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¿Dónde están los partidos?

Unos diez días atrás, al presentar los resultados de un relevamiento de opinión pública sobre el gobierno y las principales figuras políticas, el consultor Jorge Giacobbe se salió de libreto en un canal de TV y dio su propia impresión sobre por qué perduran jefaturas políticas viejas, difíciles de comprender cuando lo que encabezaron esos caciques no fueron períodos virtuosos del país, sino capítulos de un largo y rotundo fracaso. Entonces, ¿por qué siguen siendo personajes referenciales? "Porque esos liderazgos coexistieron con generaciones de dirigentes cagones que no se animaron a plantear una alternativa", fue -palabras más, palabras menos- la reflexión del encuestador. Hay que ser muy necio para no darle la razón.

Si uno lo piensa más, advierte que esa ausencia de un proceso permanente de renovación está dentro de un fenómeno mayor, que es la virtual extinción de los partidos políticos como tales. Aunque la teoría básica de la ciencia política enseña que las fuerzas partidarias, en cualquier democracia, cumplen un rol organizador de la diversidad de ideas y proyectos que conviven en una sociedad, en nuestro país y en nuestra provincia lo han resignado.

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BISAGRA INVISIBLE

Como todo asunto que se instala con una progresión lenta, pero persistente es difícil saber en qué momento los partidos dejaron de ser lo que eran. En el tiempo inmediato anterior al fin de la dictadura eran espacios en ebullición. Los viejos dirigentes volvían al ruedo y una juventud entusiasta buscaba involucrarse. También, una generación intermedia a la que el terrorismo de izquierda y de derecha de los 70 y el régimen castrense privaron de una experiencia democrática real.

Esa euforia siguió cuando el Estado de Derecho se reinstaló. Había mucho de idealización y una inmensa fe en que el fin de la tiranía abría un tiempo de paz y progreso colectivo. Porque la dictadura no solo asesinó y persiguió, también le dio a la clase media los golpes más duros desde mediados de los 40, cuando el peronismo la convirtió en la franja social predominante y la hizo sentirse protagonista. Después, ya en democracia, la clase política, en términos económicos, lo haría aún peor. El índice nacional actual de pobreza duplica más que al de 1983.

La Argentina se habituó a vivir en crisis. Y en ellas, como se sabe, el individualismo se propaga como una peste. Se combinó con esa asombrosa inclinación argentina hacia la ventaja ilegal y el beneficio tramposo. La actividad política, un día, dejó de parecerse a lo que creíamos. Empezó a ser el territorio ideal para la avivada, el acomodo, un lugar en el que convenía más la falta de escrúpulos del trepador que la capacidad y las buenas intenciones.

LA ERA DEL PUNTERO

El militante quedó superado por el puntero. El militante trabaja, lucha por un ideal. Su bandera quizá es errónea, pero el militante la defiende por convicción. No espera a cambio una recompensa material, porque lo que el militante busca es que su proyecto triunfe, que su idea se convierta en la de la mayoría. El puntero primero pregunta qué hay a cambio y si la respuesta lo satisface, recién entonces pregunta cuál es la bandera que hay que levantar.

La política se volvió una cuestión de dinero. Es imposible participar en las peleas importantes sin tener millones para gastar. En logística, en difusión, en despliegue. También en punteros, claro. No es solo culpa de los dirigentes, también lo es de la sociedad. "Si a una reunión con vecinos de un barrio o de un pueblo llegás en un auto destartalado, eso no te prestigia. Más bien lo contrario: te miran como diciendo ‘¿y a este seco lo tenemos que escuchar?’", contaba alguna vez un dirigente clase B.

Los partidos se fueron vaciando. El peronismo se pasó los 16 años recientes de estadía en el poder sin vida interna en el PJ. Solo reuniones formales, más las agitaciones propias de cada período de armado de listas, y punto. Hubo más vibración en el mini museo de la esquina de Mitre y Rivadavia que en el resto de la estructura. Jorge Capitanich decidía todo. Entonces, ¿para qué discutir el rumbo de la gestión, el perfil de la propuesta ante cada cita con las urnas, la esencia de la acción, el sentido del poder?

