El dolor de toda una familia por el crimen de Dylan Gaetano
El 26 de abril, a las 20, Dylan Gaetano se encontraba en una plaza del barrio Luzuariaga tomando tereré junto a sus primos y amigos cuando un menor de 13 años se acercó, saludó a todos –también a Dylan– y sin mediar palabra le asestó dos puñaladas mortales. A un mes del brutal crimen, su familia escribió una carta reclamando justicia.
Señor director de NORTE:
Desearíamos sinceramente no estar escribiendo estas palabras, ya que el motivo que nos impulsa a hacerlo es la profunda necesidad de compartir las inexplicables razones e injusticias que atraviesa nuestra familia. Afrontar la pérdida de Dylan no fue solo tener que despedirnos de nuestro hijo de 16 años, sino también enfrentarnos a los comentarios, la falta de respeto y las complejas justificaciones respecto de lo que le sucedió.

El 26 de abril, a las 20, Dylan se encontraba en la plaza del barrio Luzuriaga junto con sus primos y amigos, observando cómo jugaban a la pelota mientras él tomaba tereré. Eso era lo que solía hacer siempre, lo que hacen miles de chicos de su edad en cualquier parte de la provincia y del país. Unos minutos más tarde, el joven A. se acercó, saludó a los chicos, saludó a Dylan y le asestó dos puñaladas: una debajo de la clavícula y otra en el cuello, ambas del lado izquierdo. Ante la desesperación, sus primos gritaron y un vecino acudió en su auxilio, lo llevó a su casa, a una cuadra de la plaza, y allí intentaron socorrerlo.
Su abuela, al verlo llegar en ese estado, detuvo una camioneta que pasaba por la calle y pidió que lo trasladaran al Hospital Perrando. Al momento de su ingreso, Dylan ya había perdido mucha sangre y había sufrido un paro cardíaco. Esa noche lo operaron; los médicos hicieron todo lo posible por estabilizarlo, pero durante la operación sufrió un segundo paro. A pesar de todo, su cuerpo resistió hasta que, dos días después, nos informaron que tenía muerte encefálica, por lo que ya no había nada más que hacer.
En medio de tanto dolor, cuando nos preguntaron por la donación de órganos, pensamos que ese podía ser el único bien posible dentro de semejante tragedia. Ese último acto fue el único instante de sentido que encontramos. Nada de lo demás que nos había ocurrido lo tuvo, ni lo tendrá. Unos días después supimos que la vida de nuestro hijo sirvió para mejorar la vida de otros adolescentes de su edad. Ese es el único refugio que nuestro corazón encuentra en estos momentos.
Sin embargo, cada día es un nuevo desafío ante su ausencia: en la casa, con sus hermanos, con sus primos. Pensamos en miles de situaciones, cientos de circunstancias que podrían haber cambiado todo lo que ocurrió. Pero la verdad es que nada de lo que hubiéramos hecho podría haber evitado que el hijo de otras personas le quitara la vida a nuestro hijo de una manera tan cruel. A veces tratamos de pensar qué es lo que la familia, particularmente los padres de este joven, piensan respecto de lo que su hijo hizo. ¿Sentirán una parte del dolor que nosotros sentimos? No lo creemos.
Este chico de 13 años quiso matar a Dylan, y lo hizo. Las complejas explicaciones sobre qué llevó a ese niño a tomar tal decisión no quitan el hecho de que sabía el daño letal que iba a causar. Le dio dos puñaladas en zonas vitales. A veces nuestra mente se escapa y nos preguntamos por qué no lo lastimó de otra manera, con otro objeto, de otro modo. La mente juega tanto con nosotros que hasta pensamos que podría haberlo herido sin necesidad de quitarle la vida. Pero la realidad es que este joven quiso matar a nuestro hijo y con ese fin actuó.
A este pensamiento le siguen una profunda angustia y tristeza, que en realidad nunca se van, porque no entendemos cómo es que nuestro hijo ya no está, y cómo es que un niño de 13 años lo mató de manera tan decidida. ¿Qué le pasó a ese niño? ¿Qué le pasa a una sociedad que cree encontrar justificaciones para la muerte de un adolescente de 16 años? ¿Qué ocurre en una sociedad que acepta que las cosas están bien como están? ¿Qué sucede en una sociedad donde lo único que se puede esperar es "justicia divina" o, en el extremo, "justicia por mano propia"? Hemos recorrido la fiscalía, el juzgado de menores y la Subsecretaría de Niñez del Chaco, y las respuestas que recibimos fueron: "Aquí no hay nada" o "En estos casos no hay nada que hacer". A nuestro hijo lo mató un menor de 13 años y, en la República Argentina, no existe una sola ley que establezca qué hacer en una situación como esta. La única medida reparatoria es para el victimario y, en algunos casos, para ciertos familiares de la víctima, como sus padres o los primos menores de Dylan que presenciaron el hecho. En conclusión, no hay reparación, mucho menos medidas preventivas; solo hay contención y la esperanza, si se cree en algo, de que hechos como este no vuelvan a repetirse.

Esta es, lamentablemente, la realidad que nos toca vivir: la inexplicable ausencia de nuestro hijo y la espera de que, algún día, la justicia divina aparezca. Porque, si dependiera de la sociedad, sus representantes y sus gobernantes, sinceramente, la espera es vana.
Esta semana se cumplió un mes desde que Dylan ya no está con nosotros. Escribimos esta carta para tratar de poner en palabras la tristeza y desolación de la vida que hoy nos toca enfrentar. De todo corazón, deseamos que ningún padre tenga que atravesar lo que a nosotros nos toca: la pérdida de un hijo tan pequeño, de una manera tan cruel, y con la certeza de que no hay nada que hacer, más que esperar la justicia que Dios pueda darnos.
Jorge Marcelo Gaetano
DNI: 34.168.455
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