A casi todo o casi nada
A finales de 1990 llevaba poco trabajando en El Diario, periódico que poco antes había comenzado a editarse en Resistencia. Desde 1988 había participado en programas de radio y televisión por cable, pero el periodismo gráfico me era totalmente nuevo. Una de mis primeras misiones fue la cobertura de una reunión en la Sociedad Rural entre diputados y dirigentes de entidades. No recuerdo la temática, solo que cuando regresé a la Redacción escribí mi crónica y al rato me convocó a su oficina el director, Godofredo Cruz Gersel.
Godofredo, una de las grandes figuras de la prensa chaqueña, hombre culto e íntegro, tenía en sus manos mi original, en aquellos tiempos de máquinas de escribir. Las computadoras eran usadas solo por los armadores de páginas. "Está bien, es un debut auspicioso", me dijo, con su amabilidad característica. Y me marcó una corrección: "No pongas que fue ‘una trascendente reunión’, generalmente las reuniones trascendentes terminan en la nada".

Tenía razón, y los años transcurridos desde entonces me confirmaron cuán sabio era su señalamiento. Nunca más usé "trascendente" para adjetivar un encuentro político o institucional, y cada vez que alguien utiliza esa fórmula en NORTE o en algún otro medio me sonrío solo.
Parentescos
Hay parentescos innegables entre el periodismo escrito y la literatura. Hasta los textos más burros nacen con la intención de dejar alguna mínima huella en quien lee, y otros son tan brillantes que provocan el mismo regocijo que las imágenes que nos dibuja en la mente algún párrafo de una gran novela. Por eso, un vicio de nuestro oficio es la exageración. Un dramatismo que no siempre lleva mala fe. Algo así como los colores recargados del relator radial de fútbol, que cuenta como cargadas de tensión y agonía jugadas que, en la cancha, en realidad, tienen nulas posibilidades de convertirse en gol.
Ese dulce pecado profesional suele plasmarse de manera más visible en los títulos de informes, crónicas y artículos. En el caso de las elecciones que se llevarán a cabo hoy en todo el país, es tentador decir que tanto en el orden nacional como en nuestra provincia los principales contendientes se juegan "a todo o nada", pero no es así. La vida no empieza ni termina en estos comicios, y mañana todos tendremos que volver a ver qué hacemos con la canilla que gotea en el lavadero o qué artilugio presupuestario aplicamos para cambiar las zapatillas de los chicos.
Digamos, para ser más fieles a lo cierto, que hoy la puja es a casi todo o casi nada.
Poroteando
En lo nacional, Javier Milei afronta una instancia rara, en la que aun perdiendo puede salir ganando, y viceversa. Está claro que, aunque los libertarios hicieran una muy mala elección, el mileísmo incrementará su representación en el Congreso, porque las bancas que renueva son insignificantes en número. Pero eso no cambia el hecho de que una derrota, y sobre todo una derrota estrepitosa, sumiría al gobierno en una situación de debilidad extrema, acentuada por las torpezas políticas del presidente y su equipo y por la voracidad caníbal del kirchnerismo, sector desde el cual numerosos voceros vienen hablando sin tapujos de su sueño de ver a Milei yéndose de la Casa Rosada en helicóptero.
Si, en cambio, La Libertad Avanza alcanza una victoria en el total general del país, tendrá el doble rédito de la nueva fortaleza adquirida frente a la oposición y el aumento todavía más marcado de su espacio en el Congreso. ¿Pero cuánto durará el efecto ganador si Milei no es capaz de entender que no puede avanzar sin dialogar, sin hacer concesiones a los dirigentes y las fuerzas que están dispuestos a coincidir en algunas políticas con el gobierno? Porque, si vamos al caso, ¿cuánto duró el blindaje político de la victoria sorprendente de 2023? Un año y algo más. Luego el presidente y su gente se cansaron de pegarse martillazos en los dedos.
A hoy, la información que muestran los medios nacionales y los analistas no permite tener una idea clara de qué puede suceder. Algunos hablan de resultado parejo, otros de una supremacía peronista, otros tantos de una leve ventaja libertaria. Es difícil saberlo, por varios motivos. Uno es que el electorado argentino demostró dos años atrás su profunda imprevisibilidad. Casi nadie vio venir el triunfo de Milei. Hoy esas profundidades que no se ven desde la superficie podrían esconder un nuevo respaldo al actual presidente o, todo lo contrario: un voto castigo masivo.
Lo que está claro es que el oficialismo no llega a la cancha con las mejores perspectivas, sin dejar de considerar las incógnitas del párrafo anterior. Perdió fuerte en la provincia de Buenos Aires, en los comicios de ese distrito, que concentra nada menos que el 37% del total del padrón argentino. De hecho, cruzando encuestas uno ve que los libertarios y sus alianzas locales podrían ganar en unas cinco provincias (el Chaco es una de las que se anotan en ese lote), el peronismo alrededor de ocho, y que el resto muestra un panorama incierto o tendría victorias de opciones locales muy fuertes. Entre todo eso, uno de los interrogantes es el papel que tendrá Provincias Unidas, la movida de gobernadores. Córdoba, por ejemplo, que aportó un aluvión de votos a Milei en el 23, ¿mantendrá ese apoyo o el peronismo provincial manoteará gran parte de esa torta?
Sin seguro
El Chaco, como se dijo antes, es una de las jurisdicciones que el mileísmo apunta en el cuaderno como uno de los cinco distritos en los que los violetas ganarían. Eso pese a los notorios ruidos internos del ensamble entre libertarios y radicales, que hoy esperarán los resultados en búnkeres diferentes.
Ahora, ¿es tan seguro el resultado para la coalición que aquí encabeza Leandro Zdero? No. En ninguna de las dos vertientes del oficialismo provincial se usa la palabra "seguro". Se habla, sí, de optimismo. Pero hay cautela. Las dudas tienen que ver, claro, con el desgaste de la gestión por la dura crisis y el ajuste de la economía, con la reunificación de los principales pedazos del peronismo y la incógnita sobre a quién perjudicaría más una baja asistencia a las urnas.
En Fuerza Patria tampoco bravuconean sobre el resultado posible. No en las charlas en off, al menos. Pero sí hay una ilusión de que el acuerdo entre Jorge Capitanich y Magda Ayala sume lo más matemáticamente posible los caudales de ambos bandos en las provinciales de mayo y de que la situación económica y social reconcilie a una parte del voto independiente con el kirchnerismo, al que esa misma franja desalojó del poder dos años atrás.
No se juega todo. El camino hacia el 2027 quedará indudablemente teñido con los resultados de hoy, pero nunca el presente es vinculante para el futuro. El peronismo retuvo la gobernación en 1987 aunque había perdido la elección intermedia del 85 y los radicales perdieron la gobernación en 2007, pese a que se habían impuesto con comodidad abrumadora en todos los comicios al hilo que hubo desde 1995, entre tantos otros casos que podrían citarse.
La gente, sencillamente, un día se entusiasma y otro día se cansa. A veces ni se entusiasma ni se cansa. Hay que esperar, así de simple, y ver qué deciden esos hombres y mujeres comunes, que si todavía se movilizan hacia un centro de votación es porque tienen algunos sueños vivos.










