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Opinión

Un nuevo horizonte que nos empuja a vivir en la ficción y no en la realidad

Los avances tecnológicos están transformando la civilización en un mundo donde es difícil discernir entre lo verdadero y donde lo falso.

Vivimos en un contexto científico y tecnológico que nos arrastra incluso contra nuestra propia voluntad a un estado mental que nos aturde, bombardeados como estamos, por millares de informaciones que llegan a nuestro cerebro, a una velocidad que nos hace imposible controlarlas, analizarlas e interpretarlas. Tal vorágine de información, lo queramos o no, nos lleva inevitablemente a vivir no en la verdad, ni en la realidad, sino en la ficción que nos crean esas informaciones. "La información" —lo sabemos— no es lo mismo que "la verdad"; la información, en efecto, no busca tanto dar una representación genuina de la verdad y de la realidad, sino más bien, crear una conexión masiva con individuos a los que la información les formatea el cerebro y la opinión, con objetivos, ideológicos, políticos, económicos, culturales y religiosos, muy específicos. 

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Se está configurando así, un mundo, una civilización y una cultura, fundada en la fantasía, que no se afianza en la verdad, ni en la realidad, sino en una narrativa inventada para tal fin. Es sabido también que es mucho más fácil conectar multitudes con la fantasía, que con la verdad; porque la verdad impone condiciones que en todo caso la mayoría de las veces no coincide con objetivos pre concebidos, que es lo que logra de manera muy eficiente la información. Pero siendo honestos, intelectualmente hablando, tampoco partir de un principio asumido como verdad, nos garantiza una total y absoluta objetividad, porque toda verdad transmitida ha necesitado de la información y del relato, y entonces de todos modos, en cualquiera de las dos opciones, quedamos en deuda con la objetividad; porque esta estará siempre condicionada al ambiente vital y al contexto en el que se circunscribió esa narración, proclamada como verdad. Por eso, habrá siempre una margen de dudas y de preguntas irresueltas en orden a lo que es y no es verdadero. Quizá por eso cuando Pilato, le preguntó a Jesús, ¿qué es la verdad?, este guardó un solemne silencio. Con esto, Jesucristo, probablemente, estaba revelando el método de aproximación con el que tenemos que situarnos frente a las grandes preguntas existenciales y entonces, más allá de la soberbia que a veces muestra la inteligencia y la fe sobre las verdades absolutas, Cristo nos enseña a ser humildes, y a guardar silencio frente a lo que nos supera y trasciende. 

La información no es lo mismo

que la verdad.

En todo caso, el cometido de este escrito es reflexionar sobre el contexto en el que nos toca vivir cotidianamente y que como consecuencia de los avances tecnológicos, está transformando la civilización en un mundo ficticio, en el que es difícil discernir donde está lo verdadero y donde lo falso, donde la realidad y donde la ficción. La aldea global se nos ha vuelto tan cotidiana, fruto de la hípercomunicación en la que vivimos que somos como un mercado aglutinado de información, donde hay miles de ofertas, la mayoría de ellas, lamentablemente, falsas. Basta con que miremos la superpoblación de propagandas virtuales en todas partes, induciéndonos a base de mentiras al consumo compulsivo. Allí, todo es ficción, ilusión y mentiras; la eterna juventud, la belleza, la salud, las marcas, la tecnología, etc., todo en un escaparate congestionado de ofertas, haciéndonos creer que hay respuestas para todo. Hasta que nos encuentra una enfermedad terminal a nosotros o a un ser querido, que nos hace conscientes de nuestra fragilidad. Es aquí, donde la realidad pulveriza la ficción, y nos damos cuenta que somos mortales de todos modos. 

