Memoria, heridas abiertas y la disputa por el sentido de la historia
El calendario argentino guarda fechas que no son apenas recordatorios, sino verdaderos puntos de inflexión. El 24 de marzo es uno de ellos. En 2026, se cumplen 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976 , un acontecimiento que no solo interrumpió el orden democrático, sino que inauguró uno de los períodos más oscuros y traumáticos de la historia nacional. Medio siglo después, la memoria no es un ejercicio cerrado: es una construcción permanente, atravesada por tensiones, debates y nuevas generaciones que buscan comprender lo que no vivieron pero que, inevitablemente, heredaron.
La madrugada del 24 de marzo de 1976 no fue un rayo en cielo despejado. La Argentina venía transitando un clima de creciente violencia política, crisis económica y debilidad institucional. El gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón había perdido capacidad de conducción en un contexto de enfrentamientos armados, persecuciones, inflación descontrolada y descomposición del tejido social. En ese escenario, las Fuerzas Armadas irrumpieron con un discurso de orden y reorganización que, lejos de resolver los conflictos, instauró un sistema represivo sistemático y planificado.

El autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional" no fue solamente un cambio de gobierno: fue un proyecto político, económico y cultural. Bajo la conducción de una Junta Militar integrada inicialmente por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti, se desplegó un plan que combinó la eliminación física del adversario político con una profunda reconfiguración del modelo económico. La represión ilegal, la censura, la persecución ideológica y la instalación del miedo como forma de control social fueron sus herramientas principales.
El concepto de "desaparecido"
Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y asesinadas en centros clandestinos de detención que funcionaron a lo largo y ancho del país. La ausencia de cuerpos, la negación sistemática de información y el silencio oficial construyeron una forma de violencia que trascendió lo físico: una violencia sobre la verdad, sobre la memoria y sobre el duelo. La cifra de 30.000 desaparecidos, sostenida por organismos de derechos humanos, se transformó en símbolo de esa tragedia colectiva.

Pero el terrorismo de Estado no actuó en el vacío. Se apoyó en complicidades civiles, empresariales, judiciales y mediáticas que permitieron su despliegue y, en muchos casos, se beneficiaron de él. Empresas que colaboraron con la represión de delegados sindicales, medios que legitimaron el discurso oficial, sectores del poder judicial que miraron hacia otro lado: la dictadura fue, en ese sentido, un entramado complejo que excedió a los uniformados.
En paralelo, el modelo económico impulsado por el ministro José Alfredo Martínez de Hoz marcó un quiebre en la estructura productiva argentina. La apertura indiscriminada de importaciones, la valorización financiera y el endeudamiento externo sentaron las bases de un esquema que tendría consecuencias duraderas. La industria nacional se vio golpeada, el empleo se precarizó y la desigualdad comenzó a profundizarse de manera sostenida. El disciplinamiento social no fue solo político: también fue económico.
Madres de Plaza de Mayo
A pesar del clima de terror, hubo resistencias. Algunas silenciosas, otras visibles. Trabajadores, estudiantes, religiosos, periodistas y militantes de distintas organizaciones intentaron, con mayor o menor margen, oponerse al régimen. Entre esas resistencias, una de las más emblemáticas fue la de las Madres de Plaza de Mayo, mujeres que comenzaron a reunirse en la Plaza de Mayo exigiendo saber el paradero de sus hijos desaparecidos. Con pañuelos blancos y una persistencia que desafió al miedo, lograron instalar en la agenda nacional e internacional una pregunta que el poder intentaba acallar: "¿dónde están?"
Con el paso del tiempo, también surgirían las Abuelas de Plaza de Mayo, enfocadas en la búsqueda de los niños apropiados durante la dictadura. Su trabajo permitió la restitución de la identidad de más de un centenar de personas, revelando una de las prácticas más aberrantes del régimen: el robo sistemático de bebés nacidos en cautiverio.
La llegada de Raúl Alfonsín
El final de la dictadura no llegó de manera inmediata ni lineal. La crisis económica, el aislamiento internacional y, sobre todo, la derrota en la guerra de Malvinas en 1982 precipitaron el colapso del régimen. La transición democrática se concretó en 1983 con la asunción de Raúl Alfonsín, quien impulsó uno de los procesos judiciales más significativos de América Latina: el Juicio a las Juntas. Por primera vez, un gobierno democrático juzgaba a los responsables de una dictadura en tribunales civiles.
Sin embargo, el camino hacia la verdad y la justicia no fue sencillo. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sancionadas a fines de los años ochenta, limitaron el alcance de los juicios. Posteriormente, los indultos otorgados en la década de 1990 profundizaron ese cierre. Recién a partir de 2003, con la anulación de esas normas, se reabrió el proceso judicial que continúa hasta hoy, con cientos de condenas por delitos de lesa humanidad.

