Cuando el gran escritor Horacio Quiroga vivió en el Chaco
Horacio Silvestre Quiroga Forteza había nacido en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878. Fue cuentista, dramaturgo y poeta. Maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos eran breves, a menudo retrataban la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano. Sus libros más importantes fueron: Cuentos de la Selva, El crimen del otro, Cuentos de amor, de locura y de muerte.

Siendo muy amigo de Leopoldo Lugones, lo acompañó en un viaje a las ruinas jesuíticas de Misiones en 1903, allí se sintió fuertemente atraído por la zona del nordeste argentino, donde finalmente residió. Un amigo de la familia afincado en el Chaco, don Emilio Urtizberea, dedicado al cultivo del algodón, lo subyuga con la idea de establecerse en el Chaco y embarcarlo en la empresa. Atracción que lo animó a probar suerte con el cultivo de algodón y a instalarse a comienzos de 1904 y hasta mediados de 1905 a unos 30 kilómetros al sudoeste de Resistencia, en las inmediaciones del Saladito. Invirtió sus ahorros de una herencia paterna.
Era un hombre capaz de grandes sacrificios y con muchas habilidades que le permitían fabricar casi todo lo necesario para vivir, pero la ilusión del pionero se agotó en poco tiempo y los insuficientes ahorros, también. El escritor devenido a colono relataba sus inicios en el Chaco: "Lo que vino después es más curioso. Me construí un edificio muy raro, con algo de rancho y mucho de semáforo; hice un carrito de asombrosa inutilidad y planté cien palmeras alrededor de mi casa".
"Pero en cuanto a lo fundamental de mi ida allá, apenas me quedó capital para plantar diez hectáreas de algodón, que por razones de sequía y mala semilla resultaron en realidad cuatro o cinco". Entre sus relatos contaba: "Me levantaba tan temprano, que después de dormir en el galpón, hacerme el café, caminar leguas hasta mi futura plantación, donde comenzaba a levantar mi rancho, al llegar allá recién empezaba a aclarar. Comía allí mismo arroz con charque (nunca otra cosa) que ponía a hervir al llegar y retiraba a mediodía del fuego. El fondo de la olla tenía un dedo de pegote quemado. De noche otra vez en el galpón, el mismo matete".
Decía nuestro poeta Aledo Meloni:"De su experiencia algodonera solo sabemos que fue un fracaso total. No podía ser de otra manera. Y esto, posiblemente haya sido una suerte para las letras; si la cosecha hubiera enriquecido al improvisado agricultor, quién nos asegura que, a causa de la prosperidad, consecuencia del éxito, el escritor que había en él no hubiera corrido el riesgo de sucumbir para siempre absorbido por el hombre de negocios. Con esta capacitación, años después se instalaría con su esposa en San Ignacio, en plena selva misionera, donde encontró la veta más rica de toda su producción literaria.
De su paso por el Chaco quedaron algunos cuentos en su libro Cuentos de la llanura y del monte chaqueño.
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