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Prevención ante temperaturas extremas

Las jornadas de altas temperaturas, como las que registra el Chaco esta semana, son un riesgo para la salud de las personas y animales, especialmente cuando se prolongan durante varios días consecutivos o alcanzan valores extremos. En ese sentido, el seguimiento de los informes del Servicio Meteorológico Nacional resulta fundamental, ya que sus sistemas de alerta temprana permiten anticipar riesgos y adoptar medidas preventivas. Cuando se emiten alertas de nivel rojo, el efecto sobre la salud es alto a extremo y puede afectar incluso a personas saludables. En el nivel naranja, el impacto es moderado a alto y se vuelve especialmente peligroso para los grupos de riesgo.

El cuerpo humano mantiene su temperatura interna dentro de un rango estrecho gracias a un sistema de regulación térmica que se activa a través de la sudoración. Cuando la temperatura ambiente aumenta de forma considerable, este mecanismo se ve sobrecargado. El sudor permite disipar el calor mediante su evaporación, pero si la humedad es elevada o no se reponen los líquidos perdidos, el proceso se vuelve ineficiente. Como consecuencia, la temperatura corporal puede elevarse con rapidez y afectar órganos vitales como el corazón, los riñones y el cerebro.

Entre los efectos más frecuentes del calor extremo se encuentran la deshidratación y el agotamiento por calor. La deshidratación ocurre cuando la pérdida de agua y sales minerales supera la ingesta. Sus síntomas incluyen sed intensa, sequedad en la boca, debilidad y disminución en la cantidad de orina. Si la situación progresa, puede aparecer agotamiento por calor, caracterizado por fatiga extrema, mareos, dolor de cabeza, náuseas, vómitos y sudoración abundante. En los casos graves, la falla del sistema de regulación térmica puede derivar en golpe de calor, una condición potencialmente mortal que exige atención médica inmediata.

El calor extremo también incrementa la frecuencia cardíaca y la demanda de oxígeno, lo que eleva el riesgo de taquicardia, hipotensión e incluso shock. Esta sobrecarga cardiovascular puede descompensar a personas con enfermedades preexistentes. Asimismo, el aumento sostenido de la temperatura corporal puede provocar calambres musculares, alteraciones neurológicas y, sin tratamiento oportuno, daño orgánico irreversible.

Las personas con diabetes pueden experimentar desajustes en sus niveles de glucosa debido a la deshidratación. Quienes padecen afecciones cardiovasculares o respiratorias, por su parte, enfrentan un mayor riesgo de complicaciones, ya que el calor obliga al organismo a realizar un esfuerzo adicional para mantener el equilibrio térmico. Además, las altas temperaturas afectan la calidad del sueño, reducen el rendimiento físico y mental y generan un desgaste acumulativo que disminuye la capacidad de adaptación.

Existen grupos particularmente vulnerables, como los niños, en especial los menores de cinco años, que tienen un sistema de regulación térmica inmaduro y dependen de los adultos para hidratarse y resguardarse. Los adultos mayores de 65 años, en tanto, presentan una menor percepción de la sed y una capacidad reducida para adaptarse a cambios bruscos de temperatura. Las embarazadas y los recién nacidos también requieren cuidados específicos. A ellos se suman las personas con obesidad, desnutrición o enfermedades crónicas como hipertensión, patologías cardíacas o pulmonares.

Mantener una hidratación constante es, en estos casos, una medida básica y efectiva. Se recomienda beber agua fresca varias veces al día, incluso sin sensación de sed, y evitar bebidas alcohólicas, azucaradas o con cafeína, ya que favorecen la pérdida de líquidos. La alimentación debe ser liviana, con mayor presencia de frutas y verduras ricas en agua, lo que contribuye a una mejor regulación del organismo y disminuye la carga digestiva.

También es importante adaptar los hábitos diarios. Las actividades físicas o laborales que demanden esfuerzo deben programarse en las horas más frescas, como la mañana temprano o el atardecer. Entre las 11 y las 17 horas conviene reducir al mínimo la exposición al sol y realizar pausas frecuentes en lugares sombreados, ventilados o con aire acondicionado. La ropa ligera, holgada y de colores claros facilita la evaporación del sudor, mientras que el uso de sombreros y protector solar reduce la exposición directa a la radiación.

En nuestra región, donde las altas temperaturas se combinan con elevada humedad, el riesgo aumenta porque se dificulta la evaporación del sudor. Esto retrasa la eliminación del calor corporal y obliga al organismo a un esfuerzo adicional. Por ello, evitar la exposición prolongada durante los picos de radiación solar es una medida muy necesaria.

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