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Poder político sin política

La previsible carencia del gobierno de Javier Milei de un know how en materia de gestión, entendida esta como bastante más que los aspectos meramente administrativos y formales del accionar de una estructura oficial, más la estrategia del kirchnerismo de desentenderse por completo de la catástrofe económica y social del país, instaló la insólita circunstancia de un poder político en el que la política está ausente. No asoma ni para abrirle camino a las medidas que el Poder Ejecutivo considera necesarias ni para que la principal fuerza de oposición plantee alternativas serias.

El asunto podría ser una extravagancia más de nuestro peculiar perfil nacional, pero es algo mucho más grave que eso, por la magnitud de la crisis que afronta la Argentina, producto de una sucesión de errores -buena parte de ellos deliberados- que conformaron una corteza terrestre sólida. Es el suelo que pisamos. Cortada transversalmente permite detectar varias capas tectónicas de fracasos lejanos y recientes.

TODO PASA

Las elecciones del año pasado admitían interpretaciones y lecturas ilimitadas. Una en la que podríamos coincidir todos es que el triunfo de Milei fue exactamente lo que el kirchnerismo advertía: un salto al vacío. Lo que el peronismo no supo captar fue que para el grueso de la población eso era justamente lo más atractivo del candidato libertario. Era salir de lo conocido. Hacia donde fuera, con tal de dejar atrás todo aquello que nos había llevado a ser un país roto.

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Milei ganó con nada; incluso con menos que eso. Ganó prometiendo lo que nadie prometería en una campaña electoral, un ajuste, compitiendo sin estructura contra una de las tres corporaciones políticas más importantes de América Latina, que llevaba como candidato a un ministro de Economía al que no le temblaron las pestañas para quemar miles de millones de dólares del Estado en su intento de llegar a la presidencia.

Semejante sismo parecía destinado a generar todo un reacomodamiento de la política nacional, pero no fue así. Cristina Kirchner sigue escribiendo tuits como si no tuviera nada que ver con el desastre heredado por el actual gobierno, y debajo de ella nadie de peso se atreve a contradecirla. Hoy por hoy el único plan de la dirigencia peronista es que el peso del ajuste expulse a Milei de la Rosada para así tener la chance de volver a ser ante los ojos de la ciudadanía (como tras el derrumbe de De la Rúa; como tras el fracaso de Macri) el mal menor. 

ACTUALIZACIÓN INTERMINABLE

Lo que sucede con el justicialismo es algo parecido a esas actualizaciones interminables de los viejos equipos informáticos. El ícono gira en el centro de la pantalla del monitor y ninguna cosa nueva pasa. La humillación electoral de 2023 debería haber desatado un proceso interno de recambio y generado el pase a retiro de los principales responsables de la derrota, pero nada de eso ha sucedido. 

A la vez, uno podría aferrarse con uñas y dientes a su lugar -pequeño o grande- en el mapa de los liderazgos, pero conceder al menos un gesto de culpa. Una admisión de fallas, una aceptación de que las cosas salieron mal, siquiera un atisbo de reconocimiento de que uno también metió mano en el timón a la hora de definir la dirección del Titanic. Pero no: cero. En el orden nacional, en el Chaco, en todas partes, los responsables se perciben inocentes. Así, las periódicas cartas de Cristina se parecen, en cierto plano, a las de Marcela Acuña.

Algo que se disimula bastante bien es que todo esto representa un favor invalorable a la suerte de la gestión Milei. Los consultores que exploran la opinión pública dicen que entre quienes todavía bancan al presidente la principal motivación es que prefieren este ajuste antes que el regreso de CFK y el resto de la Locademia.

LA OTRA POBREZA

Hay gente que se alegra de la infertilidad del PJ para dar a luz nuevos liderazgos y, sobre todo, nuevas ideas, pero en realidad estas condiciones empobrecen. Más allá de las distorsiones y vicios, de la manera en que se aprovechó el barniz de lo popular para devastar bienes y valores de las clase media y baja, el peronismo tiene -desde su esencia histórica- el potencial de poner en la olla de la discusión general una mirada de defensa del trabajo y la producción que estuvo en su génesis, pero desapareció con la muerte de Perón. Los herederos actuales del General reemplazaron el ideal de una nación desarrollada, por la zanahoria del pase a planta y la ayuda social. El único homenaje que le rinden al sueño industrialista del creador del movimiento es un desprecio automático, no muy razonado, por la actividad primaria rural.

Hay que decir, en descargo del kirchnerismo, que nuestro país no se caracterizó por ir detrás de un proyecto nacional período tras período. Eso existió en el siglo XIX, y la puja por cuál modelo iba a llevarse adelante estuvo detrás de las guerras internas en nuestro territorio tras la liberación del dominio español. Los líderes de aquellos tiempos pueden ser cuestionados por sus ideas y por la manera en que intentaban convertirlas en hechos, pero lo que no se les puede discutir es que muchos de ellos, estuvieran en una vereda o en la otra, pensaban en grande. 

CONVENIENTES

En el siglo pasado, el radicalismo yrigoyenista se centró en dejar atrás las décadas de fraude electoral y exclusión social, pero estaba más claro qué es lo que no se quería ser que el camino por el que se deseaba andar. Luego, la década infame y después la aparición de Perón. El golpe del 55 cortó la idea de desarrollar una industria pesada propia. Arturo Frondizi llegó en el 58 con una idea de Estado moderno, incentivador de inversiones privadas, pero padecía una debilidad política insalvable. En los 70, un breve Perón burlándose de la "patria socialista". Luego, la fantasmal Isabel, y la dictadura que sí llegó con proyecto propio: destruyó el aparato productivo nacional, con particular ensañamiento por el sistema cooperativo.

La democracia nunca tuvo un norte. O planteó tantos, y tan fugaces, que fue lo mismo que nada. Hasta Menem y Cavallo, que reformaron mucho, pero parecían más cerca de la teoría de la factoría próspera que del viejo sueño de los próceres de Mayo. Lo demás, salvo pequeñas islas temporales, ya fue gobernar pensando en las elecciones siguientes y no en lo que era necesario hacer.

Milei, hoy, parece tener una idea que nunca termina de ser expuesta del todo. Vemos partes a través de una cerradura que, para colmo, se mueve. El presidente suele hablar más de un modelo de Estado (o de no Estado, para ser más fiel a sus afirmaciones públicas) que de un modelo de país. Es un gobierno que retoca todo sobre la marcha. No es algo necesariamente malo, pero es confuso. Mucho más con referentes que hacen de las redes sociales su Biblia. Hay tan poca política en la administración que Guillermo Francos, por el simple hecho de hablar con figuras de todos los sectores, es el 10 del equipo. Hay tan poca política en la oposición que Cristina y Alberto Fernández dan periódicas clases sobre cómo gobernar. Es un partido de pocos en el que, paradójicamente, todos se convienen recíprocamente.

Un tironeo mezquino, mientras sigue desplegándose el peor momento del último siglo y medio de historia.

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