De Egipto a tu sofá, pasando por Roma
¿Cómo es posible que un bicho tan independiente, tan poco obediente y tan parecido a sus primos salvajes haya terminado durmiendo sobre tu almohadón?

La respuesta no es sencilla, pero los últimos hallazgos arqueológicos y genéticos tejen una historia fascinante, llena de vacíos, viajes sorprendentes y una pizca de indiferencia mutua bien entendida.
En el principio, hace unos 9500 años, mucho antes de que existieran las cajas de arena, un felino y un humano fueron enterrados juntos en la isla de Chipre. El hallazgo, fechado hacia el 7500 antes de nuestra era, es la evidencia más antigua de una relación cercana con esos pequeños cazadores. No es casualidad: Chipre no tenía felinos salvajes autóctonos, así que alguien debió llevar al animal hasta la isla, probablemente en barco. Ya entonces, los gatos viajaban con nosotros.
Sin embargo, por miles de años después de ese entierro, el registro arqueológico está vacío. Aparecen indicios aislados, pero el siguiente gran capítulo se escribe en Egipto, alrededor del 3500 antes de Cristo. Allí, los arqueólogos encontraron algo conmovedor: un gato con las dos patas rotas, cuyos huesos soldaron de manera natural, lo que indica que alguien lo cuidó durante su larga convalecencia. No era un animal cualquiera. Unos mil años después, en el Imperio Antiguo egipcio, los gatos ya aparecen representados con collares junto a sus dueños, y más tarde llega la momificación masiva. Los egipcios no solo convivían con ellos: los veneraban.
¿Eran realmente domésticos esos gatos del Nilo? La ciencia distingue entre un animal manso o habituado –como las palomas de una plaza o los jabalíes que husmean en los basureros de las afueras– y un animal domesticado. La diferencia clave está en la reproducción. Un animal manso simplemente perdió el miedo a los humanos y se beneficia de vivir cerca de ellos. Pero la domesticación exige que los seres humanos controlen su cría, seleccionando aquellos individuos con rasgos deseables para que se reproduzcan. Ese control deja una huella en el ADN. Y en el caso del gato, esa huella es difícil de encontrar.

El gran salto en la comprensión de este proceso llegó de la mano de la genética. Los estudios más recientes lograron rastrear el linaje de los gatos domésticos actuales hasta un ancestro común: el gato montés africano, conocido científicamente como Felis lybica. Es decir, todos los mininos que ronronean en nuestras casas proceden de una misma especie salvaje que aún hoy habita en las sabanas y desiertos del norte de África y Oriente Próximo. Pero la pregunta del millón sigue siendo cuándo y dónde se produjo esa transición de la convivencia al control reproductivo.
La respuesta parcial llegó hace pocos años, con un estudio publicado en la prestigiosa revista Science. Los investigadores analizaron el ADN de gatos antiguos y modernos de todo el mundo y descubrieron algo inesperado: el linaje africano de Felis lybica no aparece en Europa hasta hace unos dos mil años. ¿Y qué pasó en esa época? El auge del Imperio Romano. Los romanos conquistaron Egipto en el año 30 antes de Cristo y, como tantas otras cosas, se llevaron también los gatos. No los domesticaron ellos: los adoptaron ya domesticados por los egipcios. Pero fueron los romanos quienes los convirtieron en un animal global. Los llevaron a sus campamentos militares junto al Rin y al Danubio, los embarcaron en sus galeras y los distribuyeron por todas las provincias del Imperio, desde Britania hasta Arabia. Hace dos mil años, un legionario romano podía llevarse un gato a su puesto fronterizo para que cazara ratones en el granero. Y así, sin quererlo del todo, el Imperio Romano inventó la globalización felina.
Pero aquí aparece otro agujero negro en la historia. Por paradójico que parezca, los científicos aún no pueden secuenciar el genoma completo de ningún gato egipcio antiguo. Solo se dispone de fragmentos parciales y de muestras limitadas de zonas cercanas como Marruecos, Túnez o Israel. Ese vacío de datos impide confirmar si la domesticación ocurrió exclusivamente a orillas del Nilo o si hubo múltiples centros de domesticación en todo el Mediterráneo oriental. Es una pregunta abierta, una invitación a seguir excavando y secuenciando.
Ahora bien, ¿por qué los gatos se parecen tanto a sus ancestros salvajes? Cualquiera que haya visto un gato montés africano en un documental sabe que es casi idéntico a un gato doméstico atigrado. Y eso no ocurre con otras especies. Un perro lobo y un chihuahua son casi irreconocibles. Un cerdo doméstico y un jabalí tienen diferencias notables. La razón es simple y reveladora: la selección artificial ejercida por los humanos sobre los gatos fue mucho menos intensa que sobre los perros.
Estos últimos fueron domesticados hace unos veinticinco o treinta mil años, muchísimo antes que los gatos. Y los seleccionamos para tareas complejas: cazar, pastorear, defender, asistir. Eso requirió cambios drásticos en su morfología y en su comportamiento. En cambio, al gato lo valoramos fundamentalmente por su instinto natural de cazar roedores. No necesitábamos que cambiara de forma, solo que siguiera siendo un eficaz depredador de alimañas. Y por eso, después de miles de años a nuestro lado, el gato sigue siendo casi el mismo que acechaba en los depósitos de grano del Nilo.
Esta diferencia con otras domesticaciones es llamativa. Los cerdos y el ganado vacuno fueron domesticados después que los perros pero antes que los gatos, y sus cambios morfológicos con respecto al jabalí o al uro original son evidentes. Incluso los conejos, cuya domesticación comenzó también con los romanos –que los criaban para comer– pero no se completó hasta la Edad Media, muestran más variabilidad que los felinos. El gato es, en cierto modo, el doméstico más salvaje de todos.
La próxima vez que nuestro gato nos ignore, destroce el sillón o prefiera cazar una mosca antes que dejarse acariciar por nosotros, recuerde. Es un animal que lleva nueve mil años al lado nuestro, pero que nunca permitió que lo cambiáramos del todo. Los egipcios lo veneraron, los romanos lo esparcieron por el mundo y nosotros lo convertimos en un meme de Internet, pero su esencia sigue siendo la de un pequeño felino africano que un día descubrió que vivir cerca de los humanos era mucho redituable que cazar en la sabana. Y nosotros, sin saberlo, aceptamos el trato. Porque a cambio de un plato de comida y un rincón cálido, él nos regala su independencia, su elegancia y ese ronroneo que, digan lo que digan los científicos, sigue siendo un misterio.
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