La memoria de la Bienal también se escribió en NORTE
Mucho antes de que Resistencia fuera reconocida en el mundo como la Ciudad de las Esculturas, cuando la Plaza 25 de Mayo todavía se llenaba del aroma del urunday recién tallado y el futuro de aquel audaz concurso era apenas una intuición, las páginas de NORTE ya estaban allí.
Durante casi cuatro décadas, el diario registró el nacimiento, el crecimiento y la consolidación de uno de los movimientos culturales más trascendentes de la Argentina. En el año de su 58º aniversario, este recorrido recupera esa historia compartida: la de una Bienal que transformó la identidad de una ciudad y la de un medio que decidió acompañarla desde el primer día.

Hay historias que los diarios cuentan. Y hay otras que los diarios ayudan a construir; la historia de la Bienal Internacional de Escultura pertenece a esa segunda categoría.
Porque cuando hoy se habla de Resistencia como un museo a cielo abierto, cuando las casi 700 esculturas que habitan sus calles forman parte del paisaje cotidiano y cuando miles de visitantes llegan desde distintos puntos del país y del mundo para vivir una nueva edición del encuentro, es fácil olvidar que todo comenzó como una apuesta tan audaz como incierta.
No había garantías de éxito. No existían antecedentes en el país. Nadie podía asegurar que un concurso de escultores trabajando a cielo abierto despertaría el interés de la comunidad.
Mucho menos que, casi cuarenta años después, aquella experiencia sería reconocida internacionalmente y convertiría a la capital chaqueña en un símbolo del arte público.
Sin embargo, hubo quienes entendieron desde el primer momento que allí estaba naciendo algo extraordinario. Uno de ellos fue Diario NORTE.
Mientras los escultores comenzaban a descubrir las formas escondidas en los enormes troncos de urunday, otro grupo de artesanos trabajaba con herramientas diferentes. Periodistas, fotógrafos y cronistas recorrían la plaza buscando testimonios, registrando imágenes y escribiendo cada jornada de un acontecimiento cuyo verdadero alcance todavía era imposible imaginar.
Aquellas primeras coberturas no perseguían solamente la noticia del día. Respondían a una decisión periodística impulsada por Miguel Ángel Fernández y acompañada por el Directorio del diario: seguir de cerca un fenómeno cultural que intuían llamado a dejar una huella profunda en la provincia.
Con el paso de los años, aquella decisión editorial se transformó en una política sostenida. Generaciones de periodistas, fotógrafos y, más recientemente, camarógrafos, productores y realizadores audiovisuales continuaron acompañando cada edición de la Bienal, construyendo un archivo que hoy forma parte de la memoria cultural del Chaco.

Porque las esculturas transforman el paisaje. Pero son las historias las que construyen la memoria de una ciudad.
Y durante 58 años, esa ha sido una de las misiones esenciales de NORTE: preservar, a través del periodismo, los acontecimientos que terminaron definiendo la identidad chaqueña.
Antes de la Bienal, el sueño tuvo forma de madera

Toda gran historia tiene un punto de partida. La de la Bienal Internacional de Escultura comenzó mucho antes de adquirir ese nombre y de convertirse en un acontecimiento reconocido en el mundo.
Su origen está en la madera. En aquellos encuentros pioneros, cuando el desafío consistía en transformar enormes troncos en obras de arte frente a la mirada de una comunidad que descubría, quizás por primera vez, que la creación artística podía suceder en plena plaza y no detrás de las paredes de un museo.
Fue una idea profundamente transformadora.
Hasta entonces, la escultura era, para la mayoría de las personas, una obra terminada. El público contemplaba el resultado final, pero rara vez asistía al proceso creativo. Aquellos concursos cambiaron esa lógica. La obra dejó de ser un misterio para convertirse en una experiencia compartida.
Los escultores trabajaban durante horas bajo el sol chaqueño. El esfuerzo físico era tan intenso como la concentración que exigía cada corte sobre la madera. Alrededor de ellos no había barreras entre el artista y el espectador. Había vecinos que preguntaban, niños que observaban con asombro y familias enteras que regresaban día tras día para seguir la evolución de las esculturas.
Sin saberlo, Resistencia estaba comenzando a educar una nueva mirada.
El arte dejaba de ser un objeto distante para convertirse en parte de la vida cotidiana.
Y esa apropiación colectiva fue, probablemente, el mayor triunfo de aquellos primeros encuentros.
Las páginas de NORTE registraron esa transformación con la sensibilidad de quien comprendía que el verdadero acontecimiento no era solamente el concurso, sino el modo en que la ciudad empezaba a cambiar alrededor de él.

Las crónicas hablaban de los artistas, pero también del público. De las largas conversaciones entre escultores y vecinos. De los chicos que hacían preguntas. De los aplausos espontáneos cuando una figura comenzaba a aparecer entre las vetas del urunday. De los mates compartidos, de las discusiones sobre arte y de una plaza que, durante algunos días, parecía latir al ritmo de las motosierras.
Porque la Bienal no nació únicamente de la voluntad de un grupo de escultores. Nació cuando la ciudad hizo suyo aquel sueño.
Y ese instante quedó registrado, día tras día, en las páginas de NORTE.
Cuando la madera ya no alcanzó
Los primeros concursos de escultura en madera demostraron que aquella idea tenía raíces profundas. Lo que comenzó como una experiencia innovadora fue creciendo edición tras edición hasta convertirse en un verdadero movimiento cultural.
La ciudad había descubierto algo que ya no tenía vuelta atrás: el arte podía formar parte de la vida cotidiana.

