Acerca de "Guerrero solitario", de Gustavo Sánchez Mariño
En su obra "Eudemonología", Arthur Schopenhauer postula que existen tres supremacías en los seres: la de la belleza, la del espíritu, y la de la posición. Cualquiera de ellas puede ser perdonada, a condición, según el filósofo de Dánzig, de que se detente alguna de las otras. En algunas ocasiones, estas superioridades de que habla Schopenhauer encuentran carnadura feliz en las peripecias y las características de los personajes de un libro. "Guerrero solitario" es un ejemplo cabal de lo que expreso. Sirva de introducción partes de la carta escrita por el narrador, Julián, al comienzo de la historia:
"Ayer, en les Invalides, creí tocar el alma de papá", fue la frase que más me impresionó de su carta. Esperaba alguna otra cosa, algún comentario sobre la elegancia de la Avenue Foch, o sobre las pieles de las vidrieras o quién sabe qué "coq au vin" extraordinario. Sin embargo, mamá recuerda al abuelo frente a la tumba ilustre. También yo lo recuerdo, también yo creo tocar su alma todas estas noches, madrugadas atroces en que su biblioteca me hace prisionero; altos anaqueles de madera robusta, repletos de lujosos volúmenes en francés. Demasiado francés, no los entiendo. Como tampoco entiendo a mamá y su impresión de les Invalides. (Fue ella la que se opuso, con dramática energía, a que Fernando y yo estudiáramos francés: "Cuando vivía papá hasta las mucamas lo hablaban. Estoy harta", había sentenciado ante la perplejidad de papá).

Estoy frente a una de esas espléndidas noches de Corrientes, noches de oscura consistencia, impávidas y solitarias noches repetidas. Ya van para varios meses de encerrarme entre los libros de abuelo. Si fue su recuerdo, o la incomprensible rebeldía de mamá ante su recuerdo, o si fue meramente la soledad la que me arrastró bajo la lámpara metálica del escritorio es algo que aún no puedo precisar".
La belleza mentada por Schopenhauer es aquí manifiesta; tiene su trono en infinidad de párrafos y páginas, un poco a la manera de la antigua novelística francesa, que, a modo de sortilegio, impulsaba los afanes y los resultados.
"Su clase transcurrió sin sobresaltos. Mrs. Tower, que era un poco madre de todas sus alumnas, habiéndolas visto crecer, advirtió la distracción de Felicia y no la acosó. La niña podía ver más allá de la firme puerta del cuarto el enorme patio de baldosas blancas y negras, bordeado por la fresca galería con columnas de durísimo quebracho, con sus rectos canteros rectangulares rebosantes de malvones de oloroso terciopelo rojo y verde. Y, alargando la vista hacia el zaguán catedralicio, se veía la blanquísima hechura del aljibe secular, venido quizá de Italia, con su renegrido arco de hierro forjado con sobrios firuletes, con su oxidada polea sin brocal. Imaginaba el fondo tantas veces observado de ese ya inútil pozo de agua, con las incontables manchitas de luz zigzagueante, luz que caía en oscilante simetría, colándose por los equidistantes agujeros de la tapa también de hierro. Contra la pared que daba al este se entreveía el cuarto de baño de uso común, con sus artefactos de loza blanca y flores azuladas, con su enorme bañera enlozada, ahora también inútil. Cuántas veces recordaba haber imaginado al dueño del sol deslizarse con ágil picardía sobre los balaústres de yeso de la baranda que separaba los pequeños y rubicundos ñangapiríes de la voracidad de cientos de alumnos".
La novela es mucho más que eso, por supuesto. Es, también, un retorno al pasado y lo irrevocable de lo perdido, con su alternancia entre la alegría y sus caras opuestas. El compañerismo joven, desenfrenado e irrefrenable; los vaivenes de la emotividad en las experiencias y el espíritu nostálgico que sobreviene a todos los actos humanos, están presentes en todas las páginas del libro.
