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Dismorfia de productividad

Percepción distorsionada: sentir que nunca se trabaja lo suficiente

Este fenómeno psicológico guarda alguna relación con el síndrome del impostor, aunque no es lo mismo.

En tiempos donde el rendimiento y la eficiencia son valores centrales en el mundo laboral, muchas personas viven con la sensación constante de que no están haciendo lo suficiente, incluso cuando los resultados y aún el reconocimiento indiquen lo contrario. Este fenómeno, cada vez más frecuente en entornos laborales hiperexigentes, se conoce como dismorfia de productividad.

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La dismorfia de productividad puede definirse como una percepción distorsionada del propio rendimiento laboral.

Aunque aún no está reconocido formalmente como un diagnóstico clínico, ya se encuentra en el centro de muchos debates sobre salud mental y cultura del trabajo.

¿QUÉ ES?

La dismorfia de productividad puede definirse como una percepción distorsionada del propio rendimiento laboral. Quienes la padecen creen de forma persistente que están haciendo y/o rindiendo por debajo de lo esperado, aunque en realidad cumplan —e incluso superen— los objetivos. Esta percepción errónea suele estar alimentada por entornos laborales muy competitivos, exigencias externas e internas elevadas y la presión constante por "ser más productivo".

Este fenómeno guarda una estrecha relación con el síndrome del impostor, aunque no son lo mismo. El síndrome del impostor se refiere a la creencia de que los logros obtenidos son producto de la suerte o de un engaño bien sostenido, y que en cualquier momento se va a "descubrir" que uno no es tan competente como parece. La dismorfia de productividad, en cambio, está centrada en la sensación de insuficiencia respecto al hacer, más que al ser. No es que la persona se sienta una impostora, sino que cree que no trabaja lo suficiente, que su esfuerzo nunca es suficiente, o que siempre está en deuda con sus tareas.

INSATISFACCIÓN CONSTANTE CON EL PROPIO DESEMPEÑO

Las personas que experimentan esto tienden a minimizar sus logros, restar valor a su esfuerzo y a sobrestimar lo que hacen los demás. La comparación con colegas percibidos como más eficientes o trabajadores se convierte en fuente de insatisfacción. Esta autopercepción no solo afecta la autoestima, sino que puede derivar en agotamiento crónico, trastornos de ansiedad y depresión.

El ciclo suele ser: la empresa y la misma persona establecen metas ambiciosas, esta trabaja intensamente para alcanzarlas, pero al lograrlas no se siente satisfacción, sino más bien la urgencia de subir la vara. Experimenta culpa al descansar, irritabilidad en los fines de semana, y ansiedad cuando se desconecta del trabajo. En muchos casos, el único espacio donde la persona siente cierto sosiego es mientras trabaja. Y no cualquier tipo de trabajo: tiene que ser productivo, medible, útil. Así, el trabajo se convierte en un refugio, pero también en una cárcel invisible.

La terapia cognitivo-conductual

¿Cómo se trata el fenómeno?

El primer paso para encarar la resolución de esta dismorfia es poder reconocerlo.

Muchas personas que viven con esta distorsión no se dan cuenta de que están inmersas en un entorno o en una lógica autodestructiva. Por eso, tomar conciencia del problema ya constituye un avance importante.

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El primer paso para encarar el problema es poder reconocerlo, y luego buscar acompañamiento profesional.

Luego, es recomendable buscar acompañamiento profesional.

La terapia cognitivo-conductual (abreviada, TCC) es una de las más eficaces para abordar este tipo de patrones de pensamiento distorsivo, ya que permite identificar y modificar creencias disfuncionales relacionadas con el trabajo y la autoexigencia.

También es necesario trabajar técnicas de manejo del estrés, de regulación emocional y de establecimiento de límites saludables entre la vida personal y laboral.

Además de la terapia individual TCC, pueden ser útiles los grupos de apoyo, los espacios de supervisión profesional o de reflexión colectiva sobre el trabajo.

En muchos casos, compartir experiencias con otras personas que atraviesan lo mismo ayuda a desarmar la idea de que se trata de un problema exclusivamente individual.

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