Las esculturas dejaban de ser piezas aisladas para integrarse al paisaje urbano, mientras el público comenzaba a desarrollar un vínculo cada vez más estrecho con ellas. Ese diálogo permanente entre los artistas y la comunidad fue moldeando una identidad que, con el tiempo, distinguiría a Resistencia en el país y en el mundo.
El crecimiento del encuentro fue tan natural como inevitable.
Cada edición convocaba a más escultores, despertaba mayor interés del público y ampliaba su prestigio. El desafío inicial había quedado pequeño.
Entonces llegó una nueva etapa. La incorporación de materiales como la piedra y el mármol travertino elevó la exigencia técnica del certamen y abrió nuevas posibilidades creativas. Al mismo tiempo comenzaron a sumarse escultores de distintos países, enriqueciendo el intercambio artístico y proyectando al Chaco hacia un escenario internacional.
El antiguo concurso de madera había dado paso a la Bienal Internacional de Escultura.
A partir de ese momento, Resistencia dejó de organizar únicamente una competencia artística para convertirse, cada dos años, en un punto de encuentro entre culturas.
NORTE acompañó cada uno de esos pasos. Las páginas del diario reflejaron el crecimiento de la Bienal, la llegada de las delegaciones extranjeras, la evolución técnica de las obras y las historias personales de escultores que encontraban en Resistencia un lugar único para crear y compartir su trabajo.
Pero, sobre todo, el diario fue registrando algo mucho más profundo: la transformación de una ciudad.
Porque mientras la Bienal crecía, también lo hacía el patrimonio escultórico urbano.
Cada nueva edición dejaba obras que permanecían en plazas, avenidas y espacios públicos, enriqueciendo un paisaje que comenzaba a distinguir a Resistencia de cualquier otra ciudad argentina.
Una ciudad que encontró en el arte su identidad

Pocas ciudades pueden decir que construyeron una parte de su identidad alrededor del arte. Resistencia es una de ellas.
Lo que comenzó con aquellos primeros encuentros fue dando forma, con el paso de los años, a un patrimonio cultural que hoy distingue al Chaco en el país y en el mundo.
Cada edición de la Bienal dejó mucho más que una premiación o un puñado de obras nuevas. Dejó una manera distinta de entender el espacio público y el vínculo de la comunidad con la creación artística.
Las esculturas comenzaron a poblar plazas, avenidas, parques y edificios públicos. Dejaron de ser piezas destinadas a galerías o museos para integrarse naturalmente a la vida cotidiana.
Así nació la Ciudad de las Esculturas. Hoy, con cerca de 700 obras distribuidas en toda la capital chaqueña, Resistencia posee uno de los patrimonios escultóricos urbanos más importantes de América Latina.
Detrás de cada edición hubo una tarea sostenida de organización, preservación y proyección internacional encabezada por la Fundación Urunday, que logró convertir a la Bienal en una referencia mundial del arte escultórico y, al mismo tiempo, garantizar la conservación de un patrimonio que pertenece a toda la comunidad.
Con los años, el reconocimiento también llegó desde el exterior. La Bienal fue incorporando nuevos países participantes, fortaleciendo sus vínculos con instituciones culturales de prestigio y posicionando a Resistencia en los principales circuitos internacionales de la escultura.
Lo que alguna vez fue una apuesta profundamente chaqueña terminó convirtiéndose en un acontecimiento de alcance global, sin perder el espíritu comunitario que le dio origen.
NORTE fue testigo privilegiado de esa transformación. Sus páginas acompañaron el crecimiento del patrimonio escultórico de la ciudad, registraron la llegada de artistas de distintas culturas, documentaron la evolución de la Bienal y reflejaron cómo generaciones enteras fueron apropiándose de ese legado.
Porque la verdadera obra de la Bienal nunca fue una sola escultura. La obra más importante fue convertir al arte en una forma de vivir la ciudad.
Los guardianes de una memoria compartida

Las esculturas desafían al tiempo, permanecen en una plaza, en una avenida o en una esquina mucho después de que los artistas regresan a sus países y de que el bullicio de la Bienal se apaga.
Hay generaciones de chaqueños que crecieron jugando alrededor de esas obras, que las tomaron como punto de encuentro o que aprendieron a reconocerlas antes incluso de saber quién las había creado.
Ese quizás sea el mayor logro de estos encuentros escultoricos; porque no solamente es formar escultores o reunir artistas de todo el mundo es, sino, formar ciudadanos capaces de convivir con el arte.
Conservar ese patrimonio exige un trabajo permanente de restauración, catalogación e investigación. También demanda incorporar nuevas herramientas para acercarlo a las próximas generaciones y garantizar que cada obra conserve su historia.
Pero existe otra memoria, menos visible, aunque igualmente indispensable. Es la memoria de los acontecimientos.
La de los artistas que llegaron desde lugares lejanos para dejar una parte de su obra en el Chaco. La de los vecinos que siguieron durante días la evolución de una escultura. La de los debates, las emociones y las pequeñas historias que nunca quedan grabadas sobre la piedra o la madera.
Esa memoria encontró, desde el primer concurso de escultura, un lugar donde preservarse.

Las páginas de NORTE
Durante casi cuatro décadas, el diario fue construyendo un archivo que hoy permite reconstruir la evolución de la Bienal casi día por día. En sus colecciones conviven las primeras fotografías de los concursos de madera, las entrevistas con escultores que luego alcanzarían reconocimiento internacional, las crónicas de cada edición y el registro permanente de una ciudad que fue transformándose junto con sus esculturas.
Ese archivo tiene hoy un valor que trasciende al propio medio. Es parte de la memoria cultural del Chaco.
Porque las esculturas cuentan quiénes fuimos a través del arte y el periodismo conserva la historia de cómo llegamos hasta ellas.

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