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Un texto de John Carlin

La extrema derecha: el triunfo de la idiotez 

Mi cerebro opera a menos revoluciones que en el siglo XX y no necesariamente tiene que ver con la vejez. Durante aquella prehistoria predigital almacenaba mucha más información.

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El dirigente ultraderechista español Santiago Abascal y el empresario ultraderechista sudafricano Elon Musk.

   Mi memoria retenía veinte números de teléfono; ahora solo sé el mío. Guardaba rutas en la cabeza de cómo llegar de punto A a punto B, o descifraba mapas de papel para llegar a lugares desconocidos. Ahora recurro a Google Maps para salir a comprar el pan.

   Y todo así. Fechas históricas o de cumpleaños, direcciones, cálculos matemáticos, citas de libros, la agenda de la semana. O, para mi trabajo, los sinónimos. Antes rastreaba mi cabeza para buscarlos; ahora voy a ChatGPT. Traducciones del español al inglés o viceversa, las hacía yo. Ya no es necesario. Sigo leyendo libros, pero menos. Las series exigen menos esfuerzo mental.

   Soy, en resumen, más idiota de lo que fui ("Idiota" significa, según la RAE, "tonto o corto de entendimiento"). El consuelo es que no estoy solo. Todos, o casi todos, somos más idiotas de lo que fuimos. Los datos lo demuestran. Leí el otro día en the Financial Times que, a nivel global, la capacidad de la persona media de razonar y resolver problemas ha estado en decadencia desde 2010. La OCDE, el club de los países ricos, dice que el alfabetismo y la habilidad numérica se están o estancando o decayendo en la mayoría de los países supuestamente desarrollados.

   ¿A dónde vamos a parar? ¿De vuelta a las cuevas, o a los árboles? Veremos. Pero donde el rumbo está claro es en el terreno de la política. No hay que poseer ninguna especial capacidad deductiva para verlo. Hay una correlación matemática entre el declive de la inteligencia y el auge, precisamente acá en los países ricos, del populismo ultra. Existe una nueva ley de la ciencia: cuánto más idiota eres, más vas a votar por la extrema derecha (Tranquilos: la Argentina, siendo un país especial, único, es un caso especial, único.) Pero por acá en el norte es tan verdad como que el sol sale en el este que la gente que menos uso tiene para el cerebro, ergo la más manipulable, es la que más vota por Donald Trump en EEUU, por el Brexit en Inglaterra, por Vox en España.

   Aquí entra en juego otro fenómeno del siglo XXI, otra razón por la que somos más idiotas: las redes sociales. El debate fue democratizado a extremos disparatados. Todos creen que su opinión vale por igual. "Los expertos" son el enemigo. Saben demasiado.

   Se vuelve cada vez más difícil un debate basado en hechos compartidos. La gente vive en el mismo planeta, pero habita diferentes universos mentales. Es la era de la atomización digital, alentada por el anonimato en las redes, y el anonimato en los "comentarios" en las versiones digitales de los diarios. Los cobardes se hacen los valientes. Tienen licencia para insultar con impunidad.

   ¿Quién le saca más provecho político a esta infeliz convergencia de circunstancias? Quizá le toque un día la izquierda radical, pero de momento es la extrema derecha. Veamos el denominador común de los trumpistas, los brexiteros y los voxistas: la inmigración. Todos la temen. Genera emoción, no razonamiento, virtud que, como vemos, está cayendo en el desuso. Leo en la prensa española esta semana que "el mercado laboral supera por primera vez los 22 millones de ocupados". Pero Vox nos dice que los inmigrantes nos están quitándolos puestos de trabajo. Claro, este argumento es ante todo un intento de dignificar el miedo al outsider, al forastero. De disimular, no muy bien, lo que hay de fondo, que es el racismo.

   Ser estadounidense y ser anti inmigrante (la madre de Trump era escocesa; su abuelo, alemán) tiene su ironía. Como lo tiene el ser español y ser anti inmigrante. Es otra señal de ignorancia, en este caso de ignorancia histórica, ya que hasta hace no mucho España exportaba gente a países como Alemania y también a la Argentina, Venezuela o México. Tengo una tía que huyó de Barcelona a México a principios de 1939 cuando tenía seis meses junto (afortunadamente) a sus dos padres, ambos comunistas: doble motivo, supongo, para que Vox se oponga al plan que tiene ahora, 86 años después, de volver a vivir, y seguramente a morir, en el país donde nació.

   El miedo irracional del que se nutre Vox (y también Trump) se expresa en la emoción que define nuestra época, y que Vox (y también Trump) incendia: la rabia. El sector de la sociedad que Vox atrae considera a los inmigrantes como objetos legítimos de odio. Del odio a la violencia, como nos enseña el manual nazi, hay solo un paso.

   Cómico, si no fuese triste, que el sentimiento anti inmigrante se extiende en España hacia los turistas. No puedo salir a la calle en Barcelona sin ver una pintada en la pared que diga "Fuck off tourists!". Hace poco incluso vi una que ponía "Fuck off expats!", en referencia a los que vienen aquí unos años a trabajar. ¿Cuál será el origen de tanta rabia?

   Los inmigrantes y los outsiders en general, sospecho, son el pretexto. Tiene que haber algo más de fondo ya que en países como España, y en EEUU y en Europa en general, las cosas no van tan mal y, en el mundo real, los inmigrantes aportan más a la sociedad de lo que restan. Que un argentino venga a vivir a España es una pérdida para la Argentina y un plus para España. Tanta rabia no se justifica.

   ¿Tendrá como fuente precisamente la nada equivocada percepción de que las máquinas están robando nuestra humanidad?¿Que sentimos que nos estamos idiotizando a pasos de gigante, acelerados aún más ahora mismo por la Inteligencia Artificial? ¿Se trata, en resumen, de una especie de desesperación existencial?

   Algo de eso, o mucho, hay, intuyo. Y de momento en el mundo político es la rabiosa, intelectualmente vacía, tirando a anárquica extrema derecha la que está ganando adeptos. Sí, somos más idiotas que antes, pero algunos son más idiotas que otros.

*John Carlin es un periodista británico especializado en política y sociedad que trabajó para The Guardian, Observer y BBC. Es autor de libros sobre América Latina y columnista en The Independent. Nacido en 1960, vive en Londres. – Publicado en Clarín.

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