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Carnaval

Estallido de belleza

Momo, señor y dueño del Carnaval, duerme con un sueño ligero, atento al menor murmullo del mundo festivo.

Basta el redoble de un tambor, el tintinear de una cajita o el leve temblor de unas plumas para que despierte, se revista de brillo y música, y agite sus alas de pájaro encantado. Entonces, recorre los senderos de su cohorte de fieles comparseros, aquellos que desde la aurora encienden la chispa de la creación. Visita talleres, casas y sitios de reunión donde los filamentos de luz se adhieren a trajes, tocados, espaldares y coronas, y se entremezcla con las escuelas de samba para afinar los sonidos, buscando siempre la magia repetida, ampliada, susurrante, perfecta en cada detalle.

La fiesta debe ser un flamígero e iridiscente centro de color, danza y musicalidad. Y por fin, el día anhelado, el 31 de enero, Momo hizo su entrada triunfal. Gotas de espíritu subyugante se derramaron sobre cada integrante apasionado, y cada comparsero sintió en su alma el grito que repica en el movimiento, la luz, los sonidos, el ondular de cuerpos entregados al puro ritmo. La fiesta levantó su capa de estrellas: Momo regresaba una vez más.

Durante trece noches, el cielo de Corrientes se miró en espejos de pedrería, en monedas de perlas, en caminos de cristales. Las comparsas desplegaron vaivenes de faisanes y abanicos de plumas multicolores, hechizando con un sortilegio que transformó la avenida en un templo de música y danza. El embrujo fue absoluto: cada acorde quebraba el silencio y convertía al Carnaval en la gala de las galas, en el espectáculo supremo de la identidad correntina.

Y llega la última jornada, la más deseada y la más nostálgica. El Rey de la Burla, con su cola de esplendor, se prepara para retirarse a su palacio de otoñales hojas doradas y crujientes. Pero antes de partir, despliega toda su magnificencia: vibra, canta, prende luces, viste sus exóticos ropajes y fluye por su amado Corrientes como un río de fantasía.

El cierre del Carnaval es un estallido de belleza y emoción, un broche de oro que deja en el aire la promesa del regreso. Momo entrega las llaves que abren el pórtico de un nuevo año de sueños y fantasías.

La ciudad, bañada en destellos de música y color, despide su fiesta mayor con la certeza de que el Carnaval no muere: se transforma en memoria, en legado, en esperanza. Y así, Corrientes se consagra una vez más como la Capital Nacional del Carnaval, donde cada cierre es también un renacer.

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