La batalla por recuperar la eficacia de los antimicrobianos
La reciente advertencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el avance de la resistencia a los antimicrobianos vuelve a colocar en el centro del debate un fenómeno que, aunque conocido desde hace décadas, se ha intensificado en los últimos años.
Según el organismo, la resistencia antimicrobiana causa ya más de un millón de muertes anuales en todo el mundo, y esta cifra podría aumentar si los países no adoptan medidas urgentes y coordinadas. Según los expertos, el riesgo afecta la salud humana, animal, vegetal y la estabilidad de ecosistemas completos.
La resistencia a los antimicrobianos se produce cuando bacterias, virus, hongos o parásitos dejan de responder a los tratamientos que históricamente han logrado controlarlos. Cuando estos microorganismos desarrollan mecanismos de defensa frente a los fármacos disponibles, las infecciones se vuelven más difíciles de tratar, se prolongan en el tiempo y aumentan su capacidad de propagación. El problema, además, es que este fenómeno no distingue fronteras ni edades, es decir, puede presentarse en cualquier país, en personas sanas o vulnerables, y en entornos tan diversos como hospitales, ciudades o comunidades rurales.
Los datos muestran que una de cada seis infecciones bacterianas habituales fue resistente a los tratamientos en 2024, y entre 2018 y 2023 se registró un incremento medio anual de entre 5% y 15% en la resistencia. Estas cifras reflejan un deterioro de la eficacia de los antimicrobianos y anticipan un futuro en el que procedimientos médicos hoy considerados rutinarios —como cesáreas, tratamientos odontológicos o quimioterapias— podrían volverse más riesgosos debido a la imposibilidad de controlar infecciones asociadas. Tal como han advertido científicos de Reino Unido, Canadá y Corea del Sur, los cambios observados en distintos microorganismos afectan directamente la seguridad de estos tratamientos.
Por su parte, organizaciones como Médicos Sin Fronteras informaron que en diversos contextos del mundo, desde zonas de conflicto hasta hospitales de grandes ciudades, ya se observan infecciones que solo pueden tratarse con antibióticos de última línea, es decir aquellos que se reservan para casos extremos. Esto significa que heridas comunes o enfermedades tratables pueden convertirse nuevamente en amenazas graves.
Entre los factores que explican esta evolución se encuentran prácticas de uso inadecuado o excesivo de antibióticos. En muchos países —incluida Argentina— persiste el hábito de consumir antibióticos sobrantes o automedicarse sin supervisión médica, lo que acelera la selección de microorganismos resistentes. También el uso indiscriminado de antimicrobianos en agricultura y ganadería contribuye a la expansión del problema, ya que los microorganismos circulan entre animales, humanos y el ambiente.
Ante este escenario, la OMS insiste en la necesidad de convertir los compromisos políticos en acciones concretas. Promueve el uso responsable de antibióticos, la prevención de infecciones mediante prácticas adecuadas de higiene y vacunación, y el acceso equitativo a diagnósticos y tratamientos eficaces. Asimismo, subraya la importancia de una colaboración multisectorial que involucre a los sistemas de salud, la agricultura, el sector ambiental y la sociedad civil. Es evidente que el desafío requiere un esfuerzo que abarque todos los ámbitos en los que los antimicrobianos se utilizan o donde los microorganismos pueden circular.
En Argentina, por ejemplo, el Senado aprobó en 2022 la Ley de Prevención y Control de la Resistencia Antimicrobiana, destinada a regular el expendio y uso de estos fármacos y a fortalecer la gestión institucional para prevenir infecciones y mejorar la prescripción. La norma también establece criterios para el empleo de antimicrobianos en agricultura y ganadería, con el fin de reducir su uso innecesario.
Por ello, resulta indispensable que los profesionales autorizados receten antimicrobianos solo cuando sean realmente necesarios y en dosis adecuadas, y que la ciudadanía adopte un rol más responsable, evitando la automedicación y siguiendo estrictamente las indicaciones médicas. Igualmente, se requiere fortalecer los sistemas de vigilancia para monitorear la aparición de resistencias y actuar tempranamente ante su expansión.
La humanidad se encuentra frente a una amenaza cuyo avance pone en riesgo la base misma de la medicina moderna. La advertencia de la OMS recuerda a la comunidad internacional que, sin una respuesta firme y coordinada, el futuro podría parecerse demasiado al pasado, cuando una infección menor bastaba para comprometer una vida. El desafío está planteado y el margen de acción se estrecha; actuar ahora es la única opción para evitar consecuencias irreversibles.











