Ángeles de Dios
Mi amistad con Ángeles data de muchos años. Nos conocimos en la Ciudad de Resistencia, una ciudad calurosa, atravesada por árboles generosos, donde el trabajo identifica a sus habitantes. A los pocos meses de estar, tuve que trasladarme a Las Breñas, un pueblo del interior del Chaco, custodia de la memoria del inmigrante. Allí todos los años se festeja su día, en el que todo el pueblo se reúne a comer y brindar. La elección no es arbitraria, es el lugar donde a comienzos del siglo XX se radicaron colectividades venidas de distintos centros europeos. Rusos, polacos, alemanes, españoles, italianos, checoslovacos, rumanos…y se encontraron con unos pocos criollos residentes, algunos terratenientes, quienes no dejaban atravesar sus dominios bajo pena de muerte, y a pueblos originarios en vías de ser extinguidos por el ejército, 45 grados a la sombra y un viento norte capaz de arrasar con todas las buenas intenciones.
Tuve la suerte de conocer algunos de estos inmigrantes que llegaron siendo niños –y me contaron– que desembarcaron con sus padres en el puerto de Buenos Aires y los llevaron directamente al Hotel de Inmigrantes, y de allí a la estación Retiro y los subieron al tren. Dos o tres días de trocha angosta y los bajaron en el monte chaqueño… Un viejo médico de las Breñas, el doctor Michoff, me contó que llegó con sus padres cuando tenía 12 años de edad y que debido a su fuerte contextura fue destinado a cargar al hombro –único medio posible– una bolsa de harina, una vez por mes desde el puesto más cercano.
Ángeles también fue descendiente de la inmigración vasca. Martina, el esposo de Ángeles contaba que su abuelo, que llegó del Fiuli siendo joven, también caminaba varios kilómetros para poder leer un diario, y así poder enterarse medianamente, lo que ocurría en Europa. Un recuerdo que quedó registrado en mi memoria es el espíritu que reinaba entre los habitantes de las Breñas, un pueblo situado a pocos kilómetros de Resistencia, en el que todos, de distintas nacionalidades, religiones e ideas políticas, se unían y colaboraban, ya sea un trabajo manual, ayuda social o económica.
Estos hechos, y otros más, me vincularon a Ángeles, quien era asistente social y procuradora egresada de la Facultad de Derecho de la UNNE. Tenía mucha experiencia de campo por sus recorridos por villa y ciudades del interior de la provincia. En nuestros encuentros me contaba sus historias. Aún me parece verla, parada frente a mí dramatizando e imitando las lenguas extranjeras. De ella emanaba energía, convicción, honestidad y mucho humor. Una de sus tareas era tratar de conectar a inmigrantes europeos o a sus descendientes con sus familiares residentes en Europa, mediante el programa del Servicio Social Internacional, donde trabajó como voluntaria durante más de una década; recorría la provincia , visitaba ranchos, archivos, hospitales, centros policiales. Luego escribió sus historias, como parte de esa búsqueda incesante que significó su vida.
