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Egipto será el rival del ganador de Argentina - Cabo Verde

Los faraones eliminaron a Australia y ya sueñan con la Albiceleste

El AT&T Stadium, envuelto en el rugido artificial del fútbol mundialista, fue testigo de una epopeya de nervios, errores fatales y una definición por penales que quedará grabada en la historia del fútbol egipcio.

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   En los dieciseisavos de final, Egipto doblegó a Australia (4-2 en la tanda) tras un agónico empate 1-1 y ahora espera el desenlace de Argentina ante Cabo Verde para conocer su próximo destino.

   El aire acondicionado del AT&T Stadium de Dallas lucha en vano contra la tensión que emana del césped. Son las 15:00 horas en Texas, pero el reloj de la historia marca el tiempo de las definiciones. Australia y Egipto, dos selecciones con hambre de gloria, se juegan el pase a octavos de final. Y aunque el marcador final dictamine un empate, esta noche pertenece a los Faraones.

   El partido no pudo tener un arranque más electrizante para los intereses africanos. Corría el minuto 12 cuando Emam Ashour, apareciendo como un espectro por detrás de la defensa australiana, conectó un cabezazo al primer palo tras un centro desde la izquierda. El 1-0 fue un baldazo de agua fría para los Socceroos, que veían cómo Egipto, con un Mohamed Salah desconectado del juego pero omnipresente en el nombre, manejaba los hilos del encuentro. Australia no encontraba la vuelta; la pelota quemaba y la falta de profundidad era una constante.

   Sin embargo, el fútbol siempre escribe guiones caprichosos. En el minuto 54, cuando el partido se le escapaba de las manos a Australia, la fortuna decidió vestirse de amarillo. Un centro de O"Neill buscaba el área rival, pero Mohamed Hany, el defensor egipcio que minutos antes había recibido un duro golpe en la cabeza, intentó desviar el peligro y terminó mandando la pelota al fondo de su propia red. El gol en contra fue un mazazo psicológico que niveló el marcador y devolvió la vida a los oceánicos. El propio Hany, víctima y verdugo a la vez, se llevó las manos a la cabeza mientras sus compañeros lo rodeaban para levantarle el ánimo. No era su noche, pero aún le quedaba una cita con la redención.

   El segundo tiempo fue un torbellino de emociones. Egipto, sintiéndose herido, buscó reaccionar con la velocidad de Marmoush, que perdonó un mano a mano. Pero fue Australia quien tuvo la más clara. A los 90+3 minutos, cuando el tiempo se agotaba y el empate parecía sellado, Rabia conectó un cabezazo monumental que parecía sentencia. Sin embargo, el arquero Patrick Beach voló como un felino para desviar el balón al córner, prolongando la agonía y llevando el partido a un tiempo extra que nadie quería, pero que todos necesitaban.

   El alargue fue un pulso tenso. En el primer tiempo extra, Salah, el faro egipcio, tuvo la gloria en sus pies en el minuto 92, pero un remate incómodo de derecha se fue por encima del travesaño. La oportunidad era demasiado clara; el fallo, un presagio. Mientras el reloj avanzaba implacable, la fatiga muscular se convertía en el rival más temible.

   Fue entonces cuando Tony Popovic, el técnico australiano, sacó una carta de la galera que heló la sangre de los 70.000 espectadores. En el minuto 118, con la definición por penales acechando, decidió reemplazar al héroe Patrick Beach por Mathew Ryan. Un cambio de arquero *exprofeso* para la tanda. La jugada maestra de un ajedrecista... o el mayor de los bochornos. Del otro lado, Egipto también movió sus fichas: ingresó M. Saber para los lanzamientos, dejando a Attia en el banco. El duelo de estrategias estaba servido.

   Y llegó la hora de la verdad. La tanda de penales se convirtió en un teatro de crueldad. Australia, confiando en su recién llegado Ryan, empezó con el pie izquierdo. Harry Souttar tomó carrera y mandó la pelota por encima del travesaño. Un error imperdonable que abrió la puerta a Egipto. Saber no perdonó y colocó el 0-1.

   Irivine y Rabia convirtieron, Mabil igualó la serie para Australia en el 2-2, y entonces apareció la estrella. Con la presión de un país entero sobre sus hombros, Mohamed Salah se paró frente a la pelota, sintió el silencio y... la picó. Un toque sutil, casi desafiante, que engañó a Ryan y puso el 2-3 en el marcador. La locura egipcia estalló en las gradas.

   Australia tenía que responder, pero la cruz fue demasiado pesada. Herrington ejecutó con violencia, pero la pelota se estrelló en el palo izquierdo. El destino, vestido de rojo y blanco, le daba la espalda. Solo quedaba el verdugo: Hossam tomó aire, respiró hondo y fusiló a Ryan con un disparo perfecto que selló el 2-4 definitivo.

   Egipto estaba en octavos de final. La redención de Hany, el deseo de Salah y la fiereza de un equipo que supo sufrir en Dallas. Mientras los australianos caían de rodillas en el césped, los Faraones levantaban los brazos al cielo texano, sabiendo que su próximo rival podría ser la mismísima Argentina. El sueño del Mundial, para los egipcios, no tiene dueño.

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