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Carlos Alabe: medio siglo construyendo mucho más que casas

Quiso ser médico, pero encontró en la arquitectura una forma distinta de curar. Después de más de 2.000 obras y una vida dedicada a poner la profesión al servicio de los demás, el creador de Ciudad Limpia asegura que el descubrimiento más importante de su vida cabe en una sola palabra: dar.

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La cuenta no la hizo él. Acostumbrado a mirar siempre hacia adelante, a pensar en la próxima obra o en el siguiente proyecto solidario, nunca se había detenido demasiado a revisar el calendario. Fue una consulta periodística la que lo obligó a hacer memoria y a sacar cuentas. Ahí descubrió que habían pasado cincuenta años desde aquel primer trabajo que le confiaron cuando apenas era un adolescente. Medio siglo de profesión. Medio siglo de sueños ajenos convertidos en ladrillos. Medio siglo construyendo casas, edificios, museos y espacios públicos, pero también confianza, solidaridad y una manera de entender la arquitectura que va mucho más allá de los planos.

"Lo primero que siento es orgullo", resume Carlos Alabe. Orgullo por haber transitado cinco décadas de trabajo "honrada y honestamente", como le gusta decir. Porque no fueron años sencillos. Fueron años en un país acostumbrado a las crisis, en una provincia con limitaciones económicas y en un contexto donde muchas veces resultaba más fácil tomar otros caminos. Sin embargo, nunca trabajó para el Estado. Su carrera se construyó desde el ámbito privado, proyectando viviendas, edificios y emprendimientos comerciales, ganándose una reputación que con el tiempo lo convertiría en uno de los arquitectos más reconocidos del Chaco.

Pero hay una frase que repite varias veces y que, de alguna manera, resume su manera de entender la profesión: "¿Qué más puedo hacer con esto?". Porque para Alabe la arquitectura nunca fue solamente una manera de ganarse la vida. Fue una herramienta.

La respuesta a esa pregunta apareció hace muchos años, inspirada en uno de los hombres que más admira. Carlos tiene tres ídolos: José de San Martín, René Favaloro y su padre. Del prestigioso cardiocirujano tomó una idea que hizo propia. "La medicina sin una mirada humanista no merece ser ejercida", había dicho Favaloro. Alabe simplemente reemplazó una palabra. Donde el médico hablaba de medicina, él comenzó a pensar en arquitectura. Y desde entonces entendió que levantar edificios no era suficiente si detrás no existía una mirada puesta en las personas.

Esa manera de ver las cosas encontró una oportunidad cuando le tocó colaborar con Alsec. El laboratorio que funcionaba en aquel momento estaba deteriorado y las necesidades eran muchas. La experiencia lo marcó profundamente. Descubrió que no hacía falta únicamente saber construir; hacía falta gestionar, convencer, reunir voluntades y lograr que otros se comprometieran. Comprendió, además, que había algo que se repetía cada vez que golpeaba una puerta: la gente confiaba.

Con esa misma lógica llegarían más tarde las refacciones en el Hospital Perrando, las bibliotecas Herrera, Sarmiento y Evita, jardines de infantes y una larga lista de iniciativas que terminarían encontrando en la Fundación Ciudad Limpia un vehículo para hacer realidad proyectos que parecían imposibles. Allí encontró la manera de poner al servicio de los demás todo aquello que había aprendido durante décadas.

Sin embargo, la arquitectura ni siquiera había sido su primer sueño. De chico quería ser médico. Todavía recuerda al doctor Quiroz, el profesional que lo atendía cuando enfermaba y al que observaba con fascinación. "¿Cómo hace para curar tan rápido?", preguntaba. La respuesta de su padre era simple: "Porque estudió". Aquella frase lo marcó para siempre. En su cabeza infantil, estudiar equivalía a adquirir el poder de cambiar las cosas y ayudar a los demás. Ser médico parecía entonces el camino natural.

La vida, sin embargo, tenía otros planes. La escuela Industrial le dio una profesión antes de terminar la adolescencia. El título de maestro mayor de obras le permitiría trabajar y ahorrar para pagar Medicina. Ese era el plan. Pero la vida fue acomodando las piezas de otra manera. La arquitectura terminó atrapándolo y, paradójicamente, años después volvería a encontrarse con la medicina desde otro lugar, a través del trabajo realizado para la Casa Garrahan y las distintas acciones vinculadas a la salud de los niños.

