El aumento de la temperatura global
La cumbre del clima COP29, que se celebra estos días en Bakú (Azerbaiyán), se puso en marcha con una "alerta roja" lanzada por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que advierte que 2024 podría ser el año más cálido jamás registrado. Según las proyecciones, este será el primer año en que se superará el umbral de 1,5 grados de aumento de la temperatura global respecto de los niveles preindustriales. Para los expertos, es un mensaje claro: se están alcanzando los límites de la sostenibilidad planetaria.
El calentamiento global, impulsado por las emisiones de gases de efecto invernadero, no es una amenaza lejana, ni una preocupación abstracta para futuras generaciones. Ya está aquí, con consecuencias inmediatas que se manifiestan en fenómenos climáticos extremos, como las olas de calor, huracanes más destructivos, incendios forestales fuera de control y fenómenos meteorológicos impredecibles que ya alteran la vida de millones de personas.
Se espera que, en la cumbre de Bakú, los líderes internacionales pongan en marcha una verdadera transformación en la forma en que se financia la lucha contra el cambio climático. En ese sentido, el secretario ejecutivo del Área de Cambio Climático de la ONU, Simon Stiell, no exagera cuando advierte que la financiación climática no es un acto de "caridad", sino un ejercicio de autodefensa global. La transición hacia un futuro sostenible no puede ser solo responsabilidad de los países con menos recursos. Los países desarrollados tienen una deuda histórica con el planeta y con las generaciones futuras. Y esa deuda no se salda con promesas vacías, sino con inversiones reales y con la transferencia de tecnología y conocimientos que permitan a las naciones en desarrollo reducir sus emisiones mientras mejoran la calidad de vida de sus ciudadanos.
Cabe recordar que el objetivo establecido en la COP15 celebrada en Copenhague en 2009 para movilizar 100.000 millones de dólares anuales con el fin de financiar la lucha climática en los países en desarrollo no se ha cumplido. Según datos de la OCDE, este compromiso apenas fue alcanzado en 2022. Pero más allá de las cifras, el verdadero desafío es cómo garantizar que esos recursos se distribuyan de manera efectiva, que no se queden atrapados en burocracias interminables, ni en proyectos superficiales que no logren resultados tangibles. El sistema financiero global debe ser reformado para responder de forma más eficaz a esta crisis que afecta a toda la humanidad. A esto se añade la preocupación política sobre el futuro de los acuerdos internacionales.
La posibilidad de que Donald Trump, o figuras políticas con visiones regresivas sobre el cambio climático, regresen al poder en países clave como Estados Unidos, representa una amenaza directa para los avances conseguidos en el marco del Acuerdo de París. No es un secreto que si grandes potencias como EEUU siguen rechazando el multilateralismo y retirándose de compromisos internacionales, la lucha contra el cambio climático no pasará de ser una simple expresión de deseos. En Bakú, los líderes mundiales tienen la oportunidad de corregir errores y retomar el camino. La crisis climática no solo exige políticas más ambiciosas, sino también una nueva forma de pensar la economía global: una en la que la lucha contra el cambio climático se vea como una inversión, no como una carga. Cada dólar destinado a la transición ecológica es un paso hacia la estabilidad social, la reducción de desigualdades y la creación de empleo. En este sentido, la financiación climática debe ser vista como una oportunidad estratégica.
Es tiempo, además, de que los países más ricos cumplan con sus compromisos y comprendan que la lucha contra el cambio climático es una batalla compartida. La humanidad no tiene margen para más demoras. Los próximos días en Bakú serán claves para definir si el mundo está dispuesto a tomar las riendas de su propio futuro, o si la indiferencia y el egoísmo seguirán guiando a las sociedades, condenando a las futuras generaciones a un planeta cada vez más inhabitable. La ciencia es clara, los datos son irrefutables, y la respuesta no debe demorarse más. La falta de aceptación de las evidencias por parte de algunos sectores políticos puede obstaculizar los avances necesarios para abordar esta crisis global. Es fundamental que la comunidad internacional sume esfuerzos para contrarrestar el negacionismo y promover políticas efectivas basadas en la ciencia.










