Seguridad con justicia y desarrollo
Los recientes homicidios ocurridos en el país han reavivado el debate sobre la seguridad y la respuesta del Estado frente al delito.
En primer término, es esencial reafirmar que los asesinos deben ser castigados conforme a la ley y el Estado de derecho.
La pena es una amarga necesidad, no un ideal. Sin embargo, no debemos caer en la ilusión de que la pena, por más dura que sea, es una solución suficiente para la crisis de seguridad. Basta analizar la secuencia temporal: el delito siempre antecede a la pena, lo que significa que el castigo no tiene un efecto preventivo directo sobre el crimen. El poder intimidatorio de la pena es –en gran medida– una ilusión.
Tampoco el legítimo reclamo de respuestas por parte del Estado debe interpretarse como un aval a políticas autoritarias. La sociedad exige vivir sin criminalidad, no con penas más severas. Pretender que el endurecimiento del sistema penal traerá seguridad es un error que, lejos de resolver el problema, lo agrava.
El fracaso de la mano dura
En tiempos de crisis de seguridad, resurgen propuestas que insisten en el endurecimiento de penas, la reducción de garantías procesales y la concesión de mayores facultades a las fuerzas de seguridad. Sin embargo, la experiencia internacional y el análisis criminológico han demostrado que estas políticas no solo no resuelven el problema, sino que generan efectos colaterales negativos.
Los países que han implementado políticas de "tolerancia cero" han visto un crecimiento exponencial de sus poblaciones carcelarias, sin una reducción sostenida del delito. En Estados Unidos, esta estrategia elevó la cantidad de reclusos a más de dos millones, en su mayoría jóvenes de sectores vulnerables, sin que ello mejorara la seguridad. En España, reformas penales con un enfoque similar incrementaron el gasto penitenciario y policial sin lograr una disminución clara de la criminalidad.
El problema central de la mano dura es que trata el delito como un fenómeno exclusivamente punitivo, ignorando sus causas estructurales. Como advierte Günther Stratenwerth, el delito no es un hecho aislado, sino que responde a factores sociales, económicos y culturales que deben abordarse con políticas integrales.
Si el Estado no atiende las condiciones que favorecen la criminalidad —desigualdad, falta de oportunidades, marginación—, las cárceles se llenarán, pero el delito persistirá. E incluso el fanatismo y la desmesura de algunos gobernantes pueden transformar al Estado en criminal.
Cuando la respuesta a la violencia es más violencia institucional, el Estado pierde legitimidad y debilita su capacidad para garantizar la seguridad de la ciudadanía.
El peligro del "derecho penal del enemigo"
En este contexto, resurge la idea de un derecho penal diferenciado, en el que ciertos delincuentes dejan de ser considerados ciudadanos con derechos y pasan a ser tratados como enemigos a eliminar.
Este enfoque, teorizado por Günther Jakobs bajo el concepto de "Derecho penal del enemigo", sostiene que hay personas cuya peligrosidad es tan alta que deben ser combatidas sin las garantías del Estado de derecho.
Este modelo es problemático por varias razones. En primer lugar, erosiona el principio de igualdad ante la ley, dividiendo a la sociedad entre ciudadanos de primera y segunda categoría.
En segundo lugar, provoca una escalada de violencia, ya que cuando el Estado acude al uso desproporcionado de la fuerza, los delincuentes responden armándose aún más.
La militarización de la policía en países como México y Brasil ha demostrado que, lejos de reducir la criminalidad, genera una espiral de enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y bandas criminales, aumentando la letalidad y la percepción de inseguridad en la población.
El modelo de "tolerancia cero", implementado en algunas ciudades bajo la premisa de que la represión masiva reduce la criminalidad, ha tenido resultados dispares.
Si bien en ciertos contextos logró disminuir algunos delitos callejeros, también generó consecuencias adversas: superpoblación carcelaria, aumento de la violencia policial y desplazamiento geográfico del delito hacia zonas con menor presencia estatal o hacia formas más organizadas y violentas de criminalidad.
En América Latina, donde se intentó replicar este modelo, los índices de violencia no solo no bajaron, sino que aumentaron debido a la radicalización de los conflictos entre fuerzas de seguridad y grupos delictivos.
Hacia una política de seguridad efectiva y democrática
La solución a la inseguridad no es menos Estado de derecho, sino más justicia social. En lugar de apostar exclusivamente por la represión, el Estado debe diseñar estrategias preventivas y de desarrollo.
Algunas medidas clave incluyen:
1) Inversión en educación y empleo: Está demostrado que el acceso a la educación y el trabajo formal reduce la criminalidad. Los países con menor tasa de delitos son aquellos con mayor integración social y menores brechas de desigualdad.
2) Reformas en el sistema penitenciario: las cárceles no pueden ser depósitos de personas. Es necesario garantizar programas de reinserción para evitar que los condenados salgan más violentos de lo que entraron.
3) Fortalecimiento de la policía comunitaria: más que policías militarizados, se necesita una fuerza de seguridad cercana a la comunidad, bien entrenada y sin corrupción, capaz de generar confianza en la ciudadanía.
4) Estrategias de prevención del delito: en lugar de intervenir después de que el crimen se ha cometido, el Estado debe identificar y reducir factores de riesgo en barrios vulnerables, evitando que los jóvenes sean captados por el delito.
5) Lucha contra el crimen organizado: mientras el foco sigue en los robos menores, las grandes estructuras del narcotráfico, la trata de personas y los delitos económicos operan con protección política, judicial y policial.
Un combate real contra la delincuencia debe apuntar a desarticular las redes de financiamiento del crimen, no solo a perseguir a los eslabones más débiles.
El Derecho penal no puede ser la única herramienta para abordar la inseguridad. Como advierte Loïc Wacquant, un enfoque que prioriza la represión sin atender a las causas estructurales del delito conduce a una criminalización de la pobreza y a un uso abusivo del sistema penal para gestionar problemas sociales que deberían resolverse con políticas públicas.
Como conclusión podemos decir que el debate sobre la seguridad en Argentina debe alejarse de las soluciones simplistas y apostar por un enfoque integral.
La experiencia internacional demuestra que el endurecimiento de penas, la militarización de la sociedad y la reducción de garantías procesales no son soluciones efectivas.
La verdadera seguridad no se construye con miedo y represión, sino con instituciones sólidas, políticas públicas eficaces y un compromiso real con la justicia y el desarrollo social. Es hora de abandonar la demagogia punitiva y exigir un modelo de seguridad que, en lugar de sembrar más violencia, garantice una convivencia pacífica y democrática.
DANIEL KIPER
(ABOGADO)
BUENOS AIRES
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