El camino menos transitado
Autor: Enrique Arias Beaskoetxea Editorial: Leviatán
"En la mitología griega las tres Moiras hilaban el destino, fatum, de los humanos; una de ellas iniciaba el hilado con su rueca, otra lo finalizaba con sus tijeras y la tercera decidía la longitud de ese hilo con una vara de medir. Se suele decir que además de la longitud del hilo, se ocupaba de los acontecimientos vitales y de la suerte. Muchas de estas decisiones vitales se toman en las encrucijadas, lugares donde se debe elegir y descartar, decisión que marcará el destino futuro.
El título de este poemario proviene de un poema de Robert Frost, quien ante una encrucijada decide tomar "el camino menos transitado". El poeta no escoge el camino trillado, bien señalado y lleno de humanidad; el poeta elige siempre tomar, con permiso del destino, un camino propio, tener una voz propia, con más preguntas que respuestas.
Este poemario recoge en veinte poemas, algunos de esos momentos del viaje, más interior que mundano, que el autor recorre en su vida, en su mente o en su mundo particular", de la contratapa del libro.
Enrique Arias Beaskoetxea nació en Bilbao y vive actualmente en Mutriku (País Vasco), España. Sus poemas se publicaron en diversas revistas de España, Francia, México, Colombia, Venezuela, Uruguay, Chile y Estados Unidos. Además, se desempeña como crítico literario y sus reseñas literarias fueron plasmadas en revistas de España, México, Colombia, Uruguay, Chile y Estados Unidos. Sus poemarios editados son La lejanía de las cosas (Ápeiron Ediciones, 2017), Visible-Invisible (Editorial maLuma, 2017), Un mundo, una atmósfera (Ediciones Ruser, 2019), Condición terrenal (Editorial Literarte, 2019) y Aún hoy recuerdo (Ediciones Passer, 2023). Participa en la antología Nueve poetas frente al espejo (Ediciones Passer, 2023). De próxima aparición: Vivir distinto (Aliar Ediciones, 2024). Vivere in modo diverso (Edizioni Arcoiris, Italia, 2024).


El camino menos transitado de Enrique Arias Beaskoetxea, Leviatán, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2024, 72 páginas. Poesía.
Compartimos algunos de sus poemas.
El nadador
"El romper de una ola
no puede explicar todo el mar",
Vladimir Nabokov
En la mañana naciente
espera a que la aurora
rasgue los cielos
ilumine la opaca mar
y anuncie un porvenir.
Quizás el sol entibie
el aire que recorre
el cuerpo semivestido,
quizás la luz se extienda
sobre la tierra sin cegar
unos ojos entreabiertos.
La mar acoge el cuerpo
sin estruendo ni escalofrío,
unas brazadas lentas
sobre la voluble superficie,
el ritmo de la respiración
marcado por cuatro palabras.
En la orilla el calor
seca la piel marcando
el rastro del salitre
con formas irregulares.
El azul y el verde
se acercan al acantilado
en un intento de abrazo
mil veces propuesto.
Lee un poema japonés
aislado del bullicio,
relee para contar sílabas
—cinco, siete, cinco—
en un texto que deja fuera
al autor, al observador.
Tiembla el lector.
Siente la paz en el cuerpo
un sosiego en el alma
la mirada se desliza
con esmero sobre el mundo.
El abandonado
"Si me amabas,
¿en nombre de qué ley me abandonaste?",
Emily Brontë
Cada verano llega el momento
de visitar un pasado fatal
en el que la vida ocurría
de playa en playa
—nadar, comer, dormir—
y una conversación austera
en las que ella lanzó
un corazón contra la arena
dejando esquirlas de cristal.
Quizás la lluvia y la erosión
hayan convertido con paciencia,
cada hora del día y la noche,
esquirlas en granos de arena.
Empezó la caída al abismo
de la mano de la amargura,
los golpes contra las paredes
invisibles y ardientes,
el cuerpo sumando heridas
de desamparo y desafecto.
Un abismo sin medida
una sombra casi infinita
un tiempo sin relojes.
Hasta llegar al fondo,
aturdido y silencioso,
donde abrazar las rodillas
a la espera de algún final
para el aislamiento.
Fueron muchos veranos
evocando ese recuerdo
del desgarro perdurable
hasta hacerlo recurrente
y así desarmar su poder.
Para poder alzar la vista
cuando nada se esperaba,
hallar una mano extendida
desde las aristas de la sima,
una mano blanca llamando
a subir a la superficie.
El cuerpo y el ánimo
desacostumbrados quieren
escapar de la reclusión
pero han olvidado la manera
en que se rozan los dedos.
Intentos y fracasos
alentados por una mano lejana
que un día se estrechará.
Un cuerpo pleno de cicatrices,
un horror a la luz,
un dolor del aliento,
un ascenso paulatino
hasta tocar el borde del abismo
que ya no será casa habitual
ni maldición ni porvenir.
El apenado
"Ya el dolor
se marchitó como una larga flor
cuya sabiduría al fin te sana",
Silvina Ocampo
En la huida del desastre
toma el camino del norte
buscando en la cercanía marina
playas que sean refugio
y alivio para el penar.
Mas la vida deshace
los planes y le entrega
una playa plana, extensa
y un puerto donde la bajamar
aleja las aguas en silencio
más allá de los muelles,
vaciándose la dársena
quedan varados los barcos
a la espera de la pleamar.
Sopla el viento del oeste
y la playa se transmuta
en duna en movimiento
según leyes arcanas.
La arena finísima
clava en el rostro
puntas de alfiler.
Al remontar la duna
bajo los pies se siente
una escondida actividad
que inquieta el ánimo,
la duna no se detiene
hasta alcanzar el bosque
que será barrera
perdurable y tenaz
ante la colina de arena.
El penar se detiene
ante el inmenso arbolado,
sin preguntas ni afán,
tan solo absorbiendo
una especie de sosiego.

