Ángeles fue una luz en mi experiencia de vida, una experiencia que hoy quisiera compartir con ustedes. Entre las historias de vida escrita por ella he seleccionado: Antígona en Auschwitz (Relato fragmentado y adaptado, perteneciente a una señora sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, publicado en el libro Mujeres inmigrantes. Historias de vida. (Dunnken 2002, de Angeles de Dios de Martina). Cuando recuerdo a Irene, pienso en Antígona. De hecho, su vida fue una tragedia de este siglo, en realidad, del pasado siglo XX, una mujer de solo 17 años nacida en Polonia, que a esa edad, junto con su hermana y sobrina fue reportada a los campos de exterminio. La conocí hace más de una década, me parece ver aún esos ojos claros y dulces, hasta alegres, cuando la visité en su casa para que me contara su historia. Su relato fue denso, desde un principio conmovedor, llegado de otro mundo, casi irreal. Y era o fue así de otro mundo. Irene hablaba, daba detalles, mostró su brazo marcado con un número, contaba acerca de sus días y sus noches en ese infierno, también de sus sueños y hasta la esperanza de sobrevivir. Después de esas entrevistas, me costaba conciliar el sueño, las imágenes del relato se superponían en mi mente confusamente. Para poder acompañar esa historia, comencé a leer intensamente testimonios de otros sobrevivientes, ensayos, diversos exterminios, veía películas que de algún modo intentaran reflejar la vida en los campos de exterminio, y así, acudía sobrecogida a su casa cada vez que lo acordábamos. Cuando intento retomar el diálogo de los días anteriores le contaba acerca de esas lecturas o film que había visto, ella me miraba con una dulce sonrisa, tal vez con incredulidad y extrañeza. No sabría decir que otro sentimiento sentiría. Me decía: las películas no podrán nunca reflejar el sufrimiento que a pasamos, la vida en los pabellones, las humillaciones, el hambre, el frio. Todo eso es una pálida imagen de lo que pasó. Irene estuvo en Auschwitz, la antesala de la muerte, unos meses. Un tiempo de horror, de extrema angustia, del avance de la locura del hombre sobre los hombres, del desasosiego y desesperanza de quienes lo sufrieron. Allí, cuenta mi protagonista fue seleccionada por el médico Josef Mengele, llamado el ángel de la muerte, entre otras mujeres. Mostraron sus cuerpos desnudos, jóvenes o con huellas del paso del tiempo, y así decidían si pasaban a los crematorios o podrían realizar trabajos. ¿Sentiría Irene, esta nueva Antígona, vergüenza de mostrar su cuerpo desnudo ante la mirada inquisidora del médico? -¿Vergüenza?, me respondió, - ¡No! ¡eramos tantas…! No nos miraban como a mujeres, solo como a una cosa. En en ese momento no sentíamos nada, eramos como de piedra. Irene como Antígona, fue separada de los suyos. En un tren, fueron trasladadas al campo de concentración, donde a su ingreso, podían leer en grandes letras de hierro: Arbeit mach frei- El trabajo hace libre- Supe después que ese anuncio había sido fabricado por prisioneros polacos por orden de nazis alemanes. Barracas de madera serían su alojamiento. En el patio,- continuaba Irene recordando-, quinientas mujeres, tiradas en el suelo, se abrazaban y sólo atinaban a rezar como n la infancia: ¡Smay Israel! ¡Dios nos proteja! Por la noche, el cielo se tornaba rojo por el fuego proveniente de las cercanas chimeneas que humeaban en siniestros arabescos hacia el cielo. El lugar olía a carne humana quemada. ¿Que recordaría ella de su infancia, de su casa y su familia? Irene Shwimmer, de nacido en la ciudad de Lodz, en Polonia, el 5 de agosto de 1926. En su cautiverio, por las noches, cerraba los ojos y pensaba en su gente, parecía – me confesó-, que de este modo recibía la protección llegada desde lejos. Las hermanas no informaron acerca del parentesco que las unía. En el campo no estaba permitida la convivencia con otros familiares. Pasó el tiempo, las mujeres jóvenes fueron llevadas a trabajar a una fábrica de armamento militar en Chopov, cercana a Dresde. Viaje penoso, en tren, donde el frío traspasaba las maderas del vagón mientras sus cuerpos se daban calor unos a otros. Extremadamente delgadas y débiles fueron a ese destino. La actividad fabril era permanente, las veinticuatro horas del día estaban destinadas a la producción. Nadie decía sentirse mal, no demostraban flaqueza ni cansancio, en lo posible; algunas coloreaban sus mejillas con cáscaras de remolacha para aparentar salud y fortaleza. Las enfermas eran eliminadas. Para ese tiempo, las