La política opera del mismo modo con su potente propaganda, donde todo es ideal. Los discursos, los planes de gobiernos, los proyectos, todo sustentado en ideas sin fundamentos y quizá por eso, el político más popular en estos tiempos sea aquel que mejor sepa mentir y el que mejor adiestrado esté, en el uso de estas herramientas tecnológicas para llevar a sus votantes a creer en ese mundo ideal, que en realidad es una fantasía; y la gente, Increíblemente, cree ese discurso, aunque visiblemente la realidad desmienta esa ficción. Creen, justamente, porque sus cerebros fueron formateados por la información para ese fin: interpretar la fantasía, como verdad. En ese mundo irreal, la ficción funciona de maravillas, porque acceder a la verdad supone esfuerzo y trabajo. En efecto, demostrar fehacientemente algo, implica mucho trabajo y un esfuerzo en tiempo descomunal, ya que reunir evidencias, cuesta mucho obtenerlas. 

La ficción, en cambio, no necesita eso, solo necesita, un relato muy bien armado que actualmente es muy fácil de lograr con inteligencia artificial. Hay inmensas franjas de población con una mentalidad funcional a eso, y por eso en este mundo de ficción se puede decir cualquier cosa, la gente creerá todo, porque sus cerebros funcionan según esa dinámica; como cuando miramos una película de terror y gritamos de miedo ante las imágenes que nos ofrece esa ficción, creemos, sentimos y experimentamos como real lo que vemos, simplemente porque nos sentimos dentro de esa ficción. 

Se está configurando un mundo fundado en la fantasía, que no se afianza en la verdad, ni en la realidad.

Así está siendo reprogramado el mundo, y por eso nos cuesta tanto entender ciertas conductas sociales, ciertas opciones y ciertos desarrollos de pensamientos y de sistemas ideológicos. Una vez que la ficción ha entrado en la estructura del pensamiento, la mente funcionará desde ese lugar y nada podrá convencer a esa mente que está viviendo en la mentira. Esfuerzo, trabajo, disciplina, metodología, paciencia, investigación en pro de la verdad es un lenguaje desconocido en la actualidad, especialmente para las generaciones jóvenes, cuyos cerebros ya no piensan, sino que funcionan como un hardware; sin preguntas, sin fundamentos, sin códigos morales, religiosos ni éticos, tan solo respuestas mecánicas, a un estímulo mecánico, encima creado en un laboratorio de ficción para ese fin. 

Buscar la verdad resulta muy comprometedor e incómodo y por eso cuesta más que la ficción, que ofrece opciones más cómodas y menos esforzadas. Pensemos en la justicia. Llegar a la verdad de los hechos requiere un trabajo muy esforzado que necesita tiempo y llega siempre más tarde que la información. Por eso, la gente cree más lo que dice la información que lo que demuestra la justicia. La justicia que se funda en la verdad de los hechos, tiene problemas con la ficción que crea la información. La condena social, por ejemplo, que es fruto de la información y que para la gente tiene mayor credibilidad que lo que dice y demuestra la justicia; llegando al colmo de creer más en lo que dicen las noticias, que lo que demuestran los hechos en la justicia. No dimensionamos aun las implicaciones reales que tiene este nuevo modo de situarnos ante la realidad, en el que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías mandan. La inteligencia artificial hace rato ha dejado de ser solo una herramienta; es un agente real, por ahora cuasi independiente del factor humano y ya muy próximo a obtener una plena autonomía. 

Esto, a diferencia de las grandes revoluciones que cambiaron la vida humana, como la imprenta transformada en herramienta de comunicación y de progreso es infinitamente mucho más que eso. Cuando se inventó la imprenta fueron los seres humanos los que se pusieron a escribir libros y eran ellos los que decidían que libros imprimir. En el caso de la inteligencia artificial, esta puede escribir sus propios libros y decidir de manera autónoma que ideas difundir. Este mundo de ficción ya está en curso, porque ya son las nuevas tecnologías, verdaderos agentes autónomos, los que crean verdades y realidades. El ser humano está siendo desplazado como agente de control y la IA lo está convirtiendo en una pieza más del sistema, ya no controlado por él, sino por esta entidad superior que es más inteligente que él. Y ya no hay marcha atrás. Seguiremos reflexionando sobre esto.

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