"Nito sonreía, canturreando una de esas espantosas letrillas que la radio llamaba canciones y que él, con la más avezada de las intenciones, se encargaba de afear hasta el ridículo. En momentos así podía vislumbrar su altísimo sentido de la estética, su ensimismado sarcasmo demoledor, a veces punzante hasta la exacerbación. Cuando criticaba alguna vestimenta o algún gesto, alguna manía que al común de la gente le era inadvertida, ya nada hacía falta decir. Una sintaxis ilustre y una expresividad sobrecogedora lo hacían por demás temible entre nuestros amigos. Agravando la voz, pronunciando las eses y ces a la española, gimoteaba: "Nada hay más de tonto que estar enamorado". No pude sino sonreír. Sabiendo que tenía mi atención, continuó, alargando los pesarosos altibajos de la voz: "Sí, hay algo de más tonto... Y es decirlo", acercaba la boca al espejo retrovisor, empañándolo. No fallé en percibir que su expresión "de más tonto" se dirigía inequívocamente a los galicismos furtivos de mi casa. Siempre daba en el blanco. Siempre "en plein dans le mille". La camioneta se bamboleaba, como pretendiendo zafarse de la cinta de asfalto. "Y es decirlo... y que alguien te lo crea". Demoró unos segundos la última frase, esperando el aplauso, que no llegó.
Estando acostumbrado a esas puestas en escena, ya no me asombraban ni un poco. Aunque nunca fallaban en divertirme. Quedamos sin hablar buena parte del trayecto. Como tantas veces, su recuerdo venció. Dejé que la cabeza se me desplomara sobre el respaldo y cerré los ojos. Debí emitir algún sonido ya que Nito pareció advertirlo. Abrí los ojos al sentir el seco empellón de su mano en mi hombro. Sonreí con sorna y canté, imitándole en tono: "Si hay alguien "DE" tan tonto, ese soy yo". Sentí su conmoción y sospeché que buscaba las mejores palabras. "No quise, viejo, te juro que no quise", se apuró. "Ya sé, viejo, ya sé", le contesté tranquilamente. "Pasa que me revienta no saber qué hacer con tanta confusión... Decime: ¿Vos realmente crees que está mal? Enamorarse, digo". Era algo que hacía tiempo soportaba y al fin cedió. Se lo pregunté cómo se pregunta a un sacerdote. "Pero viejo, vos sabes que soy algo más inteligente que eso... No tan tonto como para ser pesimista... Digo, pero...", me miró de soslayo, sin perder de vista el camino. Le iluminaba la cara una enorme sonrisa paternal, omnisciente. Pocas veces lo he visto sonreír así. Me sentí feliz, porque esa sonrisa peculiar prometía sinceridad. "Lo que pasa es que en este momento tenés que tratar de ser cínico, de reírte de vos mismo. A ver si entendés, viejo, que no estoy para dar conferencias tipo "Correo del corazón". Ya sabía yo que algo así me esperaba. "Correo del corazón, responde la psicóloga Electra Libidínez", agregó con zumbona solemnidad. Ambos reímos. Nito continuó: "Es como el asunto ese de los economistas ¿libre cambio o proteccionismo? He ahí la cuestión. Sin embargo, los más astutos reconocen con total descaro que no es un asunto puramente dogmático: se debe adoptar tanto uno como otro, según las circunstancias lo aconsejen conveniente", hablaba con absoluta solvencia. Tuve que pararlo. "No te entiendo", protesté. "Muy claro, chamigo: las circunstancias aconsejan conveniente que adoptes el proteccionismo en este momento. Más adelante veremos. Por ahora, ponete
altos aranceles. Hacete una profundísima revolución cultural, roja y sangrienta. Que mueran todos, matalos por multitudes, hasta olvidar del todo. Cortá con la Edad Media, mi viejo".
Tenía una chispa de sabiduría bailándole en los ojos. yo lo contemplaba inmóvil de perplejidad. "La única manera de olvidar, chamigo, es olvidando, de un solo tirón".
