Una mirada humana de las migraciones
Las migraciones, como fenómeno humano, tienen sus raíces en la búsqueda de una vida mejor, la huida de la violencia, los desastres naturales y el cambio climático, entre otras causas. Según un reciente informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 2024 fue el año con más muertes de migrantes del que se tiene registro, aunque se aclara que por la dificultad de documentar en forma fehaciente los fallecimientos no se descarta que la crisis humanitaria sea aún mayor.
Al menos 8.938 personas murieron en las rutas migratorias de todo el mundo, según datos de la OIM. Asia fue la región con más muertes (2.778), seguida por el Mediterráneo (2.452) y África (2.242). En América se registraron 1.233, aunque el documento del organismo internacional advierte que esa cifra no es definitiva. Sin embargo, detrás de cada número registrado en las estadísticas hay historias de sufrimiento, dolor y pérdida. Cada uno de esos migrantes es alguien que huye de circunstancias desesperadas, que busca un futuro incierto pero lleno de esperanza.
El informe destaca que 2024 ha sido particularmente trágico no solo por el elevado número de muertes, sino porque revela un patrón alarmante: las muertes de migrantes aumentan año tras año. En muchas regiones del mundo, desde Asia hasta África y Europa, las rutas migratorias se han vuelto cada vez más peligrosas. Las muertes en el Mar Mediterráneo, aunque no hayan alcanzado el récord histórico, siguen siendo una señal de la urgencia de contar con sistemas de búsqueda y rescate adecuados, además de rutas migratorias seguras y regulares.
La migración de hombres, mujeres y niños es un fenómeno que ha acompañado a la historia de la humanidad desde sus inicios. Los primeros humanos modernos comenzaron a emigrar desde África hace aproximadamente entre 70.000 y 100.000 años. Estas migraciones iniciales se dirigieron hacia Eurasia y, con el tiempo, a otros continentes como Australia, Europa y América. Las migraciones humanas han sido impulsadas por diversos factores a lo largo de la historia, incluyendo el clima, la disponibilidad de alimentos, guerras, desastres naturales y búsqueda de mejores oportunidades económicas.
En muchos casos, la violencia ha sido un factor determinante. Desde 2022, más del 10% de las muertes de migrantes se han atribuido a actos violentos. La violencia, en su forma más cruenta, sigue siendo una de las principales amenazas que enfrentan las personas en tránsito, especialmente en rutas migratorias hacia Asia, donde se han registrado casi 600 muertes solo en 2024. La OIM también observa que el número real de muertes podría ser aún mayor, debido a la falta de documentación y a las desapariciones de migrantes en contextos de crisis humanitarias. La falta de identidad de muchas de las personas que han fallecido o desaparecido hace que estas víctimas se pierdan en la invisibilidad, dejando a las familias de los desaparecidos sumidas en la desesperación de no saber qué ha sucedido con sus seres queridos.
Esta falta de información no solo deja un vacío emocional y psicológico en los familiares, sino que también obstaculiza las respuestas necesarias para prevenir más tragedias.
Es evidente que, en pleno siglo XXI, las políticas de migración y seguridad no están logrando proteger de manera efectiva a quienes, en estas circunstancias, se desplazan en busca de un futuro mejor. Las muertes de 2024 y los años anteriores confirman la necesidad de tener una mirada más humana de la migración, y entender que como fenómeno forma parte de la historia de la humanidad, y que por lo tanto no puede seguir siendo un viaje fatal para miles de personas. No es suficiente con hablar de estadísticas, sino que es imprescindible dar una respuesta con rostro humano, que valore la vida por encima de todo. Es necesario un compromiso global que transforme la tragedia en esperanza y que brinde a los migrantes las rutas seguras y dignas que merecen. Es necesario contar con rutas migratorias seguras, en las que los migrantes puedan transitar sin temor a perder la vida o a desaparecer sin dejar rastro. Las políticas deben enfocarse en la protección de las personas, no solo en el control de las fronteras.
Las respuestas a la crisis migratoria deben reconocer que cada migrante es una persona, con su propia historia, sus propios sueños y su derecho a una vida digna.










