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Entre la realidad histórica y el mito político

En reiteradas ocasiones, el presidente de la Nación, Javier Milei, aseguró que el país fue alguna vez una potencia mundial, especialmente a comienzos del siglo XX, y que, bajo su liderazgo, volverá a serlo. Esta afirmación, si bien puede resultar inspiradora para algunos sectores, es cuestionada por historiadores y expertos que advierten sobre la simplificación y distorsión que implica. Para evaluar la validez de dicha declaración, es fundamental distinguir entre dos conceptos que se confunden: ser un país rico no implica ser una potencia mundial. En rigor, aunque Argentina fue una nación con altos niveles de ingreso per cápita en el pasado, no alcanzó nunca el estatus de potencia mundial bajo los criterios aceptados internacionalmente.

Durante el período comprendido entre 1880 y 1916 —especialmente en torno al Centenario de 1910— Argentina vivió una etapa de notable crecimiento económico, con un PBI per cápita que llegó a ubicarla entre los países más ricos del mundo (aunque eso no signifique que toda su población vivía dignamente). Sin embargo, como advierte la historiadora Camila Perochena, este dato económico no es suficiente para sostener que se trataba de una potencia mundial. La verdadera condición de potencia implica una serie de atributos que exceden la riqueza material: capacidad de influir en el orden internacional, reconocimiento por parte de otros Estados, liderazgo en alianzas globales, posibilidad de desafiar normas internacionales sin sufrir consecuencias graves, y un lugar en la "mesa chica" donde se toman las decisiones estratégicas del sistema global. Argentina, en esa época, no cumplía con ninguno de estos requisitos.

La comparación con las verdaderas potencias de principios del siglo XX despeja dudas sobre el asunto. En 1913, Argentina tenía un PBI per cápita de $1.770 y una población de 7,5 millones de personas. Alemania, por ejemplo, tenía un PBI per cápita apenas más alto ($1.900) pero contaba con 67 millones de habitantes, lo que le daba un tamaño económico mucho mayor. Estados Unidos, a pesar de tener un PBI per cápita menor ($770), disponía de una población de 97 millones y ya poseía una proyección geopolítica global. Estos datos demuestran que el PBI per cápita es insuficiente para evaluar el poder e influencia de un país en el escenario internacional.

Además, otros indicadores de desarrollo muestran que Argentina aún estaba lejos de los estándares de las verdaderas potencias. La tasa de escolaridad primaria en 1913 era de 600 alumnos por cada 1.000 niños, bastante por debajo del promedio de los países europeos más avanzados, que alcanzaban los 935 por cada 1.000. En términos de expectativa de vida, Argentina ocupaba el puesto 19 a nivel mundial, también por debajo de muchas naciones con menores ingresos. Estas cifras reflejan un desarrollo desigual y una falta de capital humano suficiente para sustentar una proyección internacional sostenida.

En el plano interno, Argentina también presentaba grandes disparidades regionales. Mientras Buenos Aires tenía niveles de ingreso comparables con países como Australia, muchas provincias del norte tenían condiciones similares a las de México, un país con ingresos notablemente más bajos. Esta falta de cohesión territorial es otra señal de que el país no había alcanzado el grado de modernización y homogeneidad requerido para aspirar a un rol de liderazgo global.

La narrativa de Milei también es criticada por su interpretación cuestionable de otros indicadores, como rankings de competitividad o superávits financieros. Aunque puede ser tentador utilizar estadísticas aisladas para construir un relato político optimista, esto puede inducir a errores conceptuales y desinformar a la población. Como señaló el escritor Martín Caparrós, decir que Argentina fue una potencia mundial es una "mentira", pues nunca tuvo el peso ni la capacidad de influencia de países como Reino Unido, Francia o Estados Unidos. Incluso figuras históricas como Carlos Pellegrini, presidente en el siglo XIX, consideraban a Argentina un país con gran potencial, pero no una potencia consolidada.

La afirmación de que Argentina fue una potencia mundial carece de sustento cuando se analiza el concepto en toda su complejidad. Ser una potencia no equivale a ser un país próspero o tener un alto PBI per cápita, sino a ejercer una influencia decisiva en los asuntos globales. Argentina, aunque destacada dentro de América Latina y con una economía pujante en ciertos momentos, nunca logró consolidarse como actor central en la política internacional. La visión de Milei, si bien resulta políticamente efectiva para movilizar emociones, resulta históricamente inexacta y conceptualmente reduccionista. Entender esta diferencia no solo es clave para interpretar nuestro pasado con rigor, sino también para proyectar nuestro futuro con realismo.

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