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Memorias de Resistencia

Felices 80 años, Alcides Simeón "Paraguayo" del bueno, donde quiera que estés

Era de esos personajes únicos e irrepetibles, de esas personas que siempre caía bien.

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Nació en Ayolas (Paraguay), el 3 de septiembre de 1945. De muy niño vino de la mano de su madre y su tía, que lo criaron y malcriaron, a residir en Resistencia. Desde ese instante pasó a ser el Paraguayo Alcides, de profesión carpintero o, en el mejor de los casos, ebanista. Su morada estaba en Santiago del Estero y Echeverría, donde su madre tenía pensión. Aprendió su profesión de adolescente en la carpintería de Gagliardi, por la avenida Belgrano, pasando la calle Carlos Gardel, y este fue su trabajo durante toda la vida. 

Como pasajero habitual de la noche siempre dijo que el día que se muriera le iban hacer un monumento como homenaje al más vago de todos los noctámbulos. El Paraguayo era de esas personas que saben vivir de los demás sin aportar un peso, solamente compañía y un sentido del humor fuera de serie. Con su trabajo de carpintero sedujo al más pintado de los vivos, solamente fascinándolos con el negocio y los muy buenos dividendos. Su primer gran negocio conocido fue el invento de la baldosa de madera (se trataba de una baldosa calcárea y arriba pegada con pegamento que le facilitaron en la carpintería del Tano Tonutti, madera tipo parquet). Este hecho fue más o menos en el año 64, cuando se juntaban por la tarde en barra a la salida de la Escuela Normal, en la placita 9 de Julio para ver la salida de las futuras maestras. El Paraguayo escondía celosamente su invento debajo de la campera, provocando misterio e intriga a sus amigos. Se comentaba que Alcides se haría millonario. Corrió la bola y se la sirvió en bandeja para vivir de este invento un tiempo largo.

Al Paraguayo lo conocí, ya con todas sus mañas, a principio de los setenta en el Bar Nápoli y entablamos una amistad para siempre. Era difícil ser su amigo porque corrías el riesgo de quedar pegado en alguna de sus andanzas. La más común en esa época era ir de tira al bar a la mañana y brindar un espectáculo entre grotesco y gracioso, digno de una película de Fellini. Después de dormir una de sus largas siestas reparadores, regresaba al bar al anochecer para vivir una nueva noche. Bañado, perfumado, impecable, con su eterno peine en el bolsillo para cuidar su peinado"a lo Miguelito".

Alcides era de esos personajes únicos e irrepetibles, de esas personas que, aunque todo lo haga mal, siempre caía bien. En su vida, siempre bandeado de lo permitido y las reglas sociales, sin importarle su salud, con una diabetes galopante, decía que él se estaba curando con yuyo de sarandí y vino tinto. Paraguayo: no sé si te van hacer un monumento, pero yo te dedico estas líneas.

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