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Soberanía digital en tiempos de incertidumbre geopolítica

El interés de Donald Trump por anexionar Groenlandia, acompañado de presión militar y amenazas arancelarias, fue percibido en muchas capitales europeas como una muestra de que Washington puede tomar decisiones unilaterales con efectos directos sobre sus aliados, y reabrió el debate sobre la dependencia tecnológica. Es que, al igual que América Latina, Europa depende en gran medida de infraestructuras y servicios tecnológicos estadounidenses que sostienen su economía digital, sus administraciones públicas y buena parte de su vida cotidiana.

En rigor, la crisis no generó esta preocupación, pero la intensificó y la llevó al centro del debate político. Durante años, expertos habían advertido sobre la concentración de servicios clave en manos de grandes empresas de Estados Unidos. Plataformas de computación en la nube, sistemas de almacenamiento de datos, motores de búsqueda, redes sociales y herramientas de inteligencia artificial estadounidenses forman parte de la base tecnológica europea. Si esas infraestructuras están sujetas a decisiones políticas externas, Europa queda expuesta a presiones que no controla.

El despliegue militar y las amenazas comerciales vinculadas con el caso de Groenlandia reforzaron la idea de que la autonomía estratégica, en el mundo actual, no puede limitarse a la energía o la defensa. También debe incluir el entorno digital. La dependencia de centros de datos, chips avanzados, servicios de inteligencia artificial y plataformas de información crítica se percibe ahora como un riesgo similar al de depender de un único proveedor de gas. Si el acceso a estos recursos se viera restringido por tensiones políticas, el impacto económico y social sería inmediato.

Como respuesta, varios países apuraron sus planes para fortalecer capacidades propias. En Francia, por ejemplo, se impulsa el desarrollo de modelos de inteligencia artificial como Mistral. En Alemania se promueven iniciativas abiertas como Soofi. En Suiza y España también surgen proyectos que buscan crear alternativas locales en sectores estratégicos. Estas propuestas buscan competir en el mercado, además de garantizar que los datos y los sistemas esenciales estén bajo marcos legales europeos.

De este modo, la propuesta de una inteligencia artificial desarrollada por europeos gana terreno. La idea es que los sistemas que gestionan información sensible, desde historiales médicos hasta documentos administrativos, no dependan exclusivamente de empresas sujetas a legislaciones extranjeras.  Algunos responsables políticos miran incluso al modelo chino, que trató de minimizar su dependencia tecnológica externa, aunque Europa aspira a hacerlo manteniendo su modelo democrático y abierto.

Hay que señalar, por otra parte, que aunque no existe un abandono masivo de plataformas estadounidenses por parte de los usuarios europeos, sí se observa un interés cada vez mayor por alternativas europeas que priorizan la privacidad. En ese sentido, el Reglamento General de Protección de Datos fue clave en este cambio. Esta norma establece cómo deben recogerse, utilizarse y protegerse los datos personales, y obliga a las empresas a justificar su uso y garantizar su seguridad. Gracias a este marco legal, muchos usuarios son más conscientes de sus derechos y más exigentes con las plataformas digitales.

Por otra parte, surgieron iniciativas como Staan, un índice de búsqueda que busca ganar terreno en Francia y Alemania. También desarrollaron un sistema de resolución de direcciones en Internet que anonimiza la información y opera desde servidores europeos. En el ámbito de los documentos colaborativos, el proyecto Docs, desarrollado por Alemania y Francia, compite con herramientas estadounidenses en sectores públicos sensibles. La cuestión es que estas alternativas cumplen estrictamente las normas europeas y evitan la recopilación masiva de datos con fines comerciales.

En 2025, la mayoría de usuarios en países como Finlandia y Países Bajos rechazó el uso de sus datos para publicidad. Alemania y España, en tanto, sobresalen por el número de sanciones impuestas por incumplimientos del reglamento. Solo el año pasado, la Agencia Española de Protección de Datos impuso 299 multas que sumaron 40 millones de euros, lo que refleja un control más riguroso. Francia y Alemania llegaron a vetar servicios como Microsoft 365 y Google Workspace en escuelas y administraciones, optando por soluciones europeas en la nube.

Pero el cambio es progresivo y se apoya tanto en decisiones políticas como en iniciativas ciudadanas.

El caso de Groenlandia demostró que la geopolítica y la tecnología están estrechamente ligadas. Europa comprendió que su soberanía digital forma parte de su seguridad y de su capacidad de decisión. Reducir la dependencia no significa romper relaciones con Estados Unidos, sino equilibrarlas y diversificarlas. En un mundo donde los datos y los sistemas digitales son herramientas valiosas, contar con infraestructuras propias es una garantía de estabilidad y autonomía.

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