mujeres ya no menstruaban. Decían entre ellas, que al parecer, una sustancia agregada al café, hacía inhibir el flujo sanguíneo. Las horas de trabajo y la deficiente alimentación hicieron el resto: disentería, fiebre tifoidea o aftosa humana mostraban rostros invadidos por esas condiciones de vida. La falta de higiene, el hacinamiento y el exceso de trabajo, agudizo las condiciones de vida. ¡Como no compararte Irene con Antígona! Tu rebeldía interior, la fuerza que pudieras conservar en esas condiciones infrahumanas. ¿De dónde venían tus ganas de vivir, de soñar?. Me parece recordar el clamor de la heroína de Tebas "¡Lloro sin consuelo, ay de mi, por el mas desgraciado de los destinos!". Y así continuaba el relato de Irene, cada día que pasaba era más dramático. Las tardes en que la visitaba, me llenaba de creciente zozobra mientras la escuchaba, y desorientada y afligida volvía a mis cosas. Del tiempo del cautiverio pasó un año. Irene y sus compañeras de prisión y de trabajo como obreras el la fábrica era monótono, sin esperanzas de regresar con vida. Un día comenzaron los bombardeos que escuchaban a lo lejos, otras veces más cercanos . Parecía que la güera se perdía para los alemanes. Solo escuchaban rumores. Pero el 8 de mayo de 1945, llegó la liberación con las tropas rusas. Irene sobrevivió a la Shoá. Marcho a París con su marido, a quien conoció en esas circunstancias, escapado del campo de exterminio de Treblinka. Fue el encuentro entre dos sobrevivientes vueltos a nacer, ilusionados con la vida. Mas adelante, desde marzo de 1949 se instalaron en Argentina, en momentos difíciles por la política inmigratoria para el ingreso de los judíos. La ayuda de un familiar radicado en el Chaco, permitió a Irene y a su esposo Manuel. Instalarse en Resistencia. Aquí formó su familia. Irene tiene ahora 86 años, dos hijos nietos y posiblemente bisnietos. Ella aún sonríe cuando la encuentro. Suele concurrir a una confitería del centro. Observa todo con curiosidad e interés. Su presencia no pasa desapercibida. Aún conserva rastros de su belleza juvenil. Coqueta y arreglada en su aspecto personal, me parece ver paz en su mirada. Sin embargo ha dicho y con razón: "Este dolor no se borra". Hace un tiempo dio nuevamente su testimonio de aquellos años en un diario local, en una fotografía muestra su brazo de piel muy blanca donde se lee: "A 21290". Irene y yo continuamos por caminos distintos . Hoy quiero decirle que desde aquellos años en que conocí su historia he mirado y sentido la vida de otra forma. No olvido su doliente relato. Por eso la ha comparado con la heroína de la tragedia de Antigona, y al leer en esa nota, la valentía con la que cuenta esa etapa de su vida, de lo irracional y el martirio que ha pasado, me parece interpretar su mensaje, tal cual como se escribió hace varios siglos: "Difunde esta historia, comunicala a todos; solo me detendré en mi propósito si me quedo sin vida". Ángeles de Dios de Martina.

Biografía
Ángeles de Dios de Martina nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, el 24 de marzo de 1938. Se radicó en el Chaco en 1960. Se recibió de asistente social y procuradora egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). En ambas profesiones trabajó en organismos provinciales e internacionales. Publicó Vascos en el Chaco. Historias de Vida (1999); Mujeres inmigrantes. Historias de Vida (2002) y Mario Chapo Bortagaray. Un visionario de la medicina (2006). Recibió el Premio Andrés de Irujo 2003 del Gobierno Vasco por su obra "Santiago Ibarra: Historia de un inmigrante vasco" y Premio Provincia del Chaco "Ramón de las Mercedes Tissera", por Santiago Ibarra. Ensayo Histórico sobre la vida de un inmigrante vasco (2002). Colaboró con la Revista electrónica de Cultura Vasca Euskonews y con la Enciclopedia Bernardo Entornés Lasa de San Sebastián. Ha escrito numerosos artículos y reseñas bibliográficas en periódicos del medio y revistas del País Vasco. Realizó diversos cursos de capacitación en el HGHI- CONICET y participó en congresos sobre historia oral, exilio e identidad con trabajos publicados en la universidad de Deusto y en la universidad de Pau, Francia. En 2011 publicó Andrea Moch. Andanzas de una artista (biografiá) y en 2012 Juan Ramón Lestani, periodista. Crónicas de estampas chaqueñas.1930-1940. Ensayo histórico. Fue miembro de número de la Junta de Estudios Históricos del Chaco desde diciembre de 2008 e incorporada en abril de 2009. Con posterioridad se desempeñó como secretaria de la Junta.