Faltaban pocas cuadras para mi casa. Sus palabras me seducían como a una plaza sitiada; el olor a libertad se colaba en mis pulmones con dramáticas oleadas de euforia. Al frenar la camioneta me volví hacia él, le tomé la mano y se la estreché con fuerza, como agradeciendo la entrega de algún premio. "Gracias, Mariano", enfaticé, al tiempo que abría la puerta. "Vamos al cine esta noche, querés", pronuncié, menos un pedido que una orden. "Bien. Te paso a buscar. Y acordate, Julián, por ahora, altísimos aranceles. Después veremos". La sonrisa ya no era burlona, sino una solidaria cortesía indestructible. Una generosa invitación a mantenernos amigos. Cerré la puerta y arrancó con brío, perdiéndose en la esquina, entre el chirriar de las ruedas y su bocina tonante, que hacía sonar como los triunfales clarines de un batallón de caballería".

Y también la tragedia, que llega con la muerte inesperada de los hermanos Arliss, jinetes formidables y ya para siempre perdidos, en el recuerdo de su padre:
"Prepararon un delicioso asado ese mediodía. Victoria iba y venía con mis nietos. Era la misma celebración de otrora, el mismo pelo rubio, los mismos comandantes de la casa y el campo. A la tarde decidieron ir a cabalgar. Al potrero de atrás se llevaron los caballos y partieron, perdiéndose en el monte. Más tarde Victoria me llamó a la ventana que da atrás. "Allá vuelven", me dijo sonriendo. Venían riendo a todo galope, desenfrenados y hermosos como dioses contra el rosa de las nubes de un ocaso enardecido. Fue entonces cuando el caballo de Carlos, malditos sean sus hijos, se rompió una pata y cayó rodando. Rodando sobre mi Carlos. La risa se cortó y sólo rompió el silencio el grito pavoroso de Victoria. Esa tarde, con el cuello roto, mi Carlos murió, en el mismo cuarto donde había nacido. Un dolor sin vísperas se apoderó de la estancia. Félix lloraba de rodillas junto a la cama de su hermano. "No podías hacerme esto, no esta vez... No así, por Dios", repetía, mojando el pelo rubio de su mellizo. A la mañana mi Félix también había muerto. Nadie pudo montar nunca desde ese día en el potrero de atrás".
La voluntad encarnada en la inocencia; los impulsos innúmeros de la adolescencia y la primera juventud, otorgan un sentido de finalidad a la existencia, un poco a la manera de esos juegos, que, de niños, se repiten casi idénticos, mientras la vacuidad de la vida se encuentra plenamente ausente.
Y es ese el ánimo que nos acompaña durante la lectura del libro. El deslumbramiento que pensamos perdido para siempre, la contemplación de la remota juventud, regresan y, con ellos, el impulso irrefrenable del pasado: las lágrimas y sonrisas que pensamos para siempre muertas, la iridiscencia de las calles que marcaron nuestros paseos, los seres, vivos o muertos, que fueron testigos de ese tránsito, el amor cambiante y lo fenecido de sus intenciones. Un poco a la manera del narrador omnisciente de "Por el lado de Swann", de Marcel Proust, que, ante el bosque ornado por colores y fragancias insustituibles del lado de Guermantes, dice: "Porque creía yo en las cosas, en las personas, mientras los recorría, las cosas, las personas, que me dieron a conocer son las únicas que aún me tomo en serio y aún me dan alegría. Ya sea porque la fe creadora esté agotada en mí o porque la realidad tan sólo se forma en la memoria, las flores que se me muestran hoy por primera vez no me parecen flores de verdad. La parte de Méséglise –con sus lilas, sus majuelos, sus azulejos, sus amapolas, sus manzanos- y la parte de Guermantes -con su río, sus renacuajos, sus nenúfares y sus botones de oro- constituyeron por siempre jamás para mí la imagen de los países en los que me gustaría vivir, en los que ante todo exijo ir de pesca, pasearme en canoa, ver ruinas de fortificaciones góticas y encontrar en medio de los trigos –como estaba Saint Adré-des-Champs- una iglesia monumental, rústica y dorada como un almiar, y los azulejos, los majuelos, los manzanos que, cuando viajo, puedo encontrar aún en los campos –por estar sitos en la misma profundidad, en el nivel de mi pasado- entran al instante en contacto con mi corazón". Al igual que lo expresado por Proust, la literatura de Sánchez Mariño es un intento feliz de recuperar lo que alguna vez pensamos para siempre perdido. Muchas gracias por eso, Gustavo.










