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Carta de lectores

El fútbol y la vida

Señor director de NORTE:

Los partidos del Mundial de fútbol, ampliamente publicitados y difundidos en los últimos meses, han suscitado una adhesión impensada por la esperanza de alcanzar una Copa más gracias al esfuerzo del equipo argentino, llamado la Scaloneta, y también la Infartoneta, aludiendo a la forma de obtener los triunfos en los últimos minutos.

Lamentablemente, este título tiene su correlato en los numerosos infartos, algunos de ellos fatales, sufridos por los hinchas argentinos, ya que sólo en Tucumán se registraron 33 casos y en el último partido, no se sabe cuántos.

Más allá de que gran parte de los argentinos se tomaron muy en serio el compromiso de alentar, ya sea de modo presencial (para que no se diga que hay miseria) o desde los hogares, bares, clubes, etc., también se hace necesario reflexionar sobre las decisiones que dan como saldo la muerte por infartos, accidentes, o violencia.

En particular, reconocer que si uno puede ser afectado de esa manera, entonces la obligación moral es cuidar la propia vida antes que ver un partido, aunque después haya que reconocer que no se lo vio en directo.

O dejar de salir a la calle a festejar si se observa descontrol en el tráfico o en las conductas colectivas.

El problema, a veces, es la incapacidad de privarse de aquello que pone en riesgo la vida, o de bajarse del movimiento colectivo (de masas, diría Ortega y Gasset) porque si no, me siento excluido.

Pero sin detenerse a reflexionar y jerarquizar lo que importa más, se hace "lo que todos hacen", lo que Frankl llama el "conformismo", que no quiere decir que uno está conforme con algo, sino que se conforma al grupo, asume las actitudes y acciones de los demás como propias.

Antes se decía "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente", sin importar adónde vaya.

Esta misma reflexión puede trasladarse a otras prácticas, asociadas también a los eventos masivos, como el uso de drogas en conciertos de música electrónica, el alcohol en exceso en boliches, tanto como el consumo de marihuana afirmando erradamente que sólo es una cuestión recreativa, negando la información de los efectos nocivos de estas prácticas.

Sin entrar a analizar el juego como adicción relacionado con estos eventos deportivos que generan deudas millonarias y suicidios por desesperación.

La vida como valor insustituible no puede ser menospreciada, justamente porque no puede ser reemplazada por nada. Lo cual conduce a darnos cuenta de que, si hoy aumentan los suicidios es, en gran medida, porque no se encuentra sentido a la vida ante la incertidumbre y la impotencia que generan ideales de éxito, placer y autorrealización inalcanzables.  

O también, como señala Viktor Frankl, porque se le ha otorgado un valor excesivo a algo que no lo tiene, sea un trabajo, una persona o una meta social o deportiva.

Y cuando se dice una persona, no quiere decir que cada persona no tenga un valor único y singular, sino que a veces, cuando se quiebra una relación amorosa, se piensa que se ha perdido el sentido de la vida y se cae en la desesperación.

La capacidad de "ver" posibilidades, de ampliar la mirada en vez de desesperarse, de poder imaginar posibilidades a partir de la realidad como propone Xavier Zubiri, implica agudizar la reflexión y la imaginación creativa, y esto se muestra, a nivel social, en tantas iniciativas que ofrecen nuevas oportunidades a quienes han caído en adicciones, por ejemplo, o a embarazadas que necesitan ayuda para afrontar una nueva vida, o que se concretan en hogares, comedores, paradores.

No sólo de fútbol vive el hombre —aunque se pueda considerar positivo el entusiasmo casi patriótico asociado con este Mundial—, sino de actitudes de solidaridad creativa y de generosidad comprometida con los más vulnerables.

Porque cuidar la vida es valorar la propia en primer lugar, hasta privándose de aquello que me atrae o entusiasma si puede dañarla, y también la del otro, la del que camina a mi lado, la del que espera nacer o la del anciano y del enfermo, conocido o desconocido, pero humano al fin y digno de ser cuidado.

Y cuidarla es reconocer que el sentido de la vida va más allá de una meta alcanzada, como una Copa mundial.

El sentido de la vida se nutre del día a día, en las relaciones y el quehacer cotidiano que se realizan en lo secreto la mayoría de las veces, y no tanto en las redes sociales o ante los reflectores.

MARÍA ELENA RADICI

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