Las vacunas y el efecto rebaño
Desde que el médico inglés, Edward Jenner, desarrolló la primera vacuna contra la viruela en 1796 y hasta estos días, la humanidad se ha beneficiado enormemente de las campañas públicas de inmunización. Los datos son contundentes: gracias a las vacunas la esperanza de vida promedio en todo el mundo mejoró tanto que, mientras que en 1900 era de casi 40 años, hoy está por encima de los 77.
Esta mejora fue posible, en gran medida, por el "efecto rebaño", conocido también como inmunidad de rebaño o inmunidad colectiva. Así es como se denomina a la protección indirecta que se produce cuando un número suficiente de personas en una población son inmunes a una enfermedad, generalmente a través de la vacunación. Esto dificulta la propagación de la enfermedad, ya que reduce el número de personas susceptibles a la infección. Por eso se afirma que después del agua que es apta para consumo humano, la vacunación es la intervención de salud pública que más ha logrado reducir las muertes por enfermedades en todo el mundo.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, hay personas adultas que desconfían de las vacunas y por eso deciden, por ejemplo, no vacunar a sus hijos. En un caso reciente ocurrido en la localidad de General Roca, Río Negro, los padres de un recién nacido se negaron a que su hijo recibiera las vacunas obligatorias contra la hepatitis B y la vitamina K. Esta decisión llevó a los médicos de la clínica donde nació el bebé a acudir a la justicia para resolver el conflicto, argumentando que la vacunación es esencial para la salud del niño y la comunidad.
La historia siguió con una jueza de familia que emitió un fallo obligando a los padres a cumplir con el calendario de vacunación nacional, enfatizando el interés superior del niño y la protección de un interés social más amplio. Otra historia que refleja la importancia de la vacunación infantil es la que se registró en febrero de 2019 en Costa Rica, cuando un niño francés de cinco años llegó al país centroamericano de vacaciones con sus padres.
Como el pequeño no estaba vacunado contra el sarampión, contrajo la enfermedad en Francia. Y al llegar a Costa Rica volvió a introducir el sarampión en un país que no registraba un caso autóctono desde 2006 y ninguno importado desde 2014. El episodio dio lugar a una serie de debates sobre la controvertida decisión de algunos padres de no vacunar a sus niños.
Por lo general, las personas que se declaran antivacunas sostienen que también se puede alcanzar la inmunidad de rebaño a través de infecciones masivas en lugar de las campañas públicas de vacunación. Lo que no dicen es que esa opción tendría un costo enorme en vidas humanas. Es que permitir la propagación sin restricciones podría resultar en millones de infecciones graves y cientos de miles de muertes, incluso excluyendo a los grupos de mayor riesgo.
Además, las ciudades tendrían que enfrentar una oleada masiva de infecciones graves que sobrepasaría en poco tiempo la capacidad de los sistemas de salud, dejando sin atención médica adecuada a millones de personas y provocando más muertes evitables. Pero eso no es todo, también la sociedad se expondría a mutaciones y variantes más peligrosas de los virus, porque mientras más se propague un virus, mayores son las oportunidades de que mute y genere variantes más contagiosas o letales. Esto podría hacer que la enfermedad sea más difícil de controlar incluso para las personas previamente infectadas o vacunadas.
Por otro lado, la inmunidad natural tras la infección podría ser incompleta y disminuir con el tiempo, dejando a las personas vulnerables a reinfecciones. Además, no todas las personas desarrollan anticuerpos protectores tras la infección. Incluso si se alcanza un alto nivel de inmunidad en la población general, las personas que no pueden vacunarse por razones médicas o que no responden bien a las vacunas seguirán en riesgo, como bebés, inmunodeprimidos y alérgicos a los componentes de las vacunas.
A lo largo de dos siglos se comprobó que la inmunidad de rebaño a través de infecciones masivas es un camino extremadamente peligroso y costoso y que las vacunas, nos gusten o no los pinchazos, son la herramienta más segura y efectiva para alcanzar este objetivo de manera controlada y con los menores riesgos posibles para la población.
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