¿El boldo es tan bueno como nos enseñaron nuestros abuelos?
Cuando comemos en exceso o acumulamos una alimentación poco saludable, un aliado de nuestro bienestar puede ser el boldo. Está en casi todos los hogares, en su versión de saquitos para té o en plantas que cuidamos en jardines y patios. Sabemos que es un buen digestivo, pero poco más, pese a que se trata de un vegetal con grandes beneficios.

Sus eran utilizadas originalmente por los indígenas mapuches en el Sur de Chile. Se aplicaba sobre todo en infusión para tratar problemas digestivos y hepáticos. Sus aceites esenciales tienen propiedades sedantes, antiinflamatorias y expectorantes; además, es rico en flavonoides, y ayuda a proteger el músculo cardíaco.
Además, el boldo es antioxidante por su contenido de taninos, y la boldina (un alcaloide de la planta) protege el hígado y la vesícula biliar. También baja el colesterol malo, deshincha el vientre y es ligeramente laxante.
Al contener eucaliptol también ayuda con la tos y las infecciones respiratorias.
Algo para tener en cuenta: no es bueno tomarlo de maneta intensiva, sobre todo si se toman anticoagulantes orales, porque el boldo tiene un anticoagulante natural, la cumarina. Es decir, sería acentuar ese efecto (que quede claro, esta advertencia para el caso de un consumo abundante y frecuente).
Lo ideal es emplearlo a diario un máximo de tres semanas, siempre caliente, y parar luego su consumo durante un tiempo.










