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La generación de nativos digitales

La generación Z, formada por quienes nacieron entre 1997 y 2012, constituye el grupo de personas que, desde sus primeros años, estuvieron expuestas a internet, a los dispositivos móviles y a la conectividad constante, lo que moldeó sus formas de pensar, aprender y comunicarse.

Esta generación, considerada la primera verdaderamente nativa digital, representa cerca del 32% de la población mundial y su presencia está transformando distintos aspectos de las sociedades contemporáneas, desde la política hasta el mundo laboral, el consumo y los movimientos sociales.

Una de las características más visibles de los que entran dentro de la llamada generación Z es su dominio natural de la tecnología. Su capacidad de adaptación a nuevas herramientas digitales y su rapidez para aprender de manera autónoma los convierten en actores claves en la economía del conocimiento. Su creatividad y su habilidad para moverse con soltura en entornos virtuales les permiten innovar en campos como la comunicación, el arte, la educación o el activismo. Para esta generación, las redes sociales son espacios de entretenimiento, pero también verdaderas plazas públicas donde se debaten ideas, se organizan movilizaciones y se construyen identidades colectivas. Plataformas como Instagram, TikTok o Discord se han convertido en herramientas políticas y sociales de primer orden.

Esta dimensión tecnológica se entrelaza con una mayor conciencia social y ambiental. A diferencia de generaciones anteriores, la generación Z muestra un compromiso fuerte con causas globales como el cambio climático, la igualdad de género, la diversidad o la justicia económica. Su visión del mundo es más global e interconectada, y sus acciones, tanto individuales como colectivas, reflejan la búsqueda de un propósito que trascienda el interés personal. Según encuestas internacionales, más del 70% de los jóvenes de esta generación considera que el equilibrio personal, la autonomía y el sentido de propósito son condiciones esenciales en el trabajo. Por esta razón, rechazan la llamada "cultura del sacrificio" laboral y priorizan empleos que estén alineados con sus valores éticos y su bienestar emocional.

Según los expertos, el impacto de estas características se observa con particular intensidad en los países del Sur Global, donde la juventud representa una proporción importante de la población. En regiones como América Latina, África y Asia, la generación Z se ha convertido en protagonista de movimientos sociales y políticos que desafían las estructuras tradicionales de poder. En Perú, Marruecos, Nepal, Indonesia, Kenia y Madagascar, jóvenes organizados a través de redes digitales han encabezado protestas contra la corrupción, la desigualdad y la falta de oportunidades. Estos movimientos, muchas veces espontáneos y descentralizados, demuestran una nueva forma de acción que prescinde de jerarquías y líderes visibles.

Un ejemplo es el Movimiento GenZ 212 en Marruecos, que se define como apolítico, horizontal y "sin rostro". Su lema, "Menos mundiales y más hospitales", refleja una crítica directa a las prioridades gubernamentales y a la falta de inversión en bienestar social. De manera similar, en Nepal, las protestas encabezadas por jóvenes derivaron en la caída del primer ministro Khadga Prasad Oli y en la instauración de un toque de queda militar. Allí, la frustración ante el desempleo, la pobreza y la censura digital se canalizó a través de plataformas como Discord, convertidas en refugios de debate político frente a la restricción del uso de redes sociales. En Madagascar, las manifestaciones juveniles desembocaron en la huida del presidente Andry Rajoelina.

En América Latina, el desempleo juvenil sigue siendo uno de los mayores desafíos que enfrenta esta generación. En muchos países de la región los jóvenes, incluso aquellos con educación universitaria, aseguran que encuentran enormes dificultades para acceder a trabajos estables y bien remunerados. Un informe de la Comisión Económica para América Latina observa que esta frustración se combina en la mayoría de los casos con una expectativa de movilidad social que, en la práctica, resulta inalcanzable, por lo que el resultado es una tensión constante entre las aspiraciones de una juventud que creció en medio de las tensiones que generan un mundo digitalmente conectado y las diversas limitaciones estructurales de sus economías nacionales.

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