Más celulares, menos comida en la mesa
En los últimos 30 años, la forma en que las familias argentinas usan su dinero cambió radicalmente.

Lo que antes se destinaba a llenar la heladera, hoy se reparte entre el celular, el delivery, los servicios de streaming y, para quienes pueden, una escapada de fin de semana. Así lo señala Argendata, una plataforma especializada en datos sobre ambiente, desarrollo, macroeconomía, sectores productivos, trabajo e ingresos, que analiza la evolución de los patrones de consumo para entender cómo se transforma la sociedad.
Según su metodología, los patrones de gasto son el mejor espejo del comportamiento social: muestran no solo qué puede pagar la gente, sino también qué valora. Y para observar los cambios estructurales, Argendata compara períodos de una década, para registrar transformaciones duraderas más allá de las crisis coyunturales.
Uno de los cambios más notables está en la alimentación. A fines de los años ’90, casi el 30% del gasto de los hogares se destinaba a comida. Para 2017/2018, esa proporción había bajado al 22,6%, según datos de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo) del INDEC. La lectura que hace Argendata es clara: el poder adquisitivo había mejorado, permitiendo que las familias dedicaran una menor parte de sus ingresos a bienes básicos como los alimentos.
"Este fenómeno es típico de sociedades que logran salir del umbral de subsistencia. Cuando los ingresos crecen, la gente puede permitirse destinar dinero a rubros que antes eran secundarios o directamente inaccesibles", explican desde la plataforma.
Más celulares, más salidas
Entre esos rubros que ganaron terreno están las comunicaciones, el entretenimiento y el turismo. En la última década, el gasto en comunicaciones se disparó, lo cual no sorprende si se tiene en cuenta que en ese lapso se expandió el acceso a internet, la masificación de los teléfonos inteligentes y la dependencia digital de la vida cotidiana.
"Casi todos tenemos un celular y conexión a internet, y eso tiene un costo mensual que hace 20 años no existía", explican desde Argendata. De hecho, según un informe del ENACOM, para 2022 más del 88% de los hogares argentinos tenía acceso a internet fija, y la penetración de la telefonía móvil superaba el 130%, lo que implica más de un dispositivo por persona.
Otro sector en crecimiento fue el de los llamados gastos no esenciales, que incluyen desde salidas a comer afuera hasta escapadas turísticas. En términos estadísticos, son considerados "prescindibles", pero su expansión es un buen indicador de mejoras en la calidad de vida. "Durante el período de crecimiento pos-crisis 2002-2015, hubo un fuerte aumento del consumo cultural y de servicios recreativos", apunta Argendata.
Cambios culturales y tecnológicos
La transformación del consumo no responde solo a la disponibilidad de ingresos. También tiene que ver con cambios culturales, tecnológicos y demográficos. Por ejemplo, el auge del delivery y las apps de comida no solo se explica por el mayor ingreso, sino también por un nuevo estilo de vida, más urbano, con menos tiempo disponible y nuevas costumbres culinarias.
A su vez, la composición de los hogares también cambió. "Hoy hay más hogares unipersonales, más adultos jóvenes que viven solos y más parejas sin hijos, y eso también impacta en el consumo", señalan desde Argendata. Un hogar con una sola persona gasta proporcionalmente más en vivienda y servicios, y menos en alimentación familiar, por ejemplo.

¿Y ahora?
La pregunta que surge naturalmente es: ¿sigue esta tendencia o estamos ante un nuevo cambio de época? La respuesta, para Argendata, es que la tendencia puede estar revirtiéndose. Desde 2018, con la aceleración de la inflación, la pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento de productos básicos, el gasto en alimentos volvió a crecer en términos relativos, aunque no necesariamente porque se coma más, sino porque cuesta más caro.
"En contextos inflacionarios o de ajuste, los hogares tienden a reconfigurar su consumo: recortan en bienes no esenciales y priorizan lo indispensable", explican los analistas. En otras palabras, la torta se achica, y entonces una proporción mayor vuelve a destinarse a los rubros que no se pueden evitar, como la comida, los servicios básicos y el transporte.
Un indicador interesante es lo que sucede con la canasta alimentaria: su peso relativo en el ingreso de los sectores populares volvió a crecer, especialmente desde 2020, con la pandemia y la posterior crisis inflacionaria. Hoy, para muchas familias, el gasto en alimentos representa entre el 30 y el 40% de su ingreso mensual, en niveles similares a los de los años ’90.

Mirar el consumo para entender el país
El análisis de Argendata sirve para algo más que describir cuánto se gasta en cada cosa: permite entender cómo se vive en la Argentina. Los patrones de consumo reflejan el estado de la economía, pero también la evolución de las prioridades sociales, los hábitos cotidianos, las oportunidades y las frustraciones.
En un país donde las crisis son frecuentes, observar el consumo es también una forma de medir la resiliencia: qué cosas se mantienen, cuáles desaparecen y cuáles resurgen. Por ejemplo, durante los años de auge, crecieron las compras en cuotas, las vacaciones pagadas con tarjeta y el consumo cultural. Luego, con la crisis, reaparecieron las compras mayoristas, el recorte de salidas y el "consumo cuidado".
En ese vaivén constante, los datos del consumo se convierten en una especie de termómetro social, que indica no solo el estado del bolsillo, sino también los anhelos y límites de una sociedad.
"El consumo es una radiografía del país", concluyen desde Argendata. "Y como toda radiografía, nos muestra cosas que a veces preferimos no ver, pero que están ahí. Entender cómo consumimos es entender cómo vivimos".











