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Básquet de la ABR

"El sueño del Puerto": Alcaraz y Koster palpitan las semifinales con fe, identidad y una hinchada única

Los jugadores de la primera de básquet de Don Orione hablan del camino recorrido, el valor de la localía y el anhelo de lograr la primera estrella para Barranqueras.

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Con el arranque de las semifinales de la Asociación de Básquetbol de Resistencia (ABR), NORTE inicia una cobertura especial con protagonistas de los cuatro equipos que disputan esta instancia decisiva del Torneo Clausura del Básquet Metropolitano. Y el primer capítulo lo protagonizan dos voces fundamentales de Don Orione Athletic Club, el equipo portuario que sueña con hacer historia: Gustavo "El Gran Capitán" Alcaraz y Juan Segundo Koster, goleador de la temporada.

Acompañados por una hinchada que convierte cada cancha en territorio azul, los jugadores analizan el recorrido, las enseñanzas del Pre Federal, las ilusiones renovadas y la identidad de un club que vive el básquet como una gran familia.

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"Detalles y lesiones nos frenaron, pero hoy estamos fuertes"

Don Orione viene de disputar el Pre Federal provincial 2025, donde quedó al borde de los playoffs en partidos que se escaparon por mínimos detalles. Alcaraz lo resume con claridad: "Al ser un plantel corto y jugar doble competencia, las lesiones nos complicaron. Tuvimos partidos que se definieron por uno o dos puntos".

Koster coincide: "Nos faltó suerte en finales cerrados. Ahora, en la semifinal local, queremos que esos detalles no se repitan". Para ambos, ese aprendizaje es clave para esta serie: corregir errores, sostener la intensidad y aprovechar que hoy el plantel está prácticamente recuperado.

Identidad portuaria: un club, una familia

La conversación se vuelve emotiva cuando aparece la palabra que define a Don Orione: familia. Koster, en su primera temporada en el club, quedó sorprendido por el acompañamiento: "Es increíble. Juegues donde juegues, van todos. Te alientan, te bancan, te preguntan cómo estás. Eso motiva".

Alcaraz, capitán y símbolo desde los 5 años, lo siente en la piel: "Es mi casa. Mis abuelos, mis viejos, mis tíos… todos pasaron por el club. Y yo quiero que cada jugador que llegue se sienta uno más". Lo dice quien solamente se alejó de la institución media temporada, en 2019 para jugar en Hindú Club hasta que apareció la pandemia. Juanse, a pesar de sus 24 años, tiene un recorrido más largo por otras instituciones: firmado en Don Bosco, paso también por Villa San Martín, Cune y Don Orione en esta temporada

Esa unión también se nota en el día a día: dirigentes cerca, chicos de formativas compartiendo rutinas, hinchas que viajan incluso a canchas lejanas como Juventud. Un club distinto, dicen ambos. Un club de pueblo dentro del área metropolitana.

El desafío pendiente: la primera estrella

Después de varias semifinales consecutivas entre ABR y Prefederal, Don Orione persigue un objetivo que toda Barranqueras desea: el primer campeonato de su historia basquetbolística. Alcaraz lo sueña en voz alta: "Dar ese gran paso que se nos viene negando hace bastante… eso me llenaría de orgullo, a mí, a mi familia y a toda la gente del club". Koster apuesta por su aporte: "Quiero sumar mi granito de arena para que esta vez se dé. Sería algo enorme para todos".

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Así se vive la pasión en Barranqueras

Don Orione no es solo un club: es un punto de encuentro de generaciones. La hinchada portuaria se convirtió en un sello propio dentro del básquet metropolitano.
En cada partido, los colores azul y amarillo llenan tribunas, pasillos y calles. Banderas, bombos y un aliento que no discrimina: se grita, se sufre, se ríe y se canta en familia. Para Gustavo Alcaraz, que creció en esos pasillos, es simple: "Nos conocemos todos. Desde el primer socio al presidente. Por eso este club es especial". Y para Koster, recién llegado, la sensación es inmediata: "Te hace sentir parte desde el primer día".

 Cuando la localía se convierte en un bastión

Don Orione conoce como pocos el valor de sentirse fuerte en casa. La cancha portuaria, siempre colmada, se transformó en los últimos años en un auténtico bastión: un lugar donde el equipo juega con un plus, donde los rivales sienten el ambiente y donde cada pelota dividida parece pesar un poco más.

Los jugadores lo saben. Gustavo Alcaraz lo explica con la naturalidad de quien creció ahí: "La localía es clave. La gente te empuja, te levanta cuando estás cansado y te hace sentir que cada partido importa".

Para Juan Segundo Koster, que llegó desde otros clubes importantes del básquet metropolitano, la sensación es inmediata: "Es distinto jugar en el Puerto. La gente está encima, alienta, canta, vive el partido. Te dan ganas de no fallar".

Ese clima es producto de una identidad construida a lo largo de décadas: generaciones de familias que pasaron por el club, niños que hoy miran desde la tribuna como sueñan algún día vestir la camiseta y veteranos que recuerdan historias que se repiten como leyendas. Para Don Orione, jugar en casa no es solo una ventaja deportiva: es un sentimiento. Una energía colectiva que explica por qué este equipo llega a otra semifinal con un sueño claro y la convicción firme de que, si la primera estrella llega, querrán celebrarla en el mismo lugar donde empezó todo.

Si no hubieran sido basquetbolistas… ¿qué serían?

En medio de la charla previa a las semifinales, surgió una pregunta inesperada que hizo sonreír a ambos jugadores: ¿qué hubieran sido si no se dedicaban al básquet? La respuesta dejó ver otra faceta de dos referentes portuarios que, más allá de su impacto deportivo, también construyen proyectos personales y sueños fuera de la cancha.

Gustavo "El Gran Capitán" Alcaraz nunca se lo había planteado, pero reconoce que el camino estaba marcado en casa: "Mis viejos son docentes. Y la vida me llevó a ser entrenador. Creo que hubiese terminado ligado a la docencia igual". Entre risas admite que le gustan otros deportes como el vóley y el fútbol, pero ninguno logró lo que le dio el básquet: identidad, pertenencia y futuro.

Del otro lado, Juan Segundo Koster sorprende: "Me gusta mucho el rugby; hubiera jugado rugby si no fuera por el básquet. Y quiero ser abogado. Arranqué la carrera". Además, hoy también impulsa un emprendimiento personal —Entre Fresias (Cervantes al 659 en Resistencia)— que combina estudio, esfuerzo y ganas de crecer: "Es complicado, pero hay tiempo para todo. Si un chico está mirando: se puede hacer de todo".

Más allá de las camisetas y los puntos en la planilla, ambos muestran que los sueños no se agotan en la pelota naranja: que detrás de cada jugador hay vocaciones, familias, trabajos y proyectos que conviven con la pasión por el deporte.

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