Retroceso en materia de equidad
El último análisis que realizaron especialistas del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) sobre la distribución del ingreso en Argentina revela un aumento en la desigualdad, evidenciado por el incremento del coeficiente de Gini del ingreso per cápita familiar, que pasó de 0,417 a 0,436 entre los segundos trimestres de 2023 y 2024. Este coeficiente es una medida que va de 0 (igualdad perfecta) a 1 (desigualdad total), y su aumento indica un retroceso en la equidad de ingresos en el país.
Según el organismo oficial la brecha de ingresos entre el 10% de la población del país con mayores ingresos y el 10% con menores ingresos se mantuvo en 14 veces, lo que significa que aquellos que permanecen en el decil más alto ganan, en promedio, 14 veces más que los del decil más bajo.
Con estos datos, la Argentina se suma al cada vez más numeroso grupo de países que muestran marcadas diferencias entre los niveles de renta, capitales o patrimonio entre personas que están en los extremos de la pirámide social. Organismos internacionales como el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), insospechados de promover medidas populistas, publicaron varios informes en los que recomiendan a los gobiernos prestar más atención al fenómeno de la creciente desigualdad que se ha acelerado a nivel global. Incluso publicaciones como The Economist o Financial Times, pusieron la lupa sobre el problema, instando a adoptar medidas para achicar la brecha. También el economista y politólogo británico, James A. Robinson –coautor del libro Por qué fracasan los países– advierte que, con el paso del tiempo, demasiada desigualdad se transforma en un factor que se vuelve muy corrosivo para la sociedad. Según Robinson, es la actividad política la que debe comprometerse a revertir esa grave situación ya que, en su opinión, el proceso político es el que crea la estructura económica de las sociedades.
Un documento publicado el año pasado por la OCDE en el que se aborda el complejo problema de la pobreza en distintos países señala que, en el caso de Argentina, un niño que nace en un hogar de muy bajos recursos necesitaría al menos seis generaciones para poder escapar de la trampa de la pobreza. Según los últimos datos aportados por el Indec, la pobreza alcanzó al 52,9% de la población argentina en el primer semestre de 2024, un aumento de 12,8 puntos porcentuales con respecto a los datos de igual período de 2023 (40,1%). En tanto, la indigencia pasó del 9,3% en 2023 al 18,1%. Pero hay una cifra que duele más: el 66,1% de los niños y niñas menores de 14 años en nuestro país es pobre. Según los historiadores, una realidad muy distinta vivió el país hasta 1974. Ese año el porcentaje de la población que vivía por debajo de la línea de la pobreza no superaba el 8 por ciento y el desempleo estaba por debajo del 3 por ciento. Para algunos economistas, el deterioro comenzó con el modelo de fuerte reducción de la capacidad industrial del país que impuso la dictadura en 1976 y que inauguró un período de gran retroceso para amplios sectores de la población a los que empujó a una zona de subsistencia. Con el regreso de la democracia, en 1983, las esperanzas estaban puestas en una dirigencia que, se suponía, estaba preparada para rescatar a millones de ciudadanos argentinos de la pobreza.
Pero, lamentablemente, a cuatro décadas que aquella primavera democrática la situación se agravó aún más para buena parte de la población y la estructura social de la Argentina –que supo tener la clase media más dinámica de América Latina– actualmente se parece cada vez más a la de otros países de la región que se caracterizan por su marcada desigualdad. Y como si eso fuera poco, las familias de más bajos ingresos hoy se ven obligadas a endeudarse para llegar a fin de mes. Está demostrado que un aumento en la desigualdad puede limitar las oportunidades para los grupos menos favorecidos de una comunidad, afectando negativamente la movilidad social y, en consecuencia, el crecimiento económico a largo plazo. La enorme disparidad de recursos y oportunidades entre distintos grupos de la sociedad tiende a generar un círculo vicioso que se perpetúa, provocando fracturas donde debería haber entendimiento, acuerdos, puentes y cooperación.
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