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Groenlandia sufre un deshielo sin retorno

La emergencia climática tiene una magnitud inédita: pierde alrede‑dor de 30 millones de toneladas de hielo por hora.

No se trata de una proyección futura, sino de una crisis que ocurre en tiempo real y que ya impacta en el equilibrio climático global. Investigaciones recientes publicadas en Nature y validadas por la NASA revelan que la pérdida total de hielo en las últimas cuatro décadas fue un 20% mayor de lo estimado hasta ahora.

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Este ajuste se explica por nuevas mediciones satelitales que, por primera vez, logran registrar con precisión el adelgazamiento y retroceso de los glaciares que desembocan en fiordos profundos, incluso por debajo del nivel del mar. Ese proceso, invisibilizado por métodos anteriores, acelera el colapso de la capa de hielo y amplifica sus consecuencias. El deshielo de Groenlandia ya no es un fenómeno regional: actúa como un motor de transformación del sistema climático planetario.

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Las consecuencias globales son directas y medibles. Groenlandia se consolidó como el segundo mayor contribuyente al aumento del nivel del mar, aportando en pro‑ medio 0,8 milímetros anua‑ les desde 2002. Esta suba, aparentemente pequeña, re‑ presenta una amenaza concreta para ciudades y comunidades costeras en todos los continentes.

A la vez, el vertido masivo de agua dulce y fría en el Atlántico Norte altera la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC), un sistema clave de corrientes oceánicas que regula el clima global. El debilitamiento de la AMOC -que los científicos consideran ya en curso podría provocar un norte de Europa más frío y tormentoso, mientras el sur del continente enfrentaría condiciones más cálidas y secas. Se trata de un efecto dominó climático que multiplica eventos ex‑ tremos y desestabiliza patro‑ nes históricos de temperatura y precipitación.

La mayor preocupación científica es la cercanía de un punto de inflexión irreversi‑ ble. Superado ese umbral, el derretimiento de la capa de hielo se volvería autososteni‑ do, incluso si las temperatu‑ ras globales descendieran. Estudios advierten que un calentamiento sostenido por debajo de los 2 °C -e incluso cercano a 1,5 °C- podría bas‑ tar para activar este proceso. De concretarse, el resultado sería un aumento del nivel del mar de hasta 7 metros en los próximos siglos, suficiente para inundar amplias zonas de ciudades como Miami, Buenos Aires o Barcelona.

Aunque existen variaciones interanuales como en 2024, cuando mayores nevadas y un verano más frío redujeron temporalmente la pérdida la tendencia de fondo es inequívoca: Groenlandia acumula 27 a 28 años consecutivos de pérdi‑ da neta de hielo. En escalas humanas, el proceso ya es irreversible. Lo que aún está en juego es su velocidad.

El futuro de Groenlandia no está completamente sellado. Las decisiones que se to‑ men en esta década determinarán si el deshielo avanza a un ritmo manejable o se acelera de forma catastrófica. La ciencia es clara: reducir de manera drástica las emisiones puede preservar gran parte de la capa de hielo; la inacción, en cambio, conducirá a impactos rápidos, irreversibles y globales. El tiempo para decidir es ahora.

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