La memoria en disputa
En estos 50 años, la memoria ha sido objeto de disputa. No se trata solo de recordar, sino de cómo se recuerda, qué se enfatiza y qué se omite. Mientras los organismos de derechos humanos sostienen una narrativa basada en el terrorismo de Estado y la centralidad de las víctimas, otros sectores han intentado relativizar o reinterpretar ese período, apelando a teorías como la de los "dos demonios" o cuestionando cifras y responsabilidades. Estas tensiones reflejan que el pasado no es un territorio cerrado, sino un campo en permanente construcción.
Las nuevas generaciones ocupan un lugar central en este proceso. Jóvenes que no vivieron la dictadura se acercan a ella a través de relatos familiares, educación formal, producciones culturales y, cada vez más, redes sociales. La transmisión de la memoria enfrenta el desafío de adaptarse a nuevos lenguajes sin perder rigurosidad ni profundidad. ¿Cómo contar el horror sin banalizarlo? ¿Cómo mantener viva la memoria en un contexto de sobreinformación y consumo rápido?
En ese sentido, el rol de la educación es clave. La inclusión de la historia reciente en los programas escolares ha permitido que el 24 de marzo no sea solo una efeméride, sino una instancia de reflexión crítica. Sin embargo, persisten desigualdades en el acceso a información de calidad y en la formación docente, lo que plantea la necesidad de políticas sostenidas en el tiempo.
También el arte ha sido una herramienta fundamental para abordar este pasado. Cine, literatura, teatro y música han producido obras que no solo documentan, sino que interpelan emocionalmente. Películas como "La historia oficial" o "Argentina, 1985", libros testimoniales y ficciones, obras teatrales y canciones han contribuido a mantener viva la memoria desde múltiples perspectivas. El arte, en este sentido, permite explorar zonas que el discurso histórico tradicional no siempre alcanza.

"Nunca Más"
A 50 años del golpe, la pregunta por el "Nunca Más" sigue vigente. No como una consigna vacía, sino como un compromiso activo que implica defender la democracia, fortalecer las instituciones y promover una cultura de derechos humanos. La memoria no es solo un ejercicio hacia atrás: es una herramienta para el presente y el futuro.
En la Argentina contemporánea, atravesada por nuevas crisis y desafíos, el legado de la dictadura sigue siendo un punto de referencia ineludible. Las discusiones sobre el rol del Estado, la protesta social, la libertad de expresión o la seguridad pública no pueden desligarse de esa historia. Recordar no es quedarse en el pasado, sino entender de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos.
El 24 de marzo de 2026 no será un aniversario más. Los cincuenta años invitan a una reflexión más profunda, a revisar lo aprendido y lo pendiente. Las plazas volverán a llenarse, los nombres volverán a leerse, las consignas volverán a escucharse. Pero, sobre todo, se renovará una pregunta que atraviesa generaciones: ¿qué hacemos con esta memoria?
Tal vez la respuesta no sea única ni definitiva. Pero hay algo que la historia argentina ha demostrado con claridad: cuando el olvido avanza, la democracia retrocede. Y cuando la memoria se sostiene, incluso en medio de disputas, se abre la posibilidad de construir un futuro más justo.
En ese equilibrio inestable entre recuerdo y presente, entre dolor y aprendizaje, se juega buena parte de la identidad colectiva del país. A cincuenta años del golpe, la memoria no es solo un acto conmemorativo: es una forma de estar en el mundo.

Datos claves del golpe de Estado en Argentina de 1976
El Golpe de Estado en Argentina de 1976 fue una insurrección militar ocurrida el 24 de marzo de 1976 que derrocó a la presidenta María Estela Martínez de Perón e inauguró la última dictadura cívico-militar del país, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional. Este régimen, vigente hasta 1983, fue responsable de graves violaciones a los derechos humanos y dejó una huella profunda en la memoria colectiva argentina.
Hechos clave
· Fecha del golpe: 24 de marzo de 1976.
· Gobierno derrocado: María Estela Martínez de Perón.
· Principales líderes militares: Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti.
· Duración del régimen: 1976-1983.
· Víctimas estimadas: 30.000 personas desaparecidas, según organismos de derechos humanos.
Desarrollo del golpe
Durante la madrugada del 24 de marzo, las Fuerzas Armadas tomaron el control de los medios de comunicación, declararon el estado de sitio y anunciaron la destitución del gobierno constitucional. El Ejército, la Armada y la Aeronáutica formaron una junta encabezada por Videla, que asumió el poder y suspendió el Estado de derecho. Ese mismo día se emitió el Comunicado Nº 1, informando que el país quedaba bajo control militar.
Represión y terrorismo de Estado
El nuevo régimen implementó una política sistemática de persecución, secuestro, tortura y desaparición de personas consideradas "subversivas". Funcionaron más de 300 centros clandestinos de detención, entre ellos la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Además de los 30.000 desaparecidos, se estima que unos 400 niños nacidos en cautiverio fueron apropiados ilegalmente.
Consecuencias y legado
La dictadura provocó un profundo daño social, cultural y económico. El modelo neoliberal impuesto favoreció la concentración económica y el endeudamiento externo. En el plano social, dejó secuelas psicológicas en víctimas y familiares. Tras la recuperación democrática en 1983 con Raúl Alfonsín, se iniciaron los Juicios a las Juntas y un proceso ejemplar de Memoria, Verdad y Justicia, reconocido internacionalmente.
Conmemoración
Desde 2002, el 24 de marzo es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, establecido por la Ley 25.633, en homenaje a las víctimas del terrorismo de Estado y como recordatorio permanente del valor de la democracia y los derechos humanos.










