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El deterioro del debate político

Plataformas como X, Instagram y Facebook hace tiempo que, al menos en temas relacionados con la política nacional, dejaron de ser espacios de conexión para convertirse en escenarios de confrontación permanente, donde el insulto y la provocación son premiados por los algoritmos con visibilidad y viralización. Así lo advierte el informe "La provocación permanente" de la consultora Ad Hoc, que pone la lupa sobre el funcionamiento del ecosistema digital argentino.

El trabajo de la consultora especializada en comunicación política está basado en datos y estadísticas y confirma que el discurso político en redes sociales está centrado en la creciente polarización y agresividad de unos pocos, pero que llegan con sus mensajes a muchas personas. El problema es que este fenómeno impacta en la calidad del debate público y en la posibilidad de construir consensos en la vida democrática.

Según el informe, las redes sociales reproducen e intensifican la lógica del tribalismo político. Las comunidades digitales funcionan como cajas de resonancia, donde se refuerzan creencias y se disuelven los criterios de verdad compartidos. En este entorno, la agresión está permitida y es funcional. La figura del provocador -generalmente una figura pública con legitimidad fuera de la red- actúa como catalizador entre los trolls que originan los ataques y los amplificadores (cuentas de alto alcance) que masifican el contenido. Así, se conforma una dinámica de retroalimentación donde la provocación se convierte en estrategia política.

El presidente Javier Milei es un caso paradigmático de esta lógica. Según el informe, es el usuario no troll que más insultos y agresiones publicó en los últimos dos años, con un total de 1.589 insultos registrados. Se ubica como el sexto usuario más provocador a nivel nacional, superado solo por trolls intensivos de distintos sectores. Este comportamiento es coherente con una estrategia digital que busca confrontar, fijar posición y liderar desde la ruptura. Milei responde con virulencia y convierte sus ataques en banderas discursivas. Al asumir este rol, logra posicionarse en el centro del debate, no por el contenido de sus propuestas, sino por la intensidad de sus interacciones. En un sistema que premia la visibilidad antes que la verdad, esta lógica resulta funcional para ganar atención, pero es nociva para el debate democrático.

El relevamiento que realizó la consultora también observa que, en solo dos años y medio, se registraron 27,5 millones de insultos en la conversación digital argentina. Estos picos de violencia verbal coinciden con momentos clave: la campaña electoral de 2023, los primeros meses de gestión del nuevo gobierno y escándalos como el caso LIBRA. Cabe aclarar que, según el informe, este uso sistemático de la agresión no es exclusivo del oficialismo; también está presente en sectores de la oposición, medios y figuras empresariales. La lógica de "pocos, pero intensos", como describe el informe, gana peso en este escenario donde lo que importa no es la argumentación, sino la reacción.

La sobreadaptación de los actores políticos y mediáticos al ecosistema digital genera un círculo vicioso: para no ser ignorados, deben provocar; para ser relevantes, deben agredir. De esta forma, la política pierde su capacidad de orientar, dirigir y articular mayorías. En lugar de construir consensos, busca fidelizar nichos. La conversación pública se vuelve superficial, ruidosa y vaciada de sentido, y las redes sociales se consolidan como "fábricas industriales de dopamina" que erosionan la curiosidad, la capacidad crítica y la empatía.

La lógica de las plataformas digitales, advierte el informe, ha transformado la esfera pública en un "festival de agresividad", donde los criterios de verdad se diluyen y el diálogo es reemplazado por la reacción emocional. Este modelo de comunicación pone en riesgo la posibilidad de pensar en sociedades cohesionadas, capaces de imaginar un futuro común. La hiperpolarización digital, incentivada por la arquitectura misma de las plataformas, no solo imposibilita la deliberación democrática, sino que debilita las bases de la convivencia cívica. La política, atrapada en esta lógica, se ve empujada a reproducirla, dejando de lado su rol de mediación y construcción.

Detener esta dinámica exige una transformación profunda de las estrategias de comunicación política, del rol del periodismo y de la cultura digital. "Parar la pelota", como sugiere el informe, puede ser incómodo, incluso costoso en términos de atención. Pero es necesario si se pretende recuperar la política como herramienta de consenso y no como espectáculo de confrontación.

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