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Rosario: la anomalía demográfica que manda en el fútbol mundial

Si se clavara un alfiler en el mapa de Argentina, en la orilla oeste del río Paraná, daría en el punto preciso donde el fútbol deja de ser un juego y se transforma en ADN. Rosario, ciudad portuaria e industrial, ha hecho algo imposible estadísticamente, ya que con apenas un millón de habitantes, ha generado más destacados jugadores y entrenadores que cualquier otro lugar en la historia.

No es casualidad que detrás de las dos Copas del Mundo obtenidas por Argentina, en 1978 y 2022, haya una marca rosarina indeleble en sus máximos exponentes, moldeados en los potreros de tierra y las canchas de baldosa.

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La respuesta no está en el agua ni en el aire, está en la lucha que se vive desde pequeño: a los cinco años ya jugaba en ligas de "baby fútbol" con toda la presión y las gradas llenas de padres exigentes. Clubes barriales como Grandoli, donde comenzó un tal Lionel Messi, o El Torito, cuna de Ángel Di María, son centros de alto rendimiento disfrazados de clubes vecinales. Allí se aprende a cuidar el balón, a protegerlo con el cuerpo y a resolver situaciones en espacios reducidos mucho antes de pisar una cancha de once.

Una rivalidad que construye

La ciudad está siempre dividida en dos colores y dos pasiones enemigas. Rosario Central y Newell"s Old Boys disputan el clásico más caliente del mundo. Esta dualidad hace que los futbolistas maduren temprano, sabiendo que cada fin de semana se juega el honor del barrio. 

No hay lugar para la indiferencia o la tibieza, se es "Canalla" o se es "Leproso". Esta atmósfera tuesta al jugador local y le da una ventaja competitiva cuando sale fuera. Interpretar el comportamiento impredecible de estos enfrentamientos es un desafío incluso para los profesionales de las apuestas deportivas, conscientes de que en el clásico rosarino las estadísticas y la lógica quedan eclipsadas por el factor emocional que define el partido.

Y es que aquí se vive el fútbol con tal pasión que al talento técnico hay que sumarle una personalidad avasalladora. Un jugador habilidoso, pero mentalmente débil difícilmente supera las inferiores de estos clubes. Esa elección natural, darwiniana, es la que después permite a los rosarinos conquistar los teatros más exigentes de Europa. Están acostumbrados a la máxima exigencia y al ruido desde que tienen uso de razón.

La universidad de los estrategas

Rosario no solo exporta magia con los pies, exporta cerebros revolucionarios. Cómo una misma ciudad ha parido a dos de las corrientes filosóficas más influyentes y enfrentadas del fútbol argentino y mundial. 

Por un lado, César Luis Menotti, el flaco esteta, de toque y posesión, constructor del campeón del mundo 1978. Por el otro, Marcelo Bielsa, el obsesivo del ataque directo y la presión agobiante, el hombre cuyo legado es tal que el estadio de Newell"s lleva su nombre y Guardiola lo admira como a un maestro.

Ambos entrenadores revolucionaron la manera de entender el juego de generaciones. Los chicos aprenden desde temprana edad discusiones tácticas y que ganar es importante, pero el "cómo" ganas también te define. Y esta riqueza conceptual es lo que permite al rosarino tener habitualmente un entendimiento táctico por encima de la media. Saben leer los partidos, llenar los espacios, adaptarse a distintos sistemas porque crecieron en una ciudad donde se respira táctica en cada café. 

De la costa del Paraná al techo del mundo

La cantidad de nombres propios que surgieron de este ecosistema es apabullante y sus resultados están a la vista. Para comenzar a poner ejemplos, primero comencemos con Gabriel Batistuta, el goleador implacable que conquistó la Serie A de Italia; surgió de esta cantera inagotable para convertirse en el máximo goleador de la selección durante décadas. 

Y claro, también tenemos a Gerardo "Tata" Martino, Mauricio Pochettino y Lionel Scaloni, que siguieron la costumbre desde el banco de suplentes, exportando la bandera rosarina a las mejores ligas y demostrando el liderazgo de la zona.

Pero sin lugar a dudas, el mayor ápice de grandeza se vivió en el Mundial de Qatar: la imagen de Lionel Messi, el más grande futbolista de la historia de Argentina junto a Maradona, alzando la copa, con Ángel Di María como socio en la final, terminó de confirmar todo; dos muchachos nacidos en la misma ciudad, pero con diferentes realidades y con el mismo deseo de gloria, le bordaron la tercera estrella al país. 

El palmarés combinado de estos dos titanes es alucinante: Messi reescribió todos los récords con ocho Balones de Oro y cuatro Champions League, y Di María se convirtió en el hombre de los goles en todas las finales: Juegos Olímpicos, Copa América, Finalissima, Copa del Mundo. Es evidente cómo este rincón de Argentina ha dejado claro que no se necesita ser capital para ser la capital mundial del fútbol.

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