A cuatro años de la sentencia del juicio por la Verdad de la Masacre de Napalpí
La relación de los pueblos indígenas con el Estado siempre ha sido compleja. Argentina, y nuestra provincia en particular, están atravesadas por un racismo estructural, el colonialismo y la negación. La imagen instaurada del "indio peligroso", del malón o del vago, ha sido una construcción impulsada por el propio Estado para justificar el despojo. El recuerdo de Melitona, marcado por el terror a dos uniformes —el de la policía y el del docente—, sintetiza con dolorosa claridad cómo se configuró esa convivencia social impuesta.
Hace cuatro años vivimos un hecho histórico que marcó un punto de inflexión. Iniciaba otra historia, o quizás eso creíamos algunos. La causa Napalpí no surgió de la noche a la mañana, sino de la lucha de muchas y muchos indígenas que eligieron no vivir de rodillas ante un sistema que los oprimía y que, por momentos, solo ofrecía migajas para evitar el levantamiento. Decidieron luchar y eso tuvo una masacre en el marco de un genocidio indígena. Porque, como sabemos, no fue un hecho aislado; la intención estatal fue o eran mano de obra semi-esclava, o eran el exterminio. Las consecuencias de esa masacre aún siguen vigentes, duelen y marcan nuestra historia presente.

Juan Chico fue uno de los que tomó ese ejemplo de Napalpí. Quienes lo conocimos le escuchamos decir, muchas veces, que había que honrar la causa. Lo vimos no negociar jamás sus convicciones ni dejarlas en la puerta de ninguna gestión; eligió vivir de pie, asumiendo las consecuencias. Como él, muchas otras personas, indígenas y no indígenas, siguen ese legado no solo en nuestra provincia, sino en todo el país, porque si algo logró Juan fue tejer una gran red para garantizar una memoria activa.
Juan no llegó a ver la sentencia física, pero la esperaba con la certeza de que era posible, por una vez y para siempre, entender que nuestro país se fundó sobre un genocidio indígena. Sabía que las prácticas genocidas de la última dictadura cívico-militar y eclesial se ensayaron antes en los cuerpos y territorios de los pueblos originarios, con el fin de quedarse con la tierra y someterlos. Pero también sabía que el juicio era una herramienta fundamental para la lucha, porque conocer nuestra historia es la única garantía para no repetirla y que sea un Juicio por la Verdad seguía uniendo los lazos de esta historia.
Hoy, a cuatro años de aquel juicio tan esperado, vemos que las cosas han dado un giro nuevamente en contra de los pueblos indígenas. Retorna la invisibilización, la sospecha sobre la identidad originaria y la puesta en duda de los reclamos históricos. Se instala, otra vez, el discurso del "vago" o del que no quiere trabajar. Y, por supuesto, el sistema encuentra cómplices, porque el racismo sigue vigente y la alteridad incomoda. Gusta más la idea idílica de que "descendemos de los barcos" que la realidad de que somos de esta tierra, y que sobrevivimos a un proceso genocida que la propia justicia ya pudo validar.

Por todo esto, hoy conmemoramos la sentencia. Instamos a no olvidar el origen de estas luchas y a seguir eligiendo estar de pie. En tiempos de negacionismo e invisibilización, respondemos con más organización, más lucha y, sobre todo, con memoria.
𝗠𝗲𝗺𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗩𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱 𝗝𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗦𝗼𝗯𝗲𝗿𝗮𝗻í𝗮 𝘆 𝗧𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼
𝗦𝗮 𝗾 𝗮𝗶𝗰𝗼𝘂𝗮"𝗮𝗶 , 𝗘𝗲𝘀𝗮, 𝗾 𝗮𝗻𝗺𝗶𝘁𝘁𝗮, 𝗡𝗮𝗻𝗼𝗶𝗰𝗻𝗮𝘅𝗮𝗰 𝗾 𝗮𝘁𝗮 𝗾 𝗟-𝗹𝗮 𝗴 𝗮 𝗾 𝗮" ( 𝗤 𝗼𝗺)
𝗡𝗼⁷𝗹𝗲𝗻𝘁𝗮𝘅𝗮, 𝗹𝗹𝗶 𝗾 𝘂𝗲𝘁𝗮, 𝗰𝗵𝗮 𝗾 𝗮𝗶 𝗹𝗹𝗶 𝗴 𝗿𝗮𝗰 𝗱𝗮 𝗡𝗲𝗹𝗼𝘅𝗼ŷ𝗶𝗮𝘅𝗮𝗰 (𝗠𝗼 𝗾 𝗼𝗶𝘁)
𝗧𝗼𝘁𝗲𝘁𝗻𝗲𝗸 𝗺𝗮𝘁 𝘁𝗶 𝘆 𝗮𝗶𝗻𝗵𝗮𝘄𝗶𝘁 𝗵𝗼 𝗽 𝗲 𝗵𝘂𝗻𝗵𝗮𝗵 (𝗪𝗶𝗰𝗵𝗶)










