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La ofensiva arancelaria de Trump

En un nuevo capítulo de su agresiva política comercial, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció una nueva oleada de aranceles. A partir del 1 de agosto, entrarán en vigor aranceles del 30% sobre importaciones procedentes de México y la Unión Europea, y del 25% para Corea del Sur y Japón. Esta decisión muestra un giro más en una estrategia que combina presión económica, geopolítica y objetivos de negociación, y que también tiene consecuencias directas para América Latina, especialmente para Argentina.

Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump utilizó los aranceles como una herramienta de negociación internacional. Bajo el lema de proteger la industria norteamericana y reducir déficits comerciales, impuso tarifas a productos de sus principales socios —incluso aliados históricos— buscando renegociar acuerdos en mejores términos para Estados Unidos. La lógica detrás de estas medidas se repite: imponer aranceles o amenazarlos con fechas límite, extender plazos si hay diálogo y retirar las sanciones si se obtiene una concesión favorable.

Aun así, esa política generó incertidumbre en los mercados y tensiones diplomáticas con gobiernos que, en muchos casos, consideran las medidas unilaterales e injustificadas. El reciente anuncio contra la Unión Europea y México reabrió el debate sobre los límites de este enfoque. En paralelo, Trump envió cartas a una veintena de países —entre ellos Brasil, Sudáfrica y Canadá—, en las que amenaza con aranceles aún más elevados si no se cumplen ciertos objetivos políticos o económicos.

En este escenario, la relación entre Estados Unidos y Argentina también experimentó fricciones importantes. La imposición de aranceles por parte de la administración Trump afectó a productos clave de la economía argentina, comprometiendo exportaciones por unos 6.500 millones de dólares anuales, aproximadamente el 10% del total exportado a EEUU.

Desde 2018, Washington aplica un arancel del 25% sobre el acero y aluminio argentinos, una medida que golpea de lleno a sectores industriales claves. A esto se sumaron recientemente nuevos aranceles mínimos del 10% sobre otros productos, entre ellos alimentos elaborados, manufacturas de origen agropecuario, químicos, minerales, vinos, carne, miel, y combustibles.

Uno de los principales puntos de conflicto es el desbalance comercial en carne vacuna. Si bien Estados Unidos reconoce que tiene un déficit con Argentina en este rubro, critica la restricción impuesta desde 2002 a la importación de ganado vivo estadounidense. Además, existen quejas sobre trabas a productos remanufacturados, lo que limita el acceso de ciertas industrias estadounidenses al mercado argentino.

A pesar de estas tensiones, ambos gobiernos mantienen canales abiertos de negociación. En la actualidad, se discute una posible excepción mutua para alrededor de 50 productos, que podrían quedar exentos de aranceles. Estas excepciones cubrirían hasta el 80% de las exportaciones argentinas a Estados Unidos, es decir, unos 5.000 millones de dólares anuales. El proceso cuenta con el respaldo del Mercosur, aunque precisamente el bloque regional representa un obstáculo para avanzar con acuerdos bilaterales más ambiciosos. Argentina, como miembro pleno del Mercosur, está sujeta al Arancel Externo Común (AEC), lo que le impide negociar tratados de libre comercio individuales sin la participación del resto de los países miembro. Esto obliga a buscar soluciones multilaterales o incluso repensar el rol de Argentina dentro del bloque si quisiera avanzar hacia un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

Hay que recordar que también se exploran alternativas como acuerdos de inversión o cooperación en áreas estratégicas. Sin embargo, el impacto inmediato de los aranceles se siente con fuerza en sectores exportadores, que enfrentan mayores dificultades para acceder al mercado estadounidense. Además, la incertidumbre generada por esta política ya provocó fluctuaciones en los mercados financieros, afectando el valor de los bonos y acciones argentinas en Wall Street, y presionando sobre los precios internacionales de productos como el petróleo y la soja.

La política arancelaria de Trump responde a una visión de las relaciones internacionales basada en la confrontación, la presión directa y los beneficios inmediatos para Estados Unidos.  Argentina, en tanto, debe preservar su acceso al mercado estadounidense mientras enfrenta restricciones internas derivadas de su pertenencia al Mercosur. La negociación de excepciones y acuerdos puntuales puede atenuar parte del daño, pero no resuelve el problema de fondo. En última instancia, el futuro de la relación comercial entre ambos países dependerá de la capacidad de encontrar un equilibrio entre intereses estratégicos, marcos institucionales y necesidades económicas urgentes.

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