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Reacciones globales: de la condena al respaldo 

El acto unilateral ordenado por el presidente Trump, justificado como "aplicación de la ley contra el narcoterrorismo", mostró reacciones que oscilan entre la condena categórica y el respaldo a una nueva violación del derecho internacional.

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La intervención, planificada durante meses según el Pentágono, constituye la acción militar más directa de Washington en América Latina desde la invasión a Panamá en 1989.

   Ejecutada por unidades de élite de las fuerzas estadounidenses —presuntamente la Delta Force—, contó con el apoyo de más de 150 aeronaves de la Armada, la Fuerza Aérea y los Marines. Los ataques aéreos alcanzaron instalaciones militares clave, entre ellas Fuerte Tiuna, principal complejo militar del país; la base aérea Miranda; y el estratégico puerto de La Guaira.

   La Casa Blanca intentó enmarcar la ofensiva no como un acto de guerra, sino como "una operación transnacional contra el crimen organizado". Trump delineó un plan que incluye "administrar el país" hasta una "transición segura", anunció una fuerte participación de empresas estadounidenses en la industria petrolera venezolana —financiada con los propios recursos del país— y presentó la acción como una aplicación de la Doctrina Monroe, a la que rebautizó como "Doctrina Donroe", en referencia a sí mismo.

Mapa de reacciones dividido en bloques

   La operación aceleró realineamientos políticos y geopolíticos, cristalizados en tres bloques: uno soberanista que rechaza el unilateralismo estadounidense; otro ideológico que celebra el derrocamiento del régimen por cualquier medio; y un bloque institucionalista que, aun cuestionando a Maduro, defiende el orden internacional basado en reglas.

El bloque soberanista

   Encabezado por adversarios geopolíticos de EEUU y algunos gobiernos latinoamericanos, condenó la intervención en nombre de la soberanía y del rechazo a la violación del derecho internacional, independientemente de la valoración del régimen venezolano. Rusia la calificó de "acto de agresión armada" que amenaza el orden global; China denunció el "comportamiento hegemónico" de Washington; e Irán y Cuba se sumaron a la condena, con Miguel Díaz-Canel calificándola de "ataque criminal". En la región, el presidente colombiano Gustavo Petro rechazó la "agresión contra la soberanía de Venezuela y de América Latina".

El bloque ideológico

   En otro extremo, varios líderes celebraron la captura de Maduro como una "victoria para la libertad", alineados con una lectura regional de "democracia contra tiranía" y con el marco autoritario de la administración Trump. El presidente argentino Javier Milei escribió "¡Viva la libertad, carajo!". Los mandatarios de Ecuador, Daniel Noboa, y de Perú, José Jerí, saludaron la intervención como el inicio de una "nueva era de democracia". Fuera de la región, Israel respaldó explícitamente la operación, elogiando el "liderazgo" de Trump y expresando su esperanza por "un retorno democrático" en Venezuela.

Los institucionalistas

   Un tercer grupo, integrado mayoritariamente por aliados occidentales de EEUU, priorizó la defensa del orden internacional posterior a la II Guerra Mundial. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva advirtió que la intervención sienta un "precedente extremadamente peligroso", mientras que la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum afirmó que viola la Carta de la ONU. El primer ministro británico Keir Starmer señaló que no lamenta el fin del régimen, pero insistió en que "todos debemos respetar el derecho internacional". Canadá, Alemania y España emitieron mensajes similares. La Unión Europea y las Naciones Unidas llamaron a la desescalada y al respeto de los principios del derecho internacional.

Europa, soberanía y el dilema moral

   En Europa, la intervención abrió un debate especialmente complejo: cómo condenar un régimen autoritario sin erosionar el principio de soberanía. La líder opositora francesa Marine Le Pen encapsuló esta tensión al afirmar que, pese a existir "mil razones para condenar" a Maduro, la soberanía estatal es "inviolable y sagrada". Renunciar a ella, sostuvo, sería un "peligro mortal" que equivaldría a aceptar "nuestra propia servidumbre".

   Su postura, coincidente con la del gobierno francés, refleja un consenso transversal en gran parte del continente: la primacía de la soberanía, incluso cuando protege a regímenes impopulares. La reacción europea intenta equilibrar valores democráticos con normas que, aunque imperfectas, han regido las relaciones internacionales desde 1945.

Legalidad, precedentes e imperialismo

   Más allá de la política, la operación desató un intenso debate jurídico. Analistas y medios internacionales subrayaron el precedente que sienta la acción estadounidense. La mayoría de los expertos coincide en que se trata de una violación del Artículo 2 de la Carta de la ONU, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de un Estado. Zinaida Miller, profesora de derecho, sostuvo que, al no existir un conflicto armado declarado, la captura de Maduro es ilegal. Jeremy Paul advirtió que permitir la detención de un líder extranjero para ejecutar una orden judicial estadounidense equivale a otorgar a fiscales y grandes jurados "el poder de declarar la guerra".

   Los intentos de justificación —autodefensa o la doctrina Ker-Frisbie del derecho interno estadounidense— son considerados endebles bajo el derecho internacional público. En el plano político, comentaristas hablaron de la "putinización" de la política exterior de EEUU, acusando a Washington de adoptar tácticas de esfera de influencia y desprecio por las normas que antes criticaba en Moscú. Otros calificaron la operación como un acto de imperialismo clásico, con la lucha antidrogas como pretexto y el control petrolero como telón de fondo.

La visión de Trump y sus implicaciones

   Las declaraciones de Trump tras la operación ofrecen una ventana a su enfoque. Sobre la líder opositora María Corina Machado, aliada histórica de Washington, afirmó que no tenía el "apoyo ni respeto" necesarios para gobernar. En contraste, dejó entrever una preferencia por relaciones transaccionales con figuras que percibe como "fuertes", incluso provenientes del antiguo régimen.

   Respecto a México, Trump declaró que Claudia Sheinbaum "es una buena mujer", pero que "los cárteles dirigen México". El comentario supone un desafío directo a la soberanía de un socio clave y revela una visión discrecional del liderazgo regional que introduce incertidumbre en las relaciones hemisféricas.

La Unión Europea

   La intervención en Venezuela abrió en Europa un debate complejo entre la condena al régimen de Maduro y la defensa del principio de soberanía estatal. La tensión quedó reflejada en la postura de la líder opositora francesa Marine Le Pen, representativa de un sentimiento ampliamente extendido en el continente: afirmó que, pese a existir "mil razones para condenar" al gobierno venezolano, la soberanía de los Estados es un principio "inviolable y sagrado". Renunciar a él, advirtió, implicaría un "peligro mortal", ya que equivaldría a aceptar en el futuro la propia subordinación.

   La relevancia de su posición radica en que trasciende las divisiones ideológicas tradicionales. El gobierno francés, como otros en Europa, calificó la operación como una violación del derecho internacional. Así, la reacción europea se esfuerza en equilibrar la defensa de valores democráticos con normas de soberanía y no intervención que estructuran el orden internacional desde la II Guerra Mundial.

Futuro incierto

   La denominada "Operación Resolución Absoluta" deja un mundo profundamente dividido. Para algunos, la caída de una tiranía se justifica por cualquier medio, incluso violando el derecho internacional; para otros, la soberanía y el derecho internacional no son negociables. La captura de Maduro no resuelve la crisis venezolana: la traslada a una nueva fase de incertidumbre bajo tutela directa de Washington. A escala global, el episodio sugiere un orden internacional cada vez más subsumido por la fuerza y la voluntad de las grandes potencias.

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