Cuando mira hacia atrás, reconoce que buena parte de lo que es se lo debe a sus maestros. Las docentes de la Escuela Nº 33, los profesores de la Industrial, los arquitectos e ingenieros que conoció durante la facultad y hasta aquellos docentes cuyas clases escuchaba sin ser alumno. Porque tenía esa costumbre: se sentaba y escuchaba. Quería aprender. Y hoy, medio siglo después, sigue nombrándolos con gratitud.

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Carlos Alabe, titular de Ciudad Limpia y mentor de la Casa Garrahan Chaco.

Su primera obra llegó cuando tenía apenas diecisiete años. Fue un encargo que recibió por recomendación de Diego Notero, uno de sus profesores. El mensaje era claro: "Portate bien y no hagas macanas". Aquella vivienda ubicada en Ayacucho y Monteagudo todavía sigue en pie. Dos años después ya trabajaba en Corrientes para un importante empresario y exfuncionario. Eran tiempos donde la juventud no parecía un obstáculo sino una oportunidad. "Hoy no sé si tendría el coraje de darle semejante responsabilidad a un chico de esa edad", admite entre risas.

A lo largo de cincuenta años realizó más de dos mil obras y muchas de ellas forman parte del paisaje cotidiano de los chaqueños. Sin embargo, hay una frase que revela el vínculo emocional que mantiene con cada una de ellas. "Son los hijos que no tuve de carne y hueso", dice. Y no habla únicamente de ladrillos o paredes. Habla de algo mucho más profundo. En cada proyecto dejó una parte de sí mismo, de los valores que le transmitieron sus padres, de las enseñanzas de sus maestros y de esa obsesión por hacer las cosas correctamente.

Quizás por eso hay algo que lo llena de satisfacción. En medio siglo de profesión no tuvo una sola denuncia importante ni un conflicto serio con un cliente. "Alguna fisura, alguna filtración, cosas reparables, pero nada más", explica. Y esa tranquilidad parece valer más que cualquier premio.

Los estilos arquitectónicos cambiaron. Pasó por el modernismo, el posmodernismo y llegó hasta esta época que describe con humor como la de las "cajas de zapatos". Sin embargo, hay algo que jamás modificó: el respeto por los sueños de quienes lo contrataban. Siempre entendió que una casa es mucho más que un diseño. Es el proyecto de vida de una familia. Por eso nunca quiso imponer su mirada. "La gente soñó toda la vida con su casa. No se puede faltar el respeto a ese sueño", sostiene.

Y cuando se le pregunta qué sacrificó por dedicar tanto tiempo a la solidaridad, sorprende con una respuesta inesperada. Habla de la felicidad. Dice que probó muchas cosas en la vida, pero que nada se compara con una palabra de apenas tres letras.

Dar. "Lo más lindo que encontré fue dar", asegura.

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Edificio de la Casa Garrahan Chaco es considerado un modelo arquitectónico y de servicio.

Porque cuando llegó al mundo ya existían la escuela donde estudió, el hospital que lo curó y la iglesia donde rezaba. Todo eso había sido construido por otros. Entonces entendió que también tenía una obligación: dejar algo para quienes vinieran después.

A sus más de setenta años sigue trabajando. Sigue haciendo proyectos y sigue imaginando nuevas obras. Se ríe cuando habla de los prejuicios que muchas veces condenan a las personas mayores al retiro, justo cuando la experiencia permite equivocarse menos. Y aunque algunos crean que está demasiado ocupado con las tareas solidarias, él continúa respondiendo cuando alguien lo llama para proyectar una casa.

Después de cincuenta años, Carlos Alabe ya no necesita demostrar nada. Sus obras hablan por él. Pero quizás su mayor legado no sea ninguno de los edificios que llevan su sello. Tal vez sea esa convicción silenciosa que lo acompaña desde hace décadas y que aprendió mirando a los demás: la idea de que la verdadera trascendencia no está en lo que uno acumula, sino en lo que deja.

Porque hay personas que construyen casas. Y hay otras que, casi sin darse cuenta, terminan construyendo algo mucho más difícil: una forma de vivir.

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Otra de las obras que deja para el legado arquitectonico de Resistencia, el Museo Gomez Lollo.

