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El libro como trinchera y como puente

Más que una fecha de calendario, el Día del Libro se presenta como una oportunidad para pensar qué significa leer en un país que, a pesar de las crisis recurrentes, sigue produciendo una de las tradiciones literarias más ricas de habla hispana. De Borges a Walsh, de Ocampo a Sarlo, de Piglia a las nuevas voces que hoy emergen desde editoriales pequeñas, el libro argentino ha sido históricamente un espacio de pensamiento crítico, de disputa de sentido, de resistencia.

En tiempos cuando la concentración económica avanza sobre casi todos los sectores, la edición independiente y universitaria libra una batalla silenciosa pero crucial. Mientras los grandes grupos editoriales priorizan fórmulas probadas –lo que todos conocemos como best-sellers–, son las editoriales pequeñas, las universitarias, los catálogos curados con pasión y pocos recursos, los que siguen apostando por la poesía, el ensayo, la narrativa experimental, las traducciones arriesgadas. Sostener esos catálogos en un contexto de costos de impresión dolarizados y caída del poder adquisitivo es un acto de resistencia cultural.

Lo mismo ocurre con espacios que funcionan como centros culturales: lugares de encuentro, de recomendación boca a boca, de presentaciones y charlas que ninguna plataforma de comercio electrónico puede replicar. Sobrevivir como librería independiente en la Argentina, atravesando devaluaciones, aumentos de alquileres y la competencia de las grandes cadenas, requiere una vocación que va mucho más allá del negocio. Cada librería que sigue abierta es, de alguna manera, una pequeña victoria colectiva.

Y es que fomentar la lectura no es solo una cuestión cultural: es un pilar cívico. Una sociedad que lee es una sociedad mejor equipada para argumentar, para desconfiar de discursos simplistas, para construir consensos basados en algo más que la repetición de consignas. La lectura forma ciudadanos capaces de leer entre líneas —literal y metafóricamente— el mundo que los rodea. En ese sentido, cada libro vendido, prestado o regalado es también un pequeño aporte a una democracia más robusta.

En medio de esta reflexión, persiste un debate que a veces se vuelve más nostálgico que productivo: papel versus digital. Durante años se planteó como una batalla, casi una traición: el libro electrónico como amenaza, el audiolibro como una forma "menor" de leer. Pero quizás sea momento de mirar este fenómeno con otros ojos.

Porque la tecnología, lejos de representar una amenaza para el libro tradicional, se ha convertido en una puerta de entrada para muchos nuevos lectores. Personas que, por horarios laborales extenuantes, por largos viajes en transporte público, o simplemente porque el formato tradicional no se adaptaba a sus rutinas, hoy encuentran en el audiolibro o el e-book una forma de acceder a historias y conocimiento que antes les resultaba inaccesible. Quien escucha una novela mientras viaja al trabajo, o quien lee en la pantalla del celular durante una espera, está leyendo igual, está pensando, imaginando, ampliando su vocabulario, ejercitando su comprensión.

No se trata, entonces, de demonizar la tecnología ni de idealizar el papel como única forma legítima de cultura. Se trata de reconocer que cada formato tiene su lugar y que, en conjunto, amplían el universo de lectores en lugar de restarlo. El papel sigue ofreciendo esa experiencia sensorial irremplazable: el olor, el tacto, la posibilidad de subrayar y volver atrás físicamente, esa "geografía" del texto que ayuda a recordar dónde estaba cada idea. Pero podríamos empezar a pensar que el formato digital facilita el acceso, reduce costos de distribución, permite que un libro agotado en papel siga circulando, y les da una segunda vida a catálogos que de otra forma quedarían olvidados.

El verdadero dilema no debería centrarse en elegir entre el papel y la pantalla; el desafío más bien consiste en garantizar que, sea cual sea el soporte, sigamos teniendo acceso a una bibliodiversidad real: editoriales chicas que puedan competir, librerías que puedan sobrevivir, y lectores —nuevos y antiguos— que encuentren en cualquier formato una puerta hacia la reflexión y la libertad. El mejor homenaje posible en este día del libro es celebrar todo lo que, en cualquiera de sus formas, sigue siendo capaz de provocar.

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