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Coleccionar el tiempo: más de cien cámaras y una pasión que no pasa de moda

De la foto analógica al archivo personal, la historia de un coleccionista que preserva la memoria a través de lentes y mecanismos centenarios.

Cada 7 de enero se celebra el Día del Coleccionista. La fecha suele pasar inadvertida, pero detrás de ella hay personas que dedican tiempo, paciencia y pasión a rescatar objetos que parecían destinados al olvido. No se trata solo de acumular cosas: se trata de preservar historias. Emmanuel Leguizamón es uno de ellos. Fotógrafo, editor y coleccionista guarda más de cien cámaras antiguas que no solo decoran es‑ tanterías: muchas siguen vivas, funcionando, disparando recuerdos.

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Con más de cien cámaras en su colección, Emmanuel reconoce que nunca buscó ser coleccionista, sino que casi es una adicción.

"Esto roza la adicción", dice entre risas. Y no exagera, pero enseguida aclara que el coleccionismo también puede entenderse como una forma de arqueología moderna: recuperar objetos, devolverles valor y mantenerlos dentro de la memoria colectiva. En su caso, la pasión comenzó casi por accidente. Como tantos fotógrafos que crecieron en la era digital, quería una cámara antigua para tener de adorno. La compró sin saber que funcionaba, pero cuando descubrió que todavía podía sacar fotos, algo se encendió.

Esa primera cámara, hoy tatuada en su brazo, marcó el inicio de una colección que no paró de crecer. Algunas llegaron por compra, otras por regalos inesperados, herencias, hallazgos casuales o llamados de último momento: "Tengo unas cámaras, las íbamos a tirar… ¿te sirven?". Sirven, siempre sirven.

Entre las piezas hay cámaras de fuelle, ampliadoras, lentes, equipos soviéticos de los años 50, modelos nacionales de principios del siglo XX y verdaderas rarezas que superan los cien años de antigüedad. Emmanuel no es restaurador profesional, pero se anima. Investiga, prueba, desarma, vuelve a armar. "No solo me interesa tenerlas, sino entender cómo funcionan", explica. Y ahí aparece otro punto clave: las cámaras antiguas enseñan fotografía de verdad. No hay pantalla, no hay apuro. Hay tiempo, luz y decisión.

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Emmanuel Leguizamón, quien es parte del equipo de NORTE TV, pasó por Sensación Térmica.

En contraste con la lógica actual -imágenes rápidas, descartables, pensadas para ayer- la fotografía analógica obliga a frenar. Pensar la toma, calcular, disparar una sola vez. Revelar después y esperar. "Cada foto tiene un costo, no solo económico, también emocional", dice. Y en ese proceso aparece algo que hoy parece perdido: el valor del recuerdo físico.

Emmanuel lo vivió en carne propia. Gran parte de sus primeras fotos digitales se perdieron con discos duros quemados, computadoras viejas o archivos olvidados. En cambio, las fotos en papel siguen ahí. "Tenemos millones de imágenes en el celular, pero ¿cuántas van a existir dentro de 25 años?", se pregunta. No es nostalgia: es una advertencia.

Su trabajo con cámaras minuteras, esas que revelan la foto en el momento, dentro del propio equipo, despierta asombro en exposiciones y plazas. Algunos creen que hay una impresora escondida. Otros no entienden cómo una caja de madera puede entregar una imagen en segundos. Pero esa técnica, usada décadas atrás por fotógrafos populares, fue la antecesora de las cámaras instantáneas modernas. Nada es tan nuevo como creemos.

Además de coleccionar, Emmanuel construye. Fabricó cámaras estenopeicas con cajas de cartón, armó equipos de gran formato de manera artesanal y recuperó ampliadoras destinadas a la basura. Todo sucede en su casa, muchas veces en el comedor, bajo la mirada atenta de su gata, convertida sin querer en coprotagonista de sus videos.

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La primera cámara que adquirió Emmanuel fue la que tiene tatuada en su brazo derecho.

Más de 35 de sus cámaras siguen funcionando. Algunas salieron a la calle incluso en plena pandemia, registrando una ciudad vacía con equipos de otra época. "No es la cámara la que hace la foto", aclara. "Es el fotógrafo el que elige cómo contar".

Cuando se le pregunta si vendería alguna pieza, la respuesta es inmediata: no. Los precios son relativos, dice, porque el verdadero valor no está en el mercado, sino en la historia que cada objeto carga encima. Hay cámaras que fueron carísimas en su tiempo y hoy no valen casi nada. Otras, humildes y antiguas, se volvieron tesoros.

Ser coleccionista, al final, no es una cuestión de cantidad, sino de mirada. Emmanuel lo entendió tarde, cuando ya tenía más de cien cámaras y alguien se lo hizo notar. Tal vez ahí esté la clave: uno no decide ser coleccionista. Simplemente, un día se da cuenta de que está cuidando pedazos del pasado para que no se pierdan.

En tiempos donde todo parece efímero, hay quienes todavía eligen guardar, reparar y recordar. Y en ese gesto silencioso, casi artesanal, también se escribe la historia.

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