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Carta de lectores

Los argentinos ¿queremos un cambio?

Señor director de NORTE:
Generalizar hablando de los argentinos es no reconocer que nuestro país no está  conformado con argentinos nativos, ni siquiera con ciudadanos nacionalizados, sino que cada vez más habitan en él ciudadanos de otros países que, si bien trabajan, estudian, conviven en este suelo, conservan su nacionalidad de origen. Un ejemplo son los barrios cerrados que van construyendo como territorios independientes donde se conducen con sus propias reglas. Nada nuevo bajo el sol, ya que tenemos el ejemplo de la avanzada en el sur de los autopercibidos mapuches, pero de dudosa procedencia, así como la adquisición de grandes extensiones por parte de China y extranjeros, que llegan a considerar ese territorio como propio aplicando sus leyes.
Pero más allá de los graves problemas relacionados con el territorio de nuestra Nación, la cuestión es si existe entre los ciudadanos una voluntad de cambio, más allá de las quejas continuas contra algunos funcionarios del Estado. Porque en definitiva, se observa que muchos no desean ningún cambio, salvo que los beneficie, como la ¿mafia? de la dirigencia gremial enquistada en el poder hace décadas. La sartén por el mango, o sea, el mango más la sartén.  Se conocen las denuncias de quienes han sido amenazados y atacados por alcanzar la dirigencia de algún gremio cuando no pertenecen a estas mafias.
Sin embargo, no es posible ningún cambio si los legisladores no votan leyes que pongan límites a ciertas prácticas, porque muchos no entienden la necesidad corregir sus comportamientos si no existe un castigo (o pena) que ponga en claro lo incorrecto de su obrar. Así como la violencia de adolescentes y niños crece en tanto son muy conscientes de que no se los imputa (responsabiliza) por sus acciones.
La reflexión ética, a su vez, pone el foco en el ser humano, la persona que, en tanto libre y responsable, tiene que hacerse cargo de sus elecciones, decisiones y acciones, en el marco de una sociedad en la cual las normas morales deberían ser reconocidas, o sea conocidas y al mismo tiempo respetadas. También reflexiona la ética sobre las normas, sobre su corrección y validez, porque el hecho de ser normas no implica que no puedan, en algunos casos, ser inmorales. Cuando se habla de cultura de la cancelación o wokismo justamente se hace referencia a la imposición coactiva de ciertas conductas, o acciones con la amenaza de ser "cancelado", en el trabajo, en las redes, etc. o aún de ser enjuiciado si no cumple con normas que trata de imponer un grupo sobre otro. En estos casos, el grupo que impone se adhiere a ese totalitarismo práctico.
A veces son las consecuencias de las leyes penales, de las leyes en general y de ciertas normas las que obligan a la reflexión, como en el caso mencionado de la violencia en menores, y muchas otras que deberían ser reevaluadas en su constitucionalidad y validez. Son los que sufren con enorme dolor estas consecuencias los que esperan o desesperan de saber que los asesinos de sus hijos quedan libres para seguir dañando a otros, así como en el caso de los gremios, que compulsivamente retienen parte de los sueldos de empleados que no desean estar agremiados pero a quienes no se les da opción. Un caso concreto se dio en pandemia, cuando ante la imposibilidad de pagar sueldos, los gremios no resignaron su parte ante el sufrimiento de los empleadores y empleados.
Pero no se puede ser parcial o ingenuo, y dejar de señalar que gran parte del cambio reside en las personas concretas, que reclamando para sí de modo absoluto "lo que ganó con su esfuerzo" no atiende de algún modo el sufrimiento del otro, que no tuvo oportunidades, o tuvo muy pocas. Si se realizara un adecuado trabajo de campo se vería que existe un gran porcentaje de personas con retraso mental entre los más pobres, que no han recibido atención ni educación, y también carecen de medios por ignorancia, porque no saben cómo acceder a los mismos. Conviene volver a escuchar al doctor Albino, cuando habla de la adecuada nutrición en los niños, y de la atención a las parasitosis que arruinan el cerebro de los más pobres.
Es decir, hay un ámbito que depende de nosotros, lo que puede entenderse como solidaridad, o en algunos autores, justicia social, que no consiste en que quitar al que tiene para dar al que no tiene, sino en dar libremente, atendiendo al otro sufriente, sin echar culpas. Un dar que se puede hacer a través de fundaciones o comedores, o merenderos, pero sin excusas "baratas" como "no sé qué se hace con mi dinero" porque el que quiere, averigua.
Por lo tanto, volver sobre el interrogante inicial, es mirar qué pasa en la sociedad, qué cambios en las leyes son necesarios, pero también "por casa" ¿cómo andamos?

MARÍA ELENA RADICI
RESISTENCIA

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