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Empresas ajustan previsiones ante el avance del cambio climático

Las compañías aseguradoras revisan riesgos y costos frente a tormentas y desastres cada vez más frecuentes

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   Durante décadas, los fenómenos climáticos extremos fueron considerados episodios excepcionales. Hoy, en cambio, se han convertido en parte estructural del escenario económico. Tormentas severas, incendios forestales, inundaciones y olas de calor ya no son eventos aislados, sino factores recurrentes que influyen de manera directa en las decisiones de inversión, en los costos de seguros y en la continuidad de las operaciones empresariales. Frente a este nuevo contexto, las compañías están ajustando sus previsiones y redefiniendo sus estrategias para convivir con un clima cada vez más inestable.

   Informes recientes muestran que las tormentas convectivas severas —con granizo, vientos extremos y tormentas eléctricas— desplazaron a los ciclones tropicales como los eventos asegurados más costosos del siglo XXI. Solo en 2025, las pérdidas aseguradas globales asociadas a estos fenómenos alcanzaron unos 61.000 millones de dólares. Aunque las pérdidas económicas totales estuvieron por debajo del promedio histórico, las pérdidas cubiertas por seguros fueron un 27% superiores a la media de largo plazo. Esto refleja una tendencia clara: la acumulación de eventos de mediana escala, pero de alta frecuencia, que impactan directamente en las cuentas de empresas y aseguradoras.

   En la Argentina, estos fenómenos ya dejaron huellas visibles. Inundaciones urbanas, tormentas con granizo que dañan infraestructura industrial y sequías prolongadas que afectan al agro son parte del nuevo paisaje. Las pérdidas no solo alcanzan a sectores productivos tradicionales, sino también a centros urbanos, servicios logísticos y redes energéticas, ampliando el impacto económico del cambio climático.

El nuevo mapa del riesgo físico

   Las estadísticas de catástrofes evidencian un cambio profundo en el perfil de las pérdidas. A los daños directos provocados por tormentas, incendios e inundaciones se suman efectos graduales, como el aumento de temperatura, el estrés hídrico y la subida del nivel del mar. Estos riesgos afectan activos, interrumpen operaciones, encarecen la logística y presionan al alza las primas de seguros.

   Un fenómeno cada vez más frecuente es la combinación de eventos extremos: olas de calor seguidas de lluvias intensas, sequías prolongadas interrumpidas por tormentas violentas o incendios forestales que debilitan suelos antes de grandes precipitaciones. En el centro y norte de Argentina, estas secuencias ya se observan con regularidad, multiplicando los costos de reparación y adaptación.

Seguros más caros y cobertura limitada

   El aumento en la frecuencia y severidad de los eventos climáticos está obligando a las aseguradoras a revisar sus modelos de riesgo. Como resultado, en muchas regiones se registran subas sostenidas de primas, restricciones en las coberturas y, en los casos más extremos, retiros del mercado. Surgen así los llamados "desiertos de seguros", donde la cobertura se vuelve inaccesible para empresas y hogares.

   En paralelo, ganan espacio productos innovadores como los seguros paramétricos. A diferencia de los seguros tradicionales, estos pagan automáticamente cuando se activan determinados umbrales —por ejemplo, cierta cantidad de lluvia, velocidad del viento o temperatura—, sin necesidad de peritajes prolongados. Para muchas empresas, representan una herramienta clave para acceder a liquidez rápida tras un desastre y reducir la incertidumbre financiera.

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El riesgo climático entra en la gestión corporativa

   La presión no proviene solo del clima. Supervisores financieros, bancos centrales y reguladores están incorporando el cambio climático como una fuente explícita de riesgo financiero. Exigen que las entidades integren tanto los riesgos físicos como los de transición en su gestión integral.

   En los grandes grupos empresariales, esto se traduce en la creación de comités de clima, políticas de inversión responsable, monitoreo de emisiones financiadas y evaluación del riesgo de activos varados. Muchas compañías revisan sus carteras hacia proyectos de energía limpia, almacenamiento y tecnologías de baja emisión, no solo por razones ambientales, sino también para proteger su valor futuro.

   En Argentina, el Banco Central y otros organismos avanzan en una agenda de finanzas sostenibles destinada a mapear la exposición del sistema a estos riesgos. El objetivo es adaptar gradualmente las regulaciones y fortalecer las capacidades de gestión, anticipando impactos sobre el crédito, la liquidez y la estabilidad financiera.

