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Tormenta perfecta y radares apagados

Por detrás del escenario cotidiano en el que desfilan las imágenes de la crisis económica y la pasión argentina por el enfrentamiento, pasan otras cosas. Algunas baladíes, otras acuciantes. Entre estas últimas, una realidad cada vez más dramática para una franja inmensa de niños y adolescentes en nuestro país y en nuestra provincia.

¿De qué hablamos? De la tormenta perfecta que para muchos de ellos combina pobreza, adicciones y acceso a pésimos servicios educativos. Son tres dimensiones de un problema que, aunque suene trillado, mutila de un modo difícil de estimar -pero seguramente importante- las chances a futuro de una recomposición social verdadera.

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ESPANTO

Desde hace años se vienen encendiendo luces de alerta, y los datos sobran. En la Argentina seis de cada diez niños y adolescentes escolarizados son pobres, y cuando las estadísticas se actualicen seguramente ese panorama empeorará. En las escuelas públicas, la proporción sube a 7 de cada 10. Surge de un informe basado en relevamientos del segundo semestre de 2023, realizado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (que depende la Universidad Católica Argentina). El trabajo también revela que el 16,2% de los alumnos argentinos se encuentran en situación de indigencia. Es decir, pasa hambre.

En cuanto a la calidad de la educación que reciben los chicos, hemos venido reproduciendo numerosas cifras que retratan de manera descarnada de qué manera la escuela perdió, en gran medida, su esencia. Los chicos, simplemente, no aprenden. Los que lo hacen son casi una excepción.

El Observatorio Argentinos por la Educación, en diferentes reportes difundidos en los últimos años, viene marcando la gravedad del problema. Solo por dar algunos datos sueltos: el 46% de los chicos de tercer grado no comprende lo que lee, y un estudio de 2022 mostró que solo 16 de cada 100 estudiantes que comienzan el nivel primario llegan al final de la secundaria en el tiempo previsto (doce años) y con suficientes conocimientos de Lengua y Matemática. En el Chaco, la marca era todavía más escandalosa: solo 5 de cada cien chicos. "El análisis integrado de los datos educativos muestra con claridad dos caras del sistema: no logra que todos los estudiantes terminen la educación obligatoria y no logra los aprendizajes suficientes", dijo Sergio España, uno de los autores de la investigación. Según los resultados las pruebas PISA conocidos a finales del año pasado, siete de cada diez chicos que terminan el colegio no logran resolver problemas matemáticos básicos.

Por si faltara algo, el sistema educativo también dejó de ser un factor de integración social. Cada vez más hay una brecha entre chicos cuyos padres están en condiciones económicas de brindarles una educación escolar aceptable y aquellos que no. Por ejemplo, en el dato sobre falta de comprensión de lectura por parte de chicos de tercer grado, el promedio fue del 46% pero en los alumnos de familias ubicadas en el tercil socioeconómico de menores ingresos el problema tenía un pico del 61,5%, mientras que caía al 26,3 en los estudiantes de familias situadas en el tercil más acomodado. Esa desigualdad, dicen los especialistas, potenciará en el futuro la brecha de ingresos entre clases sociales.

FUERA DE FOCO

En 2017, la Secretaría de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) presentó un estudio de consumo de sustancias psicoactivas que ya registraba un panorama alarmante, en la población en general y en la niñez y adolescencia en particular. Se basó en una encuesta de la que participaron 20.658 personas de entre 12 y 65 años de edad.

Entre los resultados salientes se pueden mencionar: el 50% de los menores encuestados dijo que había bebido alcohol en los treinta días previos, y en cuanto al consumo de drogas, en comparación a 2010, se duplicó el porcentaje de niños y adolescentes que consideraba que no es riesgoso fumar marihuana alguna vez. A la vez, en ese momento se había triplicado la cantidad de jóvenes que declaraba haber probado cocaína alguna vez.

Algo que también mencionaba la investigación era que los preadolescentes y adolescentes afirmaban tener un fácil acceso a drogas en caso de desear consumirlas. Más de la mitad dijo que podía conseguir cocaína en menos de 24 horas si tuviera que comprarla.

En la franja de chicos de 12 a 17 años, el 40% dijo tener dos o más amigos que se emborrachaban con frecuencia y más del 25% dijo tener dos o más amigos que consumían drogas. El entonces titular de Sedronar, Roberto Moro, dijo que esa franja, la de 12-17 años, era la que había registrado el mayor incremento en los consumos problemáticos.

ONDAS

Como sucede en todo el mundo, las cifras no mejoraron, sino todo lo contrario. Más cerca en el tiempo que aquel estudio de 2017, en noviembre de 2022, la Sociedad Argentina de Pediatría difundió una declaración urgiendo a que el Estado tomara un rol más activo frente al incremento de las adicciones en edades tempranas. Allí advertían que los médicos se encontraban cada vez más con chicos complicados por consumos de alcohol, tabaco, energizantes, marihuana y otras sustancias.

La marihuana en particular es un problema de características específicas. La droga viene siendo romantizada por artistas, figuras del espectáculo y otros referentes juveniles, y hablar en contra de su consumo ya es casi políticamente incorrecto. Sin embargo, es una fuente importante de daños, y muchas veces la puerta de entrada más ancha hacia consumos todavía más perjudiciales.  "Es una de las drogas más consumidas a nivel mundial. Su aumento se relaciona con la desinformación respecto de los efectos que puede producir a corto y largo plazo. En niños, niñas y adolescentes pueden aparecer síntomas psicóticos, alteraciones cardiovasculares y alteraciones del neurodesarrollo, alteraciones de la memoria, de la concentración e incluso, cuando se usa en forma crónica, puede producir ‘anhedonia’, que es la incapacidad de poder disfrutar de las actividades o situaciones que en el pasado sí resultaban placenteras", dijo la médica María Eugenia Braschi, integrante de la SAP.

DICHOS Y HECHOS

Lo preocupante es que, frente a esta realidad, los gobiernos vienen actuando como si nada de todo esto estuviera pasando. La resolución de la pobreza no fue en las últimas décadas una prioridad; el desastre educativo acaba reducido a la discusión salarial en cada provincia con los gremios docentes y algunas reformas tibias; y el avance de las adicciones no tiene enfrente políticas que le hagan frente, ni en cuanto a las vulnerabilidades sociales e individuales que las alimentan ni en lo atinente al poderío de las organizaciones criminales que viven de ellas. Los discursos dicen una cosa, pero los hechos (o la ausencia de ellos) dicen otra.

Quizá la superación paulatina de los asuntos más urgentes del país, si eso ocurriera, permita que los temas de fondo adquieran visibilidad y atención. Puede que ocurra, puede que no. Pero mientras tanto todo esto sucede, y mañana no habremos de cosechar ninguna otra cosa más que lo que hayamos sembrado.

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