La política bajo la mirada de la Generación Z
La Generación Z es un actor central de la política contemporánea en muchos países, especialmente en aquellos donde predomina la corrupción, la desigualdad y la desconfianza hacia las instituciones. El caso de Bulgaria ofrece un ejemplo reciente de cómo jóvenes nacidos entre finales de los años noventa y la primera década del siglo XXI han pasado del activismo digital a las protestas en las calles, alterando el curso de un gobierno y abriendo debates más amplios sobre democracia y representación.
A finales de noviembre pasado, el gobierno de Bulgaria -el país, el más pobre de la Unión Europea y con uno de los peores índices de percepción de corrupción del bloque- anunció un presupuesto para 2026 que, para amplios sectores juveniles, no respondía a una estrategia de bienestar, sino que encubría prácticas corruptas arraigadas. La reacción fue inmediata. Las protestas comenzaron en Sofía y se extendieron a ciudades como Varna y Plovdiv, reuniendo a cientos de miles de personas en las mayores movilizaciones vistas en más de tres décadas.
Un dato que llamó la atención es que -como ocurrió este año en otros países- la Generación Z lideró la organización, la comunicación y la narrativa del movimiento. Jóvenes estudiantes, trabajadores precarios, influencers y activistas usaron plataformas como TikTok e Instagram para convocar, documentar y sostener la presión pública. Lemas como "La generación Z no se quedará callada" sintetizaron una identidad política que rechaza el cinismo y exige transparencia y respeto al estado de derecho. Los reclamos desbordaron los canales tradicionales de la política y obligó al gobierno de Rosen Zhelyazkov, una coalición minoritaria conservadora, a renunciar el 11 de diciembre pasado.
El impacto de estas protestas se explica por varios factores. En primer lugar, la Generación Z búlgara creció en un entorno digital que le permite coordinarse sin estructuras jerárquicas rígidas. En segundo lugar, según los jóvenes, existe una frustración profunda con "los políticos de siempre", percibidos como responsables de un estancamiento económico que limita oportunidades laborales y vitales. En tercer lugar, el contexto europeo amplificó la presión, dado que Bulgaria se preparaba para ingresar en la eurozona en enero de 2026, lo que elevó la visibilidad internacional del conflicto.
Salvando las distancias, hace pocos meses en Nepal ocurrió algo similar. En este país ubicado entre la India y el Tíbet, famoso por sus templos y los montes del Himalaya, entre los cuales se encuentra el Everest, una serie protestas encabezadas por jóvenes de la Generación Z lograron la renuncia del primer ministro tras el bloqueo gubernamental de más de veinte plataformas digitales. La censura, justificada como una medida contra la desinformación, fue interpretada como un intento de silenciar denuncias de nepotismo y corrupción asociadas a las llamadas "Nepo Kids" y en menos de cuarenta y ocho horas, miles de jóvenes salieron a las calles de Katmandú y otras ciudades.
En Perú, el protagonismo juvenil impulsó movilizaciones contra la inseguridad, las reformas jubilatorias y la corrupción, creando un clima político que precedió a la destitución de la presidenta Dina Boluarte por el Congreso en octubre de este año. Jóvenes manifestantes, muchos de ellos organizados a través de redes sociales y grupos estudiantiles, enfrentaron a la policía y mantuvieron la presión pública cuando otros sectores comenzaban a replegarse.
Otro caso es el de Madagascar, aunque conectado por dinámicas similares. Allí, protestas juveniles motivadas por cortes prolongados de luz y agua, sumadas al hartazgo con la corrupción, debilitaron al gobierno de Andry Rajoelina. La crisis culminó en un golpe militar que lo derrocó en octubre pasado. Aunque el desenlace fue autoritario, la chispa inicial provino de una Generación Z que articuló su descontento mediante herramientas digitales y ocupación del espacio público.
Analizados en conjunto, cada uno de estos casos revelan ciertos patrones compartidos. Lo que se observa es que la llamada Generación Z combina activismo digital, rapidez de movilización y demandas transversales de igualdad y transparencia. En algunos países, su influencia no siempre se traduce en transiciones democráticas ordenadas, pero acelera procesos políticos y redefine la relación entre ciudadanía y poder. Esta generación, al parecer, dispone de herramientas que pueden poner en jaque a algunos gobiernos y, en determinados contextos, obligan a replantear las bases de la legitimidad política en el siglo XXI.










