Una novela de terror
El testimonio en primera persona que brindó ayer a NORTE la abogada chaqueña Gabriela Casa sobre la pesadilla que le tocó vivir en su domicilio, en un barrio de la ciudad de Resistencia, parece salido de una novela de terror. A casi dos semanas de aquel episodio, la joven reveló algunos detalles del insólito procedimiento en el que uniformados del Comando de Operaciones Especiales y profesionales de salud pública ingresaron sin su permiso y en forma violenta en la vivienda, para llevarla sedada y contra su voluntad para ser internada luego en el Hospital Perrando.
El escritor estadounidense de novelas de terror Stephen King, considerado por muchos uno de los mejores maestros en este género literario, decía que en la construcción de historias de miedo no debía faltar un tono profundo y envolvente para provocar una sensación de angustia. Eso es exactamente lo que vivió la protagonista involuntaria de la historia real, lamentablemente, que se registró el lunes 7 en el barrio Provincias Unidas. Una ambulancia que llega a la puerta de su domicilio y, acto seguido, profesionales de la salud que descienden una camilla y la dejan frente al portón de la vivienda que, en pocos minutos más, sufrirá la violenta descarga del ariete policial. La escena se completa con la intimidante presencia de más de una docena de uniformados del Comando de Operaciones Especiales, cuyos integrantes están entrenados para intervenir en situaciones que requieren el uso de la fuerza.
Según la teoría narrativa de King, los personajes son el corazón de cualquier historia de terror. Deben ser realistas y tener motivaciones claras. Las decisiones que toman deben ser coherentes con su naturaleza, lo que permite al lector identificarse con ellos y sentir la tensión de la narrativa. Lo ocurrido en el Provincias Unidas encaja a la perfección: el portón de rejas de la vivienda separa, por un momento, a los protagonistas de la historia. Adentro, una joven mujer indefensa, sin nada más que su pedido para que alguien muestre la orden escrita que autoriza el allanamiento. Su conducta no ofrece ninguna señal que anticipe un peligro para sí misma o para los demás. Afuera, hombres con uniforme policial, escudos, cascos y chalecos antibalas, y un reducido grupo de profesionales de la Salud con una camilla. La tensión va creciendo hasta que el portón es derribado por la Policía y Gabriela huye hacia el interior de su vivienda. Cierra la puerta e intenta ponerse a salvo en la habitación del primer piso. Como profesional de la abogacía no puede creer lo que está pasando. Sabe que la inviolabilidad del domicilio es un derecho constitucional, que no hay ningún elemento razonable que amerite semejante procedimiento. Sin embargo, dos puertas más son derribadas por la fuerza y, luego, lo peor: alguien sujeta su brazo y le inyecta -sin su consentimiento- un sedante. Entonces, en un segundo, cae a pedazos todo lo que aprendió en la Facultad de Derecho.
La provincia del Chaco no registra un hecho similar desde el regreso de la vida democrática, en 1893. Habría que remontarse a los años oscuros de la última dictadura militar que suprimió el Estado de Derecho para encontrar procedimientos con alguna similitud. Ayer, en una entrevista que concedió a este diario, la joven abogada dijo que no descartaba que los abusos que padeció estén relacionados con una denuncia por violencia laboral que presentó en la Defensoría General del Poder Judicial y cuya titular ahora quedó bajo la lupa. Como se ha señalado en esta misma columna en otras oportunidades, la ley contempla situaciones específicas donde una urgencia o un peligro inminente justifican la intervención y el ingreso a una vivienda sin la autorización expresa de su propietario. Pero todo indica que este caso no reunía los requisitos exigidos por las normas vigentes. Por lo que se puede apreciar en los videos que salieron a la luz pública y de lo que se desprende de los testimonios de vecinos de la joven que fue internada por la fuerza, no había ningún elemento que representara un grave riesgo para ella misma o para terceros. Lo llamativo es que, hasta ahora, ninguna de las autoridades que intervinieron de una manera u otra en el procedimiento asumió la responsabilidad por el violento método empleado en este hecho que bien podría inspirar una novela de miedo.
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