Invertir en ciencia
Destinar recursos a la investigación científica no es un gasto, sino una inversión necesaria para el desarrollo social y económico de una sociedad. Los países que priorizan la ciencia generan las condiciones para ser más prósperos y avanzados. Estados Unidos es un ejemplo en ese sentido: por cada dólar invertido por el sector público norteamericano en investigación y desarrollo se genera un retorno de 1.5 a 3 veces más en crecimiento de la economía.
Un trabajo de investigación realizado por Andrew J. Fieldhouse, de la Escuela de Negocios de la Universidad de Texas, y Karel Mertens, del Banco la Reserva Federal de Dallas, para medir el impacto económico que de la inversión pública en investigación y desarrollo en Estados Unidos, demostró que a medida que se destinaron mayores fondos públicos a las áreas de ciencia y tecnología, mayores fueron los efectos en la productividad de las empresas norteamericana que, además, lograron una alta tasa de retorno que osciló entre un 150 y un 300%. El recorte de fondos a la investigación científica puede tener efectos devastadores a largo plazo, limitando el desarrollo tecnológico y científico del país.
El 23 de octubre de 1947 el argentino Bernardo Houssay fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina por sus descubrimientos sobre el papel de la hipófisis en la regulación de la cantidad de azúcar en sangre. "Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico tecnológico. Y los países pobres lo seguirán siendo si no lo hacen. La ciencia no es cara. Cara es la ignorancia", advirtió quien fue el primer latinoamericano en recibir la distinción de la Fundación Nobel. Houssay remarcaba que los costos de no invertir en educación y ciencia serían mucho mayores a largo plazo, ya que la falta de conocimiento se traduciría, tarde o temprano, en más estancamiento, pobreza y dependencia tecnológica.
Hace pocos días, el Conicet (uno de los organismos nacionales que más sufre el desfinanciamiento) confirmó que el estudio realizado por uno de sus investigadores, Gabriel Rabinovich junto a un grupo de científicos de la universidad de Oxford identificó un anticuerpo que tiene capacidad para detener el avance de una mielofibrosis, un tipo de cáncer de la médula ósea. El trabajo de los científicos confirmó que la proteína Galectina-1 es clave en la formación de este tipo de tumor. El dato no es menor: el hallazgo de esa proteína fue realizado por Rabinovich, quien en 2017 fue incorporado a la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos en reconocimiento a su trayectoria y, especialmente, al descubrimiento de la Galectina 1, una proteína que puede servir para combatir distintos tipos de cáncer y otras enfermedades autoinmunes.
En la actualidad, sesenta laboratorios de diferentes países llevan a cabo investigaciones a partir del hallazgo del científico argentino y, aunque las reservas y el bajo perfil caracterizan a las empresas del sector, hay quienes aseguran que el camino iniciado es muy prometedor y que se está cada vez más cerca de aplicar los conocimientos logrados en nuestro país para tratar pacientes con cáncer de todo el mundo. Rabinovich suele recordar que cuando detectó la Galectina-1, los investigadores ni siquiera sabían para qué servía. Pero lejos de estar perdiendo el tiempo, el empeño del argentino hizo posible describir un nuevo mecanismo que permite a los tumores evadir el ataque del sistema inmune.
De ese modo, se abrieron las puertas al diseño de estrategias de inmunoterapia que permiten controlar el crecimiento de tumores y su capacidad de invadir nuevos tejidos, que es uno de los grandes retos de la medicina moderna. Es que el trabajo desarrollado en el campo de la inmunoterapia que aporta nuevas estrategias para combatir el cáncer revela cómo muchos de los proyectos de ciencia básica de largo plazo derivaron en aplicaciones concretas que pueden beneficiar a los pacientes. En ese sentido, el propio Rabinovich observa que todas las soluciones que hoy se ofrecen en los consultorios comenzaron con el estudio de moléculas en el laboratorio. Sin embargo, a pesar de estas evidencias, hay quienes insisten con promover un discurso que desconoce que la ciencia debe ser vista como un bien común, esencial para el progreso y el bienestar de toda la sociedad.










