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¿Quién es éste?

Cuando la naturaleza sale de los límites a los que nos tiene acostumbrados, produce miedo. Es un temor lógico, que nace de la absoluta imposibilidad de ponerle un freno. Esa falta de control toca uno de los miedos más profundos y primarios del ser humano: nuestra radical vulnerabilidad.

Ante tamaña fuerza, no existe tecnología humana capaz de detener un terremoto, un huracán o una erupción volcánica. Aunque la ciencia ayuda a pronosticar, muchos eventos extremos ocurren con muy poco margen de aviso. Esta realidad es un golpe de humildad: nos recuerda lo pequeños que somos en comparación con las fuerzas del planeta. Vivimos bajo una ilusión de seguridad y control que construimos en nuestra vida cotidiana, pero basta un instante para que esa ilusión se quiebre.

Sentir que nada de lo que hagamos puede cambiar la situación genera parálisis o resignación. La exposición a una fuerza desmedida impacta tanto nuestra mente que activa mecanismos de supervivencia y reconfigura nuestra percepción del mundo. El miedo extremo puede, incluso, fragmentar nuestra memoria, porque nos saca violentamente de nuestra zona de confort y destruye nuestra lógica de orden.

Exactamente eso fue lo que ocurrió una noche en el Mar de Galilea.

Este cuerpo de agua, rodeado de colinas, es famoso por generar tormentas repentinas y violentas debido a los vientos fuertes. Horas antes, Jesús había estado en la costa enseñando a la multitud a través de parábolas cómo funciona el Reino de Dios; les hablaba, por ejemplo, de la fe tan pequeña como una semilla de mostaza. Al caer la tarde, les dio una orden clara a sus discípulos: "Pasemos al otro lado".

Ya mar adentro, en la oscuridad, se levantó una gran tempestad de viento. Las olas golpeaban con tal violencia que la barca comenzó a inundarse. El agua entraba, el control se perdía y el mecanismo de supervivencia se activó en los discípulos, quienes eran pescadores experimentados y sabían que estaban a punto de morir.
Mientras tanto, Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Desesperados, lo despertaron con un reclamo que nace de la fe debilitada o de la incredulidad: "Maestro, ¿no tienes cuidado que pereceremos?". Es la clásica pregunta humana ante la crisis: ¿Dónde está Dios cuando sufro?

Al levantarse, Jesús no tomó un balde para sacar agua ni se desesperó. Con la soberanía de quien conoce las leyes de la creación, reprendió al viento y le dijo al mar: "Calla, enmudece". Y cesó el viento, y se hizo una gran bonanza.

La tormenta meteorológica terminó, pero comenzó otra tormenta en el interior de los discípulos. Jesús les preguntó: "¿Por qué están tan amedrentados? ¿Cómo no tienen fe?". Y ellos, llenos de un temor reverente, se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?

Aquellos hombres todavía no habían logrado comprender que Quien estaba en la barca con ellos tenía —y tiene hoy— poder absoluto sobre la naturaleza, el caos y la muerte.

La lección para tu tormenta hoy

Si sos incrédulo o si tu fe se está apagando, este relato te deja tres verdades urgentes:
La primera, seguir a Dios no te hace inmune a los problemas. Los discípulos estaban en esa tormenta por orden de Jesús. Estar en crisis no significa que Dios te abandonó. La segunda, el miedo te hace olvidar las promesas: Jesús ya les había dicho "pasemos al otro lado", garantizando el destino. El miedo extremo nos hace olvidar que la palabra de Dios siempre se cumple.

Y la tercera, la paz no depende de la ausencia de problemas. Jesús dormía en medio del caos porque el control absoluto no dependía de las circunstancias, sino de su identidad.

La barca representa tu vida, tu familia, tu mente o tus proyectos. Aunque parezca que el agua entra, que los recursos no alcanzan y que te vas a hundir, la pregunta clave no es qué tan grande es la tormenta, sino: ¿Quién está en tu barca? Si Jesús está en ella, no importa cuán violento sea el viento; vas a llegar a salvo a la otra orilla.

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