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"Los mejores cuentos de Horacio Quiroga son sobre la llanura y el monte chaqueño"

El escritor y poeta Francisco Tete Romero escribe aquí y hace un repaso de uno de la vida del cuentista más importante de la literatura latinoamericana.

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Horacio Quiroga

Corren los años 1904 - 1905 y entre un breve otoño, un leve invierno y un largo verano, Horacio Quiroga ensaya a sus veinticinco años en el Chaco, en un campo algodonero, ubicado a pocos kilómetros de Resistencia, a orillas del río Saladito, su proyecto de convertirse en agricultor.

Acaba de invertir lo que le resta de la herencia paterna, siete mil pesos -en París quedó la mayor parte de ella- y se encamina a un rotundo fracaso económico. Sin embargo, su vida se enriquecerá notablemente, sobre todo su narrativa, porque de esa experiencia extraerá, por vez primera, al conocer la existencia en el campo, un conocimiento agudo de la cultura rural, de la relación hombre y naturaleza. No será el mismo escritor que era antes de conocer el Chaco y en la temática de sus textos, en la definitiva elección del cuento como forma de ver y relatar, en su estilo y tono, están marcadas las huellas de una experiencia vital transfigurada ahora en una nueva cuentística.

No se convertirá en agricultor. Es cierto. Pero se transformará en cuentista.

Cuentística en la que lo central no es el pintoresquismo paisajístico, sino la profundidad abismal que alcanzan las pasiones de la condición humana en medio de una total intemperie. Solos, abandonados, o huyendo - persiguiendo la quimera de tierra y libertad, de olvido y redención, en permanente tensión, porque la descripción le sirve a Quiroga para construir climas narrativos muy singulares, entre las leyes culturales y las de la naturaleza, casi siempre hostil, amenazante, misteriosa, escrutadora e inasible.

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Sus personajes no son nada típicos, no son estereotipos congelados, sino seres heterogéneos, criollos de diversos confines del país o de países hermanos de Sudamérica, gringos de diferentes procedencias, hasta una pareja de víboras cascabel - como en Los cazadores de ratas - y cuatro fox- terriers – como en el inolvidable La insolación, considerado por buena parte de sus críticos como el mejor de sus cuentos. Nosotros lo suscribimos totalmente, cuya variedad de puntos de vista, miradas y tonos, ofrece a los lectores una diversidad cultural, lingüística y animal que los – y nos- sitúa las más de las veces en una incierta zona de frontera -el espacio simbólico por excelencia en Quiroga-, concebida ésta como punto de cruce entre nacionalidades, lenguas, culturas y seres animales y/o naturales, en permanente lucha contra las múltiples formas desde las que los acecha la muerte y la fatalidad, esa sombra cancerbera que rodea, como una enamorada del muro, toda la vida de Horacio Quiroga.

Quiroga en Chaco

La insolación, Los inmigrantes, El mármol inútil, El Monte Negro, La serpiente de cascabel, La Crema de chocolate y Los cazadores de ratas, siete cuentos de Horacio Quiroga cuyos escenarios naturales nos ubican en el Chaco de principios del siglo XX, en medio de lo que fueran sus montes.

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Horacio Quiroga vivió en el Chaco en 1904 y 1905. Un cartel a la vera de la ruta nacional 11 señala a 30 kilómetros de Resistencia.

Un siglo después de esa experiencia quiroguiana por la provincia, hace unos años atrás el Instituto de Cultura del Chaco, tuvo el honor de publicar este conjunto de narraciones que nos devuelven otras imágenes y sonidos de nuestra provincia –territorio nacional por aquel entonces-, observada, interpretada y resignificada desde la mejor ficción, la del padre del cuento sudamericano.  Los mejores cuentos de Horacio Quiroga son sobre la llanura y el monte chaqueño.

La publicación de los cuentos de Quiroga ambientados en Chaco se hizo para recuperar, por sobre todas las cosas, el placer de la lectura, su pasión transformadora, porque leer un cuento de Quiroga es paladear, descubrir la belleza y el poder, el peso, la densidad de las palabras literarias, capaces de hacernos viajar, emocionar, conmovernos, porque funda y potencia la imaginación y la sed y el hambre de conocimientos. Y nos hace más libres porque nos brinda más palabras e ideas para poder pensar por nuestra propia cuenta.

Porque leer y hacer leer, como siempre escribe Mempo Giardinelli, abre los ojos. Y leerlo a Quiroga es abrirlos bien grandes. Que así sea.

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