Resiliencia como ventaja competitiva

   Para las empresas, fortalecer la resiliencia se ha convertido en una decisión estratégica. Invertir en mejor infraestructura, elevar estándares constructivos, desarrollar planes de continuidad operativa, diversificar proveedores y utilizar instrumentos financieros innovadores ya no es un lujo, sino una condición para competir.

   Cada vez más compañías revisan la localización de sus plantas, rediseñan su logística frente a inundaciones recurrentes o incendios forestales y ajustan sus contratos de cobertura. El clima deja de ser una variable externa y pasa a formar parte permanente del modelo de negocio.

   Además, las empresas más resilientes suelen acceder a mejores condiciones de financiamiento y seguros, al reducir la probabilidad y magnitud de pérdidas. En un contexto de mayor selectividad por parte de bancos y aseguradoras, esta ventaja resulta decisiva.

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Cuatro grandes bloques de riesgo

   De cara a 2026, los principales riesgos climáticos para las empresas se agrupan en cuatro categorías.

   Los riesgos físicos incluyen daños directos por eventos extremos y cambios graduales en el entorno. Afectan activos, producción y cadenas de suministro, y tienen un impacto creciente sobre los costos operativos.

   Los riesgos de transición derivan de la descarbonización de la economía. Nuevas regulaciones, impuestos al carbono, exigencias de transparencia y cambios en las preferencias de los consumidores presionan especialmente a los sectores intensivos en emisiones. Energía fósil, automotriz tradicional e industrias pesadas enfrentan el riesgo de perder competitividad si no adaptan sus modelos.

   Los riesgos de responsabilidad y legales surgen de litigios por daños climáticos, greenwashing o falta de diligencia. Cada vez más consejos de administración reconocen la posibilidad de enfrentar demandas por no actualizar contratos, subestimar impactos o comunicar información engañosa.

   Finalmente, los riesgos sistémicos y financieros reflejan cómo los problemas climáticos pueden amplificarse en todo el sistema. Impactan en el crédito, el mercado de capitales y los seguros, y en escenarios severos pueden comprometer la viabilidad de sectores completos.

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El caso argentino

   En la Argentina, estudios recientes destacan el aumento de olas de calor, lluvias extremas, inundaciones y sequías como los principales factores de riesgo. Los sectores más expuestos son infraestructura, agro, energía e industrias urbanas.

   Bajo escenarios donde se duplican las inundaciones, las pérdidas sobre activos esenciales y transporte podrían alcanzar hasta u$s 4.000 millones anuales. Estas cifras convierten a la adaptación climática en una cuestión central de competitividad, más allá del debate ambiental.

   Las grandes aseguradoras que operan en el país ya ofrecen coberturas específicas para tormentas, granizo e inundaciones, especialmente en proyectos de construcción, energías renovables y recursos naturales, acompañadas por servicios de ingeniería de riesgos.

Litigios y presión judicial

   El avance del cambio climático también se refleja en los tribunales. En el sector energético, ExxonMobil, Shell, TotalEnergies y Eni enfrentan múltiples demandas por presunto engaño a inversores, incumplimiento de compromisos climáticos o daños ambientales. En 2021, un tribunal de La Haya ordenó a Shell acelerar su reducción de emisiones, marcando un precedente.

   En la industria automotriz, Volkswagen y otras compañías reciben presiones legales por la lentitud en abandonar los motores de combustión y por la falta de coherencia entre sus metas de "cero neto" y sus planes reales.

   En alimentación y consumo masivo, empresas como JBS y Tyson Foods enfrentan cuestionamientos por presentar estrategias climáticas consideradas poco creíbles. A nivel global, más de 140 demandas por greenwashing se presentaron desde 2016, reflejando una mayor vigilancia social y regulatoria.

Un cambio estructural

   Las tendencias transversales apuntan a una mayor aplicación del principio "quien contamina paga" y a un aumento de las acciones por daños climáticos. La presión ya no proviene solo de activistas, sino también de inversores, reguladores y consumidores.

   En este contexto, el cambio climático deja de ser un tema marginal para convertirse en un eje central de la planificación empresarial. Integrar el riesgo climático, invertir en resiliencia y adaptar los modelos de negocio no es solo una cuestión de responsabilidad ambiental, sino una condición para sostener la rentabilidad en el largo plazo.

   Las empresas que comprendan esta transformación y actúen con anticipación estarán mejor posicionadas para enfrentar un futuro marcado por la incertidumbre climática. Las que no lo hagan corren el riesgo de quedar atrapadas entre mayores costos, menor financiamiento y crecientes conflictos legales. En la economía del siglo XXI, el clima ya es, definitivamente, una variable clave del negocio.

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