Ese camino del que agradece no haberse apartado

Si algo aparece una y otra vez cuando Carlos Alabe mira hacia atrás, son las personas que fueron dejando huellas en su vida. Por eso, cuando se imagina frente a aquel muchacho que empezaba a dar sus primeros pasos en la profesión, no piensa en obras ni en reconocimientos. Lo primero que se diría es una frase sencilla, pero cargada de sentido: "Menos mal que no me desvié".

Y esa sensación tiene nombres propios.

Todavía recuerda a las maestras de la Escuela Nº 33, aquellas que, según dice, no faltaban nunca y que además de enseñar las materias de todos los días se encargaban de transmitir valores, disciplina y honestidad. Después llegaría la Escuela Industrial, donde tuvo la fortuna de encontrarse con profesores que eran arquitectos, ingenieros y profesionales en actividad. Hombres que enseñaban desde la experiencia y que, muchas veces sin saberlo, estaban moldeando una manera de entender el trabajo y la vida.

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Calle Paseo, en Posadas, Misiones.

La facultad tampoco fue una etapa más. Allí cultivó una costumbre que todavía recuerda con una sonrisa. Más de una vez se sentó a escuchar clases que ni siquiera eran las suyas. No importaba si estaba inscripto o no. Quería aprender. Quería escuchar. Quería aprovechar a aquellos docentes que admiraba. "Yo les decía que había aprendido mucho con ellos y algunos me respondían que nunca había sido alumno suyo. Pero yo iba igual a las clases", recuerda entre risas.

Esa curiosidad permanente por aprender es la misma que lo acompaña hasta hoy. Y también explica por qué, cuando habla de las personas que marcaron su vida, no duda en mencionar a sus tres grandes referentes. Uno es José de San Martín, otro René Favaloro y el tercero, quizás el más importante de todos, es su padre.

"Mis ídolos son San Martín, Favaloro y mi viejo", dice sin pensarlo demasiado.

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De cada uno tomó algo. Del Libertador, la idea del compromiso. De Favaloro, la dimensión humanista de las profesiones. De su padre, los valores que todavía hoy considera irrenunciables.

Quizás por eso nunca se arrepintió del camino elegido, aun cuando muchas veces hubiera sido más sencillo optar por otros atajos. Reconoce que hubo épocas en las que podría haber buscado la comodidad de un cargo público o una vida más tranquila. Pero eligió el desafío. Eligió arreglarse por su cuenta y sostenerse con el trabajo. "Era más difícil, pero era mi camino", resume.

Y cuando mira todo lo que vino después —las más de dos mil obras, los proyectos solidarios, la confianza ganada durante cinco décadas y la tranquilidad de no haberse apartado de aquello que aprendió de chico— entiende que aquella educación recibida en la escuela, en la universidad y sobre todo en su casa fue mucho más importante que cualquier plano.

Porque las obras se construyen con cemento y ladrillos, pero las personas se edifican con algo mucho más difícil de conseguir: valores.

A los 17 años y con una advertencia: "No hagas macanas"

La primera obra de Carlos Alabe todavía sigue en pie. Está en la esquina de Ayacucho y Monteagudo y fue el inicio de una carrera que, medio siglo después, supera las dos mil construcciones. Pero en aquel entonces, el arquitecto más reconocido del Chaco era apenas un muchacho de 17 años al que un profesor de la Escuela Industrial decidió darle una oportunidad.

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Su primera obra fue en la esquina de Ayacucho y Monteagudo.

El encargo llegó de la mano de uno de sus docentes, quien antes de confiarle el trabajo le dejó una recomendación que todavía recuerda con una sonrisa: "Andá y hacelo, pero portate bien. No hagas macanas, porque es un gran cliente y quiero quedar bien".

Aquella confianza marcó el comienzo de una vida dedicada a construir. Dos años más tarde, con apenas 19 años, ya estaba trabajando en Corrientes, remodelando la vivienda de un importante empresario y exfuncionario, mientras arquitectos con más experiencia quedaban al margen.

Hoy, cincuenta años después, cuando pasa por aquella primera casa, Carlos Alabe no ve solamente una obra. Ve al chico que empezaba a abrirse camino, los maestros que apostaron por él y la responsabilidad de no defraudar a quienes confiaron en sus capacidades.

"Yo hoy no sé si tendría el coraje de darle semejante responsabilidad a un chico de esa edad", reconoce entre risas.

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