Aprender a ser solidarios a través de la cocina y el juego
Con pocos ingredientes y mucho amor salieron buenas migas para acompañar al almuerzo y hasta hubo postre. La actividad se realizó en el merendero del Barrio 29 de Agosto de Resistencia.
Una mesa, algunos paquetes de harina, sal, levadura granulada, aceite, jamón y queso, orégano, agua, bandejas, bowls (o baldes que hacían las veces de ellos), fueron los elementos que utilizó la pastelera Tatiana Fernández para mostrar a chicos de entre 9 y 12 años los rudimentos básicos para hacer pan.

La manera en que hace más de una década Ernesto Ayala inició su invaluable ayuda social a uno de los barrios más castigados por la pobreza estructural que golpea a la capital chaqueña es uniendo corazones solidarios para dar soluciones concretas. Lejos del palabrerío altisonante, es más bien un hombre de pocas palabras y mucha acción.
Esa fuerza genuina de un noble propósito es la que ayuda que a diario se pueda dar la merienda a una cantidad variable de entre 40 a 50 niños. Asimismo, los sábados reciben el plus de un suculento almuerzo que con más amor que recursos llenan platos y pancitas cada semana.
En "La Casita del Árbol Ayala" las consignas son muy claras: en el patio se juega y en la cocina se ayuda. "El que pasa esa puerta se tiene que poner a colaborar", explica Ernesto a NORTE. Eso lo saben muy bien sus pequeños ayudantes, que sin recibir órdenes ingresan e inmediatamente se colocan sus delantales amarillos, que los convierte en un ayudante de cocina, servidor y lo que haga falta para sacar adelante una merienda o un almuerzo más.

Ante la consulta de cómo hacen para hacer rendir para todos los comensales cuando la realidad muestra la dura faceta de que cada vez el dinero rinde menos, Ernesto no duda: "Hacemos que alcance". Saben hacer ‘estirar’ lo más que pueden los insumos y relata que tiene siempre personas y entidades que saben acusar recibo cuando la solidaridad llama a la puerta.
Buenas migas
La novedad del último sábado tiene que ver con algo que para todo amante del buen comer es un requisito indispensable, sobre todo para rempujar esa delicia que se intenta escapar del destino del tenedor o la cuchara.
Tatiana Fernández es una reconocida pastelera de la capital chaqueña, que a fuerza de pasión y horas de horno forja delicias dignas de estar en los mejores mostradores. Ante la invitación de Ernesto no dudó y se puso a disposición para dejar un poco de sus conocimientos y experiencia a los chicos que ya están como colaboradores del merendero, además de asistir para hacerse de sus platos.

Con sus delantales amarillo patito, los ojos atentos, algunas preguntas y las incontenibles ganas de armar sus propios bollitos de pan, un grupo de los chicos colaboró con el armado de la masa. Llegaron tres bowls, donde reposó la preparación, tapada con repasadores para que se hinche tanto como la felicidad de los nenes por probar la delicia que saldría del horno más adelante.
Como un ejército de hormigas, todos ayudaron a dejar nuevamente la mesa impoluta. Trapo, trapito, agua y a secar. Barajaron para dar de nuevo.
Ya con la masa en su punto justo espolvorearon harina sobre la mesa y llegó el turno de hacer variedades para ver y aprender distintas opciones que puede tomar la masa para el producto final. Una parte se mezcló solo con orégano. Otra sumó a la especia trocitos de jamón y queso, y siempre queda un lugar para el tradicional formato.
En cuanto a la apariencia, se armaron bollitos con orégano, un trenzado de antología para el pan común y unos rolls que contenían orégano, jamón y queso.
Mientras que los panaderitos hacían de las suyas, Yoli (experimentada cocinera y empresaria gastronómica) junto a otros ayudantes prepararon unas riquísimas torrejitas con arroz, huevo, pollo y verduras cosechadas esa misma mañana en la huerta de "La Casita del Árbol Ayala". A la par hicieron un apetitoso estofado de pollo con gallinas caseras, que donaron al merendero para la ocasión.

A la hora en que el sol se encargaba de recordar a todos que estamos en el Chaco, salieron los platos. Los ayudantes recogieron por un lado para los chicos y adultos, para repartir las raciones.
Así las cosas, el plato contenía el estofado con una presa de pollo, dos torrejitas y la misma cantidad de porciones de pan (repartidos entre las distintas variedades). Niños y niñas ayudaban a cargar el jugo a los comensales, en dos baldes utilizados para la ocasión. En uno había agua con hielo y en el otro jugo de durazno, a discreción.
"¿Qué habrá para parar la olla el próximo sábado?", consulta este medio al presidente de la fundación "La Casita del Árbol Ayala". La respuesta es tan sencilla como fatal… "No estoy seguro, pero algo van a tener para comer", asegura.
A pulmón, arremangándose, "bailando siempre con la más fea", Ernesto esquiva las balas de la calamidad de los que no tienen para comer. No conoce un "no" como respuesta cuando afuera están esos ojitos que cada sábado se acercan al portón de la "Casita" con sus platitos gastados, con la cara sucia, con el corazón esperando al menos por un rato olvidar la desgarradora realidad de vivir en la capital más pobre del país.
Tatiana sorprendió a los presentes con una torta de chocolate con dulce de leche y crema, que muchos repitieron solo para comprobar que estaban frente a una delicia. Broche de felicidad para al menos un puñado de quienes más lo necesitan.










