocultó a los asesinos impunes, sirvió con su tiniebla cómplice a la segunda "desaparición" premeditada del controvertido religioso.

Amanda, docente, plástica y poetisa entrerriana, es la conciencia encarnada de Fernando Gabriel Piérola (23), su hijo, cegado por el disparo fraticida de sus propios compatriotas. Tamaña indignidad a su condición humana no merece país civilizado alguno.
Amanda es la bandera viviente de la demanda emblemática y de la investigación de la causa Masacre en Margarita Belén. Ritual y puntual, cada 13 de diciembre su sombra de espiga crítica se enlaza con la Cruz inicial y el monumento escultórico de Luis Díaz Córdoba.
Su fuero de lágrimas instauró un reclamo de justicia que recorre, calendarios de dos siglos, el territorio republicano, peticionando la punidad jurídica a los responsables del asesinato masivo y la identificación de los lugares donde arrojaron los cuerpos de Fernando y de sus compañeros de tragedia. Expresar Amanda es convocar el espíritu intacto y la memoria erguida de una Madre Coraje, de plural estirpe argentina y sudamericana.
Mientras las rotativas imprimen los sucesos fijados, ella libra, ahora, una lucha de análoga intensidad con un enemigo que invade toda soberanía biológica. Un enemigo más genuino y honorable, en rigor, que muestra su rostro y actúa con doliente evidencia en su asedio físico.
Amanda, metáfora de maternidad, ya es vencedora en su combate superlativo. Esta batalla es un itinerario compartido con un concilio de vientres clamantes. Su historia es la mayor épica de amor planetario: la gesta por la especie, la simiente y la herencia. Julio Huasi, ya la definió: ¡Ay, Matria mía!