Con el radicalismo sucedió algo parecido. El dominio de doce años iniciado por Ángel Rozas en 1995 le puso llave al debate interno real.

Por supuesto que a quienes prefieren ser caudillos y no estadistas, la fórmula les encanta. ¿Por qué tener que bajar a la Tierra para discutir con los mortales? 

EN EL FREEZER

Lo sorprendente de los dos ejemplos citados es que el congelamiento de la discusión partidaria puertas adentro no se dio por la existencia de un consenso pleno con el accionar de ambos líderes. Por el contrario, tanto Rozas como Capitanich eran criticados por sus primeras, segundas y terceras líneas, pero las objeciones jamás se hacían públicas. Siempre eran en estricto off. Algo entendible, por los códigos y las normas de subsistencia en cualquier carrera política. Lo sugestivo es que -salvo escasísimas excepciones- tampoco se planteaban en privado. Primera regla del manual del dirigente: hay que aplaudir al jefe hasta cuando uno quisiera silbar. Es un derivado de la primera regla del jefe: el que no aplaude es un traidor en potencia.

El tema es que, tarde o temprano, el 10 erra un penal y el equipo se tiene que volver a casa. Es entonces cuando se mira alrededor y no hay nada nuevo que haya crecido a la sombra del ídolo. Capitanich, desde su primera candidatura a la gobernación, lleva 25 años siendo la figura más importante del PJ, aunque, lógicamente, fue a partir de 2007 que se tornó un indiscutible. Ahora, dentro del peronismo, se considera reservada para él la primera candidatura a senador del año que viene, para un mandato 2025-2031 en el Congreso. 

En el caso de Rozas, desde 1994, cuando le ganó la interna a Luis León (el viejo caudillo de la UCR provincial), y más aún desde el 95 cuando ganó la gobernación, tuvo dentro del partido oposiciones apenas simbólicas. Recién ahora, con su batacazo de 2023, Leandro Zdero inicia una era propia. Hasta el momento, sin grandes cambios en cuanto a lo partidario. Difícilmente sea diferente a lo visto antes. Los partidos se habituaron a ser apéndices menores del gobierno cuando están en el poder y salas de espera cuando bajan al llano, y la mística se queda sin cupo en la tarjeta de crédito.

¿QUÉ SIGUE?

No es, para nada, un fenómeno propio del Chaco. El peronismo sigue atado a los guiones de Cristina Kirchner, aunque no supere el 30% de imagen positiva, y en la oposición el PRO, más allá de algunas grietas, continúa reconociendo como principal referente a Mauricio Macri. Perduran como si hubiesen encabezado gestiones brillantes. Pero no: contribuyeron a una decadencia sin precedentes, que permitió la llegada a la Casa Rosada de un hombre con un par de años de carrera política, sin partido, casi sin equipo. 

Milei es la expresión mayor de la desaparición (definitiva o provisoria, es imposible saberlo) de los partidos tal como los hemos conocido. Y a pesar de la soledad visible con la que vive el poder, conserva -según la encuesta más reciente de Giacobbe- más de 58% de imagen positiva y un 53% de la población dice estar dispuesta a soportar un año o más la actual situación económica. Es la foto de un estado de ánimo, no un contrato. Puede cambiar en la próxima boleta de luz. Pero mientras tanto, Milei, el presidente sin partido, surfea sobre un alto índice de consenso a pesar de estar aplicando un ajuste cruento. 

La realidad casi que ni es buena ni mala. Es lo que es. Pero en un país quebrado en todos los aspectos -el económico, el social, el moral-, podría ser una buena noticia que los partidos vuelvan, como los lentos, y ayuden a que las buenas ideas, los buenos proyectos, valgan más que los nombres propios. Este sistema de druidas e iluminados, de imprescindibles que no hacen tanta falta como nos suelen hacer creer, necesita